DE vuel­ta A LA ofi­ci­na

Si al vol­ver de las va­ca­cio­nes se te ha ol­vi­da­do la cla­ve de ac­ce­so a tu cuen­ta de co­rreo, es que has des­co­nec­ta­do de ver­dad. Co­mo tus pri­me­ros días de re­gre­so a la reali­dad van a ser di­fí­ci­les, te re­cor­da­mos lo que te ayu­da­rá a so­bre­vi­vir.

GQ (Spain) - - Pequeno - por PA­LO­MA LEYRA

ES­TÁS EN LA CA­MA y sue­na el des­per­ta­dor. Son las 6:30 a. m. y só­lo sien­tes un irre­fre­na­ble im­pul­so de co­ger­lo y lan­zar­lo por la ven­ta­na. No te preo­cu­pes. Ha­ga­mos un sen­ci­llo ejer­ci­cio. Qué­da­te un ra­to más en la ca­ma. Cuen­ta has­ta diez y res­pi­ra hon­do. ¿No se es­tá mal en po­si­ción ho­ri­zon­tal, ver­dad? Pues apro­ve­cha pa­ra pen­sar en al­gu­nas co­sas, que más tar­de ya ten­drás que ves­tir­te, cal­zar­te al­go que no sean chan­clas, po­ner ca­ra de hom­bre se­rio y tra­ba­ja­dor y echar­te a la ca­lle pa­ra ga­nar­te la vi­da. El pri­mer día no es el peor, por­que es­ta­rás en­tre­te­ni­do con­tes­tan­do los tres­cien­tos se­ten­ta y tres co­rreos de tu ban­de­ja de en­tra­da, in­ten­tan­do re­cor­dar quién eras, de dón­de ve­nías y adón­de ibas. Por eso, aún en la ca­ma, pen­sa­rás aque­llo que leís­te en al­gún si­tio, co­mo que en la vuel­ta al tra­ba­jo ha­bía que ser op­ti­mis­ta (no hay na­da más pla­cen­te­ro que tra­ba­jar con gen­te ale­gre y mo­ti­va­da). O que te­nías que mar­car­te nue­vos ob­je­ti­vos –¿có­mo se co­me un ele­fan­te? A bo­ca­dos muy pe­que­ños–. Y que con­ve­nía ela­bo­rar una lis­ta men­tal de las co­sas que más te gus­tan. Que hi­cie­ras lim­pie­za. Que fue­ras or­de­na­do. Que te pa­gan por tra­ba­jar... pe­ro aún no te has le­van­ta­do. Son ca­si las 8:00. Ya lle­gas tar­de. Otra vez. ¿Es que no re­cuer­das aque­lla má­xi­ma tan útil de Woody Allen? Te la re­fres­ca­mos: "Hay que tra­ba­jar ocho ho­ras y dor­mir ocho ho­ras, pe­ro no las mis­mas".

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