El re­torno del con­quis­ta­dor

Tras más de una dé­ca­da ale­ja­do de las pan­ta­llas, el di­rec­tor Agus­tín Díaz Ya­nes vuel­ve al fan­go con Oro, una his­to­ria épi­ca con­ta­da des­de las en­tra­ñas que lo acre­di­ta co­mo in­dis­cu­ti­ble maes­tro de nues­tro ci­ne.

GQ (Spain) - - Intro -

Du­ran­te un tiem­po, pen­sé que mi ca­rre­ra ha­bía ter­mi­na­do". Con es­ta fran­que­za ha­bla Agus­tín Díaz Ya­nes (Tano pa­ra los ami­gos) del fra­ca­so eco­nó­mi­co que vi­vió con Ala­tris­te. Es de jus­ti­cia poé­ti­ca, pues, que su re­gre­so por la puer­ta gran­de ha­ya si­do tam­bién de la mano de su ami­go Ar­tu­ro Pé­re­zre­ver­te, quien bu­ceó en las crónicas de In­dias pa­ra crear un re­la­to de ho­nor y am­bi­ción en la Amé­ri­ca del si­glo XVI. "Leí el re­la­to de Ar­tu­ro en un via­je lar­go en au­to­bús, de ca­mino a una reunión so­bre la po­si­bi­li­dad de adap­tar­lo pa­ra el ci­ne. An­tes de lle­gar, ya ha­bía lla­ma­do a los pro­duc­to­res pa­ra de­cir­les que lo ha­ría". La épi­ca su­cia de aque­llas pá­gi­nas lo atra­pó sin re­me­dio, así co­mo tam­bién la fuer­za del per­so­na­je fe­me­nino. "Mi ci­ne siem­pre ha con­ta­do his­to­rias de mu­je­res", ex­pli­ca, "y aquí tu­ve el pri­vi­le­gio de ha­cer­lo a tra­vés de una in­ter­pre­ta­ción co­mo la de Bár­ba­ra Lennie". Raúl Arévalo, Jo­sé Co­ro­na­do y Ós­car Jae­na­da com­ple­tan un re­par­to vol­ca­do en es­ta épi­ca su­cia so­bre el pre­cio hu­mano de la con­quis­ta. "Yo no sa­bría ha­cer una pe­lí­cu­la so­bre Her­nán Cor­tés, pe­ro sí so­bre esas per­so­nas anó­ni­mas que iban al Nue­vo Mun­do en bus­ca de dos co­sas: fa­ma y for­tu­na. Por eso el es­cri­bano me pa­re­ce el per­so­na­je del si­glo. Su plu­ma era la úni­ca ma­ne­ra que mu­chos te­nían de pa­sar a la his­to­ria".

La pa­la­bra in­fluen­cer ya es­tá re­co­gi­da en el dic­cio­na­rio de Cam­brid­ge. La Fun­déu re­co­mien­da en Es­pa­ña el tér­mino 'in­flui­dor'. In­fluen­cer, in­flui­dor, in­flu­yen­te, you­tu­ber, uti­lí­ce­se el tér­mino que se uti­li­ce, el ca­so es que ha­bla­mos de per­so­nas que in­flu­yen so­bre ti, con­su­mi­dor: in­flu­yen po­ten­cial­men­te en tus com­pras, en la elec­ción de tu des­tino de via­je, en el flo­ta­dor de fla­men­co que te com­pras­te el pa­sa­do ve­rano, en có­mo te ex­pre­sas o en có­mo de­co­ras el sa­lón de tu ca­sa.

¡Via­jes gra­tis en pri­me­ra cla­se! ¡Ho­te­les de lu­jo! ¡Pla­ya to­do el año! ¡Asien­tos pre­fe­ren­tes en los des­fi­les de mo­da! ¡En­víos dia­rios de re­ga­los de mar­cas! "Ser in­fluen­cer sig­ni­fi­ca ga­nar di­ne­ro só­lo por su­bir dos fo­ti­tos a re­des so­cia­les", pien­san unos. "Cual­quie­ra po­dría ha­cer­lo", pien­san los otros. Pe­ro ser in­fluen­cer no es só­lo un atrac­ti­vo can­to de si­re­na. Además de una ex­po­si­ción y mo­de­la­ción cons­tan­te de la ima­gen per­so­nal, ser in­fluen­cer con­lle­va una cer­ca­nía con los se­gui­do­res que no se atri­bu­ye a un –di­ga­mos– fa­mo­so clá­si­co. Y esa cer­ca­nía pre­su­po­ne, a su vez, unas ex­pec­ta­ti­vas mu­cho más ele­va­das: los in­fluen­cers de­ben con­tes­tar per­so­nal­men­te a los men­sa­jes y ha­cer even­tos con los fans, per­ma­ne­cer cer­ca de sus se­gui­do­res (por­que, a fin de cuen­tas, gra­cias a ellos las mar­cas han lla­ma­do a sus puer­tas). Por ejem­plo, el pa­sa­do ve­rano la ira de Ares ca­yó so­bre la in­fluen­cer Dul­cei­da por­que posteó que en sus va­ca­cio­nes no se ha­ría fo­tos con sus fans.

No só­lo es la fu­ria de los se­gui­do­res; otro pe­li­gro re­cien­te al que se en­fren­tan los in­fluen­cers es el au­men­to de la pre­sión pa­ra que la in­dus­tria sea re­gu­la­da. En los úl­ti­mos años, la Co­mi­sión Fe­de­ral de Co­mer­cio de EE UU (FTC) ha in­cre­men­ta­do las me­di­das pa­ra que mues­tren de ma­ne­ra vi­si­ble la re­la­ción con las mar­cas. La pro­pia red so­cial Ins­ta­gram aña­dió la eti­que­ta de "pa­tro­ci­nio" pa­ra co­mu­ni­car cla­ra­men­te cuan­do exis­te una re­la­ción co­mer­cial en­tre un crea­dor y un ne­go­cio. Di­ce Ins­ta­gram que "co­mu­ni­dad sig­ni­fi­ca cla­ri­dad". Y, des­de lue­go, su­bir una fo­to­gra­fía des­de un co­che sin acla­rar si la mar­ca en cues­tión te ha pa­ga­do o no por ha­cer­lo tie­ne de to­do me­nos trans­pa­ren­cia.

Ol­vi­da al Keith Ri­chards de Pi­ra­tas del Ca­ri­be y re­cuer­da a la bes­tia se­xual de los 70. És­te fue quien mez­cló sus ge­nes con los de la mo­de­lo Pat­ti Han­sen y, en con­se­cuen­cia, aquí ten­go a Alexandra Ri­chards sen­ta­da an­te mí. Me ex­pli­ca que de­bu­tó co­mo mo­de­lo a los 14 años, des­cu­bier­ta por Tommy Hil­fi­ger, aun­que tam­bién con­fie­sa que nun­ca en­ten­dió la mo­da y que su ma­dre mi­ra­ba un po­co ra­ro su for­ma de ves­tir. Tam­bién es DJ… De he­cho, por mu­cho que quie­ra ha­blar de su la­bor so­li­da­ria en Pro­ject Ze­ro, ha ve­ni­do a pin­char en la aper­tu­ra del club Gatsby de Bar­ce­lo­na, don­de mez­cla­rá "70s dis­co, new age, in­die, elec­tro­nic"… Ima­gi­na qué sal­drá de ahí, por­que yo soy in­ca­paz.

Alexandra di­ce que es una peo­ple plea­ser y que su nom­bre sig­ni­fi­ca "ayu­dan­te de la hu­ma­ni­dad". Su pa­dre, sin em­bar­go, al ver­la pin­char en bo­das, no cree que es­té ayu­dan­do a las ban­das a las que es­tá qui­tan­do el tra­ba­jo. Pe­ro es que los tiem­pos cam­bian: Keith fue el Ri­chards del si­glo XX y Alexandra la del XXI.

"Lo que más he dis­fru­ta­do ha si­do la opor­tu­ni­dad de tra­ba­jar con una nue­va ge­ne­ra­ción de pro­fe­sio­na­les del ci­ne es­pa­ñol".

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.