"EN EL MO­MEN­TO EN QUE TIE­NES UNA OPI­NIÓN, YA TIE­NES UN ENEMI­GO"

(Javier Bar­dem, en ex­clu­si­va pa­ra G Q ,

GQ (Spain) - - CONTENTS - fo­to­gra­fías Álvaro Beamud es­ti­lis­mo Joana de la Fuen­te

PA­BLO ES­CO­BAR QUE­RÍA. SER RES­PE­TA­DO,. PE­RO SÓ­LO ERA TE­MI­DO.. Y CON ESO NO PO­DÍA.

HE HE­CHO PE­LÍ­CU­LAS. DE SUBRAYADO FÁ­CIL,. PE­RO ERAN SÓ­LO ESO: PE­LÍ­CU­LAS.. LA VI­DA ES MU­CHO MÁS IM­POR­TAN­TE.

MIS HI­JOS ME EN­SE­ÑAN A RE­CO­NO­CER. LAS ENOR­MES INCAPACIDADES QUE. DE­BE­MOS SU­PE­RAR. EL PA­DRE QUE SE­PA. CÓ­MO SE HA­CE QUE LE­VAN­TE LA MANO.

Javier Bar­dem, ha­ce unos años, só­lo con­du­cía en las pe­lí­cu­las. Sin em­bar­go, el día que lle­ga al es­tu­dio fo­to­grá­fi­co pa­ra ha­cer esta se­sión con GQ, lo ha­ce en su pro­pio co­che, un pe­que­ño Mercedes-benz. El ac­tor, que se sa­có el car­net ha­ce no mu­cho, va sen­ta­do tal vez de­ma­sia­do cer­ca del vo­lan­te, con ga­fas de ver, así que aparca de oí­do, ro­zan­do una fur­go­ne­ta pe­ro sin pro­vo­car nin­gún da­ño. Y al ba­jar del vehícu­lo, ata­via­do con va­que­ros, ca­za­do­ra y una go­rra ca­la­da has­ta las ce­jas, en una ca­lle po­co tran­si­ta­da a las afue­ras de Madrid, no es que pa­se inad­ver­ti­do, es que po­dría pa­re­cer uno más del ba­rrio.

Di­cen que su ca­ra es irre­pe­ti­ble, pe­ro sos­pe­cho que hay mu­chos más javier-bar­dems. Por­que al mar­gen del ha­lo gla­mu­ro­so que le otor­ga su pro­fe­sión, Bar­dem es un ti­po cer­cano. Co­mo el tí­pi­co ami­go gran­do­te que se tie­ne en el co­le­gio, ése que de ni­ño sa­ca­ba una ca­be­za a sus com­pa­ñe­ros; bru­to pe­ro bo­na­chón, im­pe­tuo­so y leal, con un pun­to gam­be­rro pe­ro no­ble. El mis­mo al que ima­gi­nas su­bien­do las bol­sas de la com­pra de tu ve­ci­na o con­tan­do chis­tes en el bar con los ami­gos. De he­cho, cuan­do Bar­dem sa­le del co­che, dan ga­nas de de­cir­le, 'hom­bre Javier, ¿có­mo tú por aquí?'. Só­lo que, al acer­car­se, ve­mos có­mo trae la ca­ra lle­na de man­chas ro­jas, co­mo si se hu­bie­ra sal­pi­ca­do de pin­tu­ra a bro­cha­zos. Pe­ro no. Son mar­cas de car­mín. "Son de mi hi­ja. Esta ma­ña­na se ha pin­ta­do los la­bios y me ha be­sa­do", acla­ra Javier.

El hom­bre que en­tra dan­do apre­to­nes de ma­nos fuer­tes de re­pen­te se qui­ta la go­rra y en­ton­ces uno des­cu­bre al ver­da­de­ro Javier Bar­dem (Las Pal­mas de Gran Ca­na­ria, 1969) y tam­bién su ver­da­de­ro pe­lo. Na­da que ver con aque­lla pe­lu­ca ru­bia del vi­llano que desafia­ba a 007 en Sky­fall, ni con el ate­rra­dor fle­qui­llo de An­ton Chi­gurh de No es país pa­ra vie­jos; ni con la cal­va de Ramón Sam­pe­dro de Mar adentro, ni por su­pues­to con las on­das gra­sien­tas pei­na­das ha­cia un la­do de Pa­blo Es­co­bar de Lo­ving Pa­blo. El pe­la­zo de Javier acre­di­ta ge­ne­ro­sa­men­te al hom­bre que no apa­ren­ta 48 años, al ma­ri­do de Pe­né­lo­pe Cruz y pa­dre de sus dos hi­jos de 4 y 7 años, y al ac­tor que ate­so­ra una lar­ga ca­rre­ra con ca­si 60 pe­lí­cu­las, al­gu­nas de las cua­les le han brin­da­do más de cien pre­mios –Os­car in­clui­do–. Pe­ro tam­bién de­ja aso­mar a un ti­po de hu­mor de­sen­fa­da­do que res­pon­de, cuan­do a los po­cos mi­nu­tos al­guien del equi­po le pre­gun­ta de for­ma un po­co re­ve­ren­cial có­mo to­ma el ca­fé, con un: "¿Pues có­mo lo voy a to­mar? Be­bi­do, a sor­bi­tos". Y cuan­do nues­tra di­rec­to­ra de mo­da su­gie­re que lle­ve unos pan­ta­lo­nes "re­la­ja­dos" pa­ra la pri­me­ra fo­to, él des­ar­ma a to­dos con na­tu­ra­li­dad y car­ca­ja­das: "¿Pan­ta­lo­nes re­la­ja­dos?, ¿que có­mo to­mo el ca­fé?… ¿pe­ro qué os pa­sa?". En de­fi­ni­ti­va, lo que hay ba­jo esa go­rra es un hom­bre fe­liz al que be­san por las ma­ña­nas.

Con la mis­ma fa­ci­li­dad con la que uno se qui­ta una man­cha de car­mín de la ca­ra, Javier Bar­dem apar­ta de sí la fa­ma que le pre­ce­de, Holly­wood, las al­fom­bras ro­jas o los pre­mios. Por­que él si­gue vi­vien­do en Madrid, la ciu­dad que le vio cre­cer –aun­que aho­ra lo ha­ga con su fa­mi­lia en una lu­jo­sa ur­ba­ni­za­ción en las afue­ras– y en un país don­de en ge­ne­ral se le con­si­de­ra es­qui­vo con los me­dios y en oca­sio­nes se le de­nos­ta por de­cir lo que le da la ga­na. Ha­ce la pro­mo­ción jus­ta y tie­ne fa­ma de di­fi­ci­li­to. Tal vez por­que no se pro­di­ga y por­que en esta pa­tria tan cai­ni­ta, en al­gún mo­men­to de­ci­dió no tran­si­gir con la in­tro­mi­sión en su vi­da pri­va­da le­van­tan­do un mu­ro in­fran­quea­ble. Sin em­bar­go, sus co­le­gas le ad­mi­ran, le res­pe­tan y tam­bién le vo­tan: tie­ne seis pre­mios Go­ya y es­te mes op­ta al sép­ti­mo co­mo Me­jor Ac­tor por su pa­pel en Lo­ving Pa­blo, su nue­va pe­lí­cu­la –por la que tam­bién es­tá no­mi­na­da Pe­né­lo­pe Cruz– que se es­tre­na en ci­nes el pró­xi­mo 9 de mar­zo.

Lo cier­to es que él siem­pre ha mos­tra­do un cier­to des­dén por la es­pu­ma de la fa­ma, que ex­pli­ca re­mon­tán­do­se a su in­fan­cia: "Desde ni­ño he vis­to a mi ma­dre tra­ba­jar sin pa­rar. Por la ma­ña­na en te­le­vi­sión; por la tar­de en tea­tro y por la no­che, en ca­fé-tea­tro, y a ve­ces dur­mien­do dos ho­ras. Y es­to lo sé bien por­que yo le pa­sa­ba los pa­pe­les. Mi ma­dre se se­pa­ró y se ocu­pa­ba de to­do, y mi pa­dre es­ta­ba más apar­ta­do. Él se ha­cía car­go de al­gu­nas co­sas. De po­cas. Así que cuan­do a mí me lle­ga esta pro­fe­sión, o cuan­do yo la eli­jo, ya es­toy de vuel­ta de mu­chas co­sas, por­que en ese ca­mino jun­to a mi ma­dre, acom­pa­ñán­do­la a los tea­tros o a los pla­tós, co­noz­co a sus com­pa­ñe­ros… y veo de to­do. Gen­te muy arri­ba y gen­te muy aba­jo. Tam­bién veo a mi ma­dre de­ses­pe­ra­da por­que no sue­na el te­lé­fono en año y me­dio. Y un ac­tor al que no lla­man en año y me­dio es una per­so­na que es­tá al bor­de del co­lap­so, por­que és­ta es una pro­fe­sión muy pe­ga­da a uno. Cuan­do no te quie­ren pa­ra un tra­ba­jo es co­mo si no te qui­sie­ran a ti. No hay dis­tan­cia, no cum­ples un ho­ra­rio y ya. Uno lo to­ma co­mo al­go muy per­so­nal, y no es jus­to, por­que tam­po­co es tan per­so­nal".

Javier Bar­dem no se ocul­ta, pe­ro se cui­da de dón­de po­ner­se. Él, que no tie­ne re­des

"Esta es una pro­fe­sión muy

pe­ga­da a uno. CUAN­DO NO TE QUIE­REN PA­RA UN TRA­BA­JO ES CO­MO SI NO TE QUI­SIE­RAN A TI. Uno lo to­ma co­mo al­go muy per­so­nal, y no es jus­to"

so­cia­les ("ha­brá co­mo 27 cuen­tas con mi nom­bre, una has­ta se lla­ma @ja­vier­bar­de­mo­fi­cial, con dos co­jo­nes") y des­con­fía de ese eco pú­bli­co –que él lla­ma "ese vó­mi­to ra­bio­so y le­jano"– an­cla­do en el ano­ni­ma­to.

La fa­ma, pa­ra él, nun­ca es un ter­mó­me­tro de ca­li­dad, sino de ex­po­si­ción, por lo cual no tie­ne mé­ri­to en sí. "Só­lo es mo­les­ta e in­có­mo­da en el me­jor de los ca­sos. Y cual­quie­ra con dos de­dos de frente pen­sa­ría lo mis­mo", zan­ja.

Pe­ro Javier Bar­dem ha ve­ni­do aquí a ha­blar de Lo­ving Pa­blo, el fil­me di­ri­gi­do por Fernando León de Ara­noa y co­pro­ta­go­ni­za­do por Pe­né­lo­pe Cruz, que re­crea la re­la­ción que el nar­co­tra­fi­can­te Pa­blo Es­co­bar man­tu­vo con la pe­rio­dis­ta co­lom­bia­na Pa­tri­cia Va­lle­jo y que és­ta des­pués con­tó en el li­bro Aman­do a Pa­blo, odian­do a Es­co­bar que ins­pi­ró el guión. Un pro­yec­to que de al­gún mo­do Bar­dem te­nía pen­dien­te desde ha­cía ca­si 20 años.

En 1999, re­cuer­da, le ofre­cie­ron un pe­que­ño pa­pel en Blow, pe­lí­cu­la di­ri­gi­da por Ted Dem­me que pro­ta­go­ni­zó Johnny Depp y en la que tam­bién tra­ba­ja­ba Pe­né­lo­pe. Se tra­ta­ba de una co­la­bo­ra­ción en la piel de Pa­blo Es­co­bar. Pe­ro Javier de­cli­nó la pro­pues­ta. "Aun­que no acep­té, pen­sé que un día me gus­ta­ría ha­cer a un ti­po así". Y desde en­ton­ces, cu­rio­sa­men­te, le fue­ron ofre­cien­do otros es­co­ba­res que no ter­mi­na­ban de en­ca­jar con la idea que él ha­bía ido for­mán­do­se: "Cuan­do em­pe­cé a in­ves­ti­gar so­bre él me sor­pren­dió mu­cho la di­co­to­mía de ener­gías que pro­yec­ta­ba: era un ti­po de un rit­mo muy pau­sa­do, de ha­bla re­la­ja­da, y al mis­mo tiem­po ca­paz de to­das las atro­ci­da­des po­si­bles".

La pe­lí­cu­la, ro­da­da en Co­lom­bia en ape­nas ocho se­ma­nas, se con­vir­tió en una con­tra­rre­loj que les obli­gó a ha­cer ape­nas dos o tres to­mas de ca­da plano. Y eso su­ma­do a otro fac­tor: el tran­cón, el fa­mo­so atas­co que co­lap­sa Me­de­llín de 5 a 9 de la ma­ña­na. Asi­mis­mo, esa ur­gen­cia tam­bién le obli­gó a re­cu­rrir a una pe­cu­liar ca­rac­te­ri­za­ción pa­ra el per­so­na­je: su ba­rri­ga. A Javier le ha­bría gus­ta­do en­gor­dar pa­ra in­ter­pre­tar a Pa­blo Es­co­bar, pe­ro eso no le im­pi­dió en ab­so­lu­to de­fen­der al per­so­na­je con au­to­ri­dad y au­to­ría, un tér­mino que él reivin­di­ca a me­nu­do en su pro­fe­sión. "El ac­tor sin nin­gu­na du­da es au­tor. El mis­mo per­so­na­je con el mis­mo tex­to y en las mis­mas con­di­cio­nes de eje­cu­ción se­rá in­ter­pre­ta­do de ma­ne­ra muy di­fe­ren­te por un ac­tor y otro. Ahí re­si­de lo par­ti­cu­lar, es­pe­cial e inigua­la­ble de un ac­tor, su esen­cia crea­ti­va más pu­ra", sos­tie­ne. Y és­te en par­ti­cu­lar le in­tere­só por va­rias ra­zo­nes: "Por su rit­mo in­terno en con­tra­dic­ción con su ac­ción ex­ter­na, su pasado en re­la­ción con lo que lle­gó a ser y po­seer, su for­ma de co­mu­ni­car­se y re­la­cio­nar­se desde un pul­so len­to aun en si­tua­cio­nes de tre­men­do es­trés… Son co­lo­res en con­ti­nuo con­tras­te en un per­so­na­je por otro la­do ex­tra­or­di­na­ria­men­te sim­ple y llano. Es­co­bar que­ría ser res­pe­ta­do, pe­ro só­lo era te­mi­do. Y con eso no po­día".

Bar­dem, aña­de, que­ría "acer­car el mons­truo al pú­bli­co. Por­que lo que nos acon­go­ja, lo que nos con­mue­ve, nos sa­cu­de, es re­co­no­cer­nos en él. Tal vez si hu­bie­ra pues­to to­da esa ener­gía y esa sa­bi­du­ría en el bien, ha­bría in­ven­ta­do no sé qué va­cu­na. Pe­ro él lo pu­so en el nom­bre del mal y creó el nar­co­trá­fi­co. Un ne­go­cio de tri­llo­nes de dó­la­res y que de­jó tan­to ho­rror de­trás, tan­to ase­si­na­to, tan­ta adic­ción y tan­to do­lor. Pues lo in­ven­tó él".

Hay una ima­gen muy te­rro­rí­fi­ca en el fil­me que mues­tra a Pa­blo Es­co­bar aso­man­do la ca­be­za en una pis­ci­na. Fue una es­ce­na que se in­clu­yó a ins­tan­cias de Javier, que te­nía en men­te la ima­gen de un hi­po­pó­ta­mo. En 1996, re­cuer­da, hi­zo un via­je por Ke­nia y Tan­za­nia y de uno de los sa­fa­ris se le que­dó gra­ba­do un ins­tan­te: "Es­ta­ba vien­do un hi­po­pó­ta­mo es­par­cien­do plá­ci­da­men­te su mier­da en un char­co, y pen­sa­ba 'qué bo­ni­to, qué gra­cio­so'. Pe­ro de re­pen­te el ani­mal se le­van­tó y, en cues­tión de se­gun­dos, echó a co­rrer a una ve­lo­ci­dad tre­men­da y em­bis­tió con­tra un ar­bus­to, no veas con qué fuer­za. Me di­je '¿y es­te ca­brón?'… ¡qué mie­do! Así que, cuan­do años más tar­de em­pe­cé a leer so­bre Es­co­bar y su­pe que su ani­mal favorito era el hi­po­pó­ta­mo, me di­je, '¡es que es igual!'… Él es­ta­ba es­par­cien­do su mier­da igual y era igual de te­rro­rí­fi­co". Y así creó la ima­gen de la sim­bó­li­ca y apa­ren­te pla­ci­dez

"LA FA­MA SÓ­LO ES MO­LES­TA E IN­CÓ­MO­DA en el me­jor de los ca­sos. Y cual­quie­ra con dos de­dos de frente pen­sa­ría lo mis­mo"

que pre­ce­día al te­rror: "Era co­mo sa­lir del char­co pa­ra ma­tar", des­cri­be Bar­dem.

Pa­ra ex­pli­car có­mo se sien­te uno en se­me­jan­te piel, Bar­dem re­cu­rre a una fra­se de Vic­to­ria Abril que de­fi­ne a los ac­to­res co­mo "abo­ga­dos de­fen­so­res de nues­tros per­so­na­jes". Y fiel a ello pro­cu­ra ni juz­gar­los ni dis­cul­par­los: "Yo só­lo tra­ta­ba de sa­ber dón­de se en­con­tra­ba el co­ra­zón, aun­que fue­ra du­ro y des­pués po­dri­do, del mons­truo". Y así lo hi­zo. Por­que es pro­ba­ble que, en ade­lan­te, en el ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo, Pa­blo Es­co­bar ten­ga su ros­tro. Un es­fuer­zo que no es ba­nal: "Bruno Ganz hi­zo un Hitler irre­pe­ti­ble en la pe­lí­cu­la El hun­di­mien­to, y so­lía co­men­tar lo di­fí­cil que le re­sul­tó ver­se en esa piel. Uno se po­ne el tra­je de un ti­po al que per­so­nal­men­te de­tes­ta, pe­ro que te da la opor­tu­ni­dad co­mo ac­tor de en­ten­der otro ti­po de men­ta­li­da­des, de in­da­gar, de re­co­no­cer al­go de ellos en no­so­tros. Así que ya he vis­to, o me he aso­ma­do muy tí­mi­da­men­te por la rendija de ese ti­po de mal, aun­que sea un ejer­ci­cio ima­gi­na­do. Y uf, ¡qué ho­rror! Pe­ro es­to da una aper­tu­ra de mi­ras in­tere­san­te. Me pa­re­ce que cual­quier per­so­na­je aca­ba arro­jan­do al­go de luz so­bre mue­bles vie­jos de nues­tro des­ván. Lue­go ha­brá que ver qué ha­cer con ellos, si re­ci­clar­los o ti­rar­los o vol­ver­los a es­con­der".

En es­te pun­to, ha­bla con pro­fun­di­dad, co­mo si en el mo­men­to en que di­je­ra ca­da fra­se se su­mer­gie­ra pa­ra cues­tio­nar­la, pa­ra cues­tio­nar­se. Co­mo di­cien­do na­da es tan se­rio, na­da es tan frí­vo­lo. Él re­co­no­ce ser uno de esos ac­to­res a los que les gus­ta in­ves­ti­gar so­bre sus per­so­na­jes, si­guien­do el ca­te­cis­mo de Sta­nis­lavs­ki –y el de su maes­tro, Juan Car­los Co­raz­za–, y se apli­ca en ca­da uno con dis­ci­pli­na y mi­nu­cio­si­dad. Y es cu­rio­so el am­plio ar­co que ha tra­za­do, desde el rey del nar­co­trá­fi­co has­ta el úl­ti­mo yon­qui, co­mo aquel per­so­na­je de los ini­cios de su ca­rre­ra, el dro­ga­dic­to de Días con­ta­dos, de Imanol Uri­be –y que le dio su pri­mer Go­ya co­mo Me­jor ac­tor se­cun­da­rio en 1995–. Aquel in­di­vi­duo, en la vi­da real, era ade­más un con­fi­den­te po­li­cial y fa­lle­ció de una so­bre­do­sis: "A ese ti­po le co­no­cí yo en Madrid en los 90. So­lía ir a vi­si­tar a los yon­quis de Gran Vía, pa­ra ver có­mo se mo­vían, y tam­bién me iba a re­par­tir je­rin­gui­llas a los po­bla­dos". Cuan­do le pre­gun­to si aún pue­de per­mi­tir­se esas in­mer­sio­nes, sus­pi­ra: "To­da­vía lo in­ten­to, só­lo que aho­ra en vez de mi­rar yo, me mi­ran a mí… Pe­ro esa in­ves­ti­ga­ción me en­can­ta, por­que yo, pa­ra sen­tir­me li­bre, ne­ce­si­to in­for­ma­ción".

Otra de las fa­ce­tas de Bar­dem que le per­mi­ten aca­ri­ciar esa idea de li­ber­tad es la de pro­du­cir. Lo­ving Pa­blo ha si­do la úl­ti­ma. La pri­me­ra fue Los lo­bos de Was­hing­ton, una no­ta­ble pe­lí­cu­la di­ri­gi­da por Ma­riano Ba­rro­so (1999), aun­que en­tre me­dias ha le­van­ta­do dos do­cu­men­ta­les: In­vi­si­bles, en co­la­bo­ra­ción con Mé­di­cos sin Fron­te­ras, e Hi­jos de las nu­bes, so­bre los re­fu­gia­dos saha­rauis. "En­trar en la pro­duc­ción ac­ti­va desde la pri­me­ra lí­nea de ba­ta­lla y no só­lo te­ner un cré­di­to es una for­ma de ayu­dar a cons­truir un pro­yec­to que te ilu­sio­ne desde ce­ro", ex­pli­ca el ac­tor. "Unas ve­ces lo ha­ces desde la fi­nan­cia­ción y otras desde el ar­ma­do de co­la­bo­ra­do­res y equi­pos que creas me­jor pa­ra el pro­yec­to. Es una gran res­pon­sa­bi­li­dad y só­lo la asu­mo si me veo con el tiem­po y la de­di­ca­ción que ne­ce­si­ta al­go así. El úni­co ob­je­ti­vo es in­ten­tar ayu­dar en to­do lo que pue­das a que al­go que sien­tes es­pe­cial se ha­ga reali­dad".

Lo­ving Pa­blo, con­fie­sa, ha si­do uno de sus pro­yec­tos más per­so­na­les y com­pli­ca­dos, en­tre otras co­sas, por la cos­to­sa pro­duc­ción. Y cuen­ta que una de las de­ci­sio­nes más arries­ga­das fue ro­dar­la en in­glés, ele­men­to cla­ve pa­ra po­der dis­tri­buir­la in­ter­na­cio­nal­men­te. "Fue un tra­ba­jo do­ble", di­ce re­fi­rién­do­se al acen­to de Pe­né­lo­pe y al su­yo en el fil­me: "No se tra­ta­ba de ha­blar in­glés só­lo con acen­to co­lom­biano, sino con el acen­to de la cla­se al­ta de Bo­go­tá, el ro­lo, más refinado pa­ra el per­so­na­je de Vir­gi­nia, y el otro, el pai­sa, más arras­tra­do y de Me­de­llín, de Es­co­bar. Y lo tra­ba­ja­mos mu­cho. Pri­me­ro en es­pa­ñol, y des­pués ha­bía que pa­sar­lo al in­glés has­ta que eso fue­ra or­gá­ni­co. Pe­ro es­ta­mos con­ten­tos del re­sul­ta­do".

Uno de los as­pec­tos más es­pi­no­sos de la vi­da de Es­co­bar es có­mo su me­ga­lo­ma­nía aca­bó con él. Sin em­bar­go, hay un as­pec­to real, que tie­ne que ver con los úl­ti­mos mi­nu­tos de su vi­da en los que, mien­tras ha­bla­ba con su hi­jo, tal vez per­dió la oca­sión de evi­tar mo­rir acri­bi­lla­do por la po­li­cía. Le pre­gun­to a Bar­dem si con­si­de­ra eso una tor­pe­za o un ac­to de amor a su fa­mi­lia. "Esa con­ver­sa­ción es­tá trans­cri­ta, y su­ce­dió más o me­nos así: el ti­po lla­mó a su hi­jo y le di­jo, 'apun­ta lo que te voy a de­cir', por­que pro­ba­ble­men­te era cons­cien­te de que ése era su fin. O tal vez pen­sa­ba que mu­rien­do el pe­rro se aca­bó la ra­bia, pe­ro no, la som­bra de Es­co­bar es muy alar­ga­da… Pe­ro in­de­pen­dien­te­men­te de eso, y vol­vien­do al su­pues­to amor, a mí me pa­re­ce un sa­cri­le­gio sa­cri­fi­car a to­da tu fa­mi­lia por tu am­bi­ción per­so­nal".

Con la fa­mi­lia he­mos to­pa­do. Si hay al­go que pue­de sa­car de sus ca­si­llas a Javier Bar­dem es cual­quier ti­po de in­tro­mi­sión en su in­ti­mi­dad, ya sea en pa­re­ja o con ami­gos, pe­ro es­pe­cial y sen­si­ble­men­te con sus hi­jos. "To­do se ba­sa en el res­pe­to. No por la po­pu­la­ri­dad, sino en ge­ne­ral. Yo creo en el res­pe­to, en la em­pa­tía, y no de una ma­ne­ra con­des­cen­dien­te, sino de igual a igual, in­de­pen­dien­te­men­te de la ra­za, el se­xo o el es­ta­tus. So­mos per­so­nas y a to­dos nos pa­san las mis­mas co­sas, aun­que sea en di­fe­ren­tes gra­dos. Pe­ro cuan­do hay ni­ños de por me­dio, mi res­pues­ta es una: to­le­ran­cia ce­ro. Ahí pe­lea­ré has­ta el úl­ti­mo de mis días. Ni una bro­ma con eso", ad­vier­te.

"Aun­que sea ima­gi­na­do, ya me he aso­ma­do muy tí­mi­da­men­te por LA RENDIJA DEL MAL. Y ¡ uf, qué ho­rror!"

La pa­ter­ni­dad le ha he­cho re­plan­tear­se mu­chas cues­tio­nes esen­cia­les. "To­tal­men­te", con­ce­de. "Aun­que no sé có­mo se ha­ce. Pe­ro el pa­dre o la ma­dre que se­pa có­mo se ha­ce es­to que le­van­te la mano" (se ríe). Pe­ro los hi­jos en­se­ñan, sos­tie­ne. Los su­yos tam­bién: "Nos en­se­ñan a re­co­no­cer las enor­mes incapacidades y lí­mi­tes que de­be­mos su­pe­rar, nos en­se­ñan a re­edu­car­nos pa­ra po­der edu­car".

Echar la vis­ta atrás, pa­ra él, es un ejer­ci­cio no tan­to de nos­tal­gia, sino de hu­mil­dad. Es­to sur­ge a pro­pó­si­to de la ventaja que tie­ne sa­ber de dón­de vie­nes. Su ma­dre, la ac­triz Pi­lar Bar­dem, siem­pre ha si­do un ejem­plo pa­ra él (a ella y a sus abue­los, en­tre los có­mi­cos de su ge­ne­ra­ción, les de­di­có el Os­car en 2007): "Mi ma­dre ha si­do un ejem­plo de tan­tas co­sas… desde siem­pre. En la lu­cha inago­ta­ble por lo que es jus­to, la de­fen­sa de los de­re­chos de los mas dé­bi­les, la pro­fe­sio­na­li­dad en el tra­ba­jo, la reivin­di­ca­ción y el or­gu­llo de per­te­ne­cer a es­te ofi­cio ar­te­sa­nal de lo­cos y ro­mán­ti­cos, el amor y la en­tre­ga por y pa­ra sus hi­jos. Yo cre­cí edu­cán­do­me en­tre esos va­lo­res de em­pa­tía e igual­dad y nun­ca se lo agra­de­ce­ré lo su­fi­cien­te. Es una mu­jer valiente. Y ojalá yo pue­da de­jar al­go de lo que ella me en­se­ñó a mis hi­jos", zan­ja.

Así que apro­ve­cho la oca­sión y le pre­gun­to có­mo les ex­pli­can a qué se de­di­can... "Tie­nen sie­te y cua­tro años, y bueno, no se cos­can". ¿Les pro­te­gen mu­cho? "No, no es eso. En reali­dad va­mos con sus pre­gun­tas. Si quie­ren sa­ber al­go, no­so­tros les in­for­ma­mos. Y una co­sa de la que es­ta­mos bas­tan­te or­gu­llo­sos es de que en la ca­sa no hay na­da que les re­cuer­de en qué tra­ba­ja­mos. Ex­cep­to un pe­que­ño des­pa­cho don­de hay un par de co­si­tas, pe­ro na­da más".

El pri­mer tra­ba­jo no se ol­vi­da. Aun­que en el ca­so de Bar­dem no cuen­ta que tu­vie­ra cua­tro años en su pri­me­ra apa­ri­ción an­te las cá­ma­ras con un pa­pel pe­que­ño en la se­rie de te­le­vi­sión El pí­ca­ro (1974) y en la que ni si­quie­ra fi­gu­ra­ba en los cré­di­tos. Años más tar­de lle­gó su pri­mer tra­ba­jo con­ti­nua­do en una se­rie te­le­vi­si­va, Se­gun­da en­se­ñan­za (1986). "Re­cuer­do que es­tu­vi­mos un mes y me­dio en Ovie­do y lo pa­sa­mos fe­no­me­nal, pe­ro pa­ra mí tam­bién fue du­ro, por­que me su­pu­so de­jar de pron­to a mi fa­mi­lia, mis ami­gos, mi rugby y en­trar en un en­torno pu­ra­men­te ci­ne­ma­to­grá­fi­co. Yo era muy jo­ven y me cos­tó. Así que re­cuer­do aque­lla co­mo una épo­ca com­pli­ca­da y de se­pa­ra­ción".

A cam­bio, aquel tra­ba­jo le per­mi­tió un pri­mer suel­do. "No sé ni cuán­to era, pe­ro con ese di­ne­ro me com­pré una mo­to Rie­ju 50 que me ro­ba­ron al mes. Fui a ca­sa de un ami­go a por una cin­ta de ca­se­te, la de­jé ata­da con un can­da­do en la ca­lle y al ba­jar ya se la ha­bían lle­va­do. Me­nu­do dis­gus­to. Sin em­bar­go, con el tiem­po he pen­sa­do que qué suer­te tu­ve, por­que era un pé­si­mo con­duc­tor. Y nun­ca he vuel­to a te­ner mo­to desde en­ton­ces".

Pa­ra él, el con­ta­dor se pu­so en mar­cha unos años des­pués, en 1989, con una pe­lí­cu­la de su ado­ra­do Bi­gas Lu­na: Las eda­des de Lu­lú. "Ahí fue don­de sen­tí de una ma­ne­ra más cla­ra la necesidad de cues­tio­nar, bus­car, in­ves­ti­gar e ima­gi­nar a al­guien, el per­so­na­je, pa­ra lue­go te­ner la li­ber­tad y el pla­cer de tran­si­tar­le. Y re­cuer­do el gus­to, la di­ver­sión de ese pro­ce­so, y có­mo eso dis­pa­ró mi cu­rio­si­dad por otros ca­rac­te­res y la necesidad fí­si­ca de ex­pe­ri­men­tar­los".

Desde en­ton­ces ha llo­vi­do mu­cho. Y el tiem­po tam­bién obli­ga a vi­gi­lar ese de­seo in­he­ren­te a cual­quier ar­tis­ta lla­ma­do éxi­to que no es otra co­sa que el aplau­so del pú­bli­co. Pe­ro, ¿có­mo lo ges­tio­na Bar­dem? Él di­ce que con dis­tan­cia. Y se­gu­ra­men­te tam­bién con bas­tan­tes do­sis de hu­mor. Du­ran­te la se­sión de fotos nos ha­ce reír cuan­do cuen­ta sin re­pa­ros que no sa­be ha­cer­se el nu­do de la cor­ba­ta. Él, que aca­ba de rea­li­zar la nue­va cam­pa­ña de Er­me­ne­gil­do Zeg­na… Es más, re­cuer­da que cuan­do ga­nó el Os­car via­jó a Los Án­ge­les con al­gu­nos de sus ami­gos de to­da la vi­da. "Y tu­ve que pe­dir­les que me hi­cie­ran el nu­do. Se que­da­ron un po­co ate­mo­ri­za­dos, por­que ¡a ver quién se atre­vía!"; has­ta que al fi­nal, des­ve­la, "me lo hi­zo Ju­li­to", di­ce re­fi­rién­do­se a un buen ami­go de la in­fan­cia.

La bro­ma se tor­na se­ria cuan­do quien se pro­nun­cia so­bre cual­quier asun­to de ín­do­le po­lí­ti­ca o so­cial es una ce­le­bri­dad. "Eso es al­go que sur­ge a me­nu­do cuan­do al­za­mos la voz ha­cia las co­sas… pe­ro es que en el mo­men­to en el que tie­nes una opi­nión, ya tie­nes un enemi­go. Y eso hay que asu­mir­lo, for­ma par­te de la ma­du­rez, sa­ber que a par­tir de los 11 o 12 años ya em­pie­zas a sa­ber que no vas a gus­tar a to­do el mun­do. Y sa­cri­fi­car esa idea cues­ta. Por mi par­te ha­ce ya mu­cho tiem­po que re­nun­cié a la idea fan­ta­sio­sa y ado­les­cen­te de agradar a to­dos".

En­tre agradar y en­ten­der al ser hu­mano, mu­chos ac­to­res se en­fren­tan al ex­tra­ño y si­nuo­so re­co­rri­do que les obli­ga a ser otros pa­ra en­ten­der­se a sí mis­mos. ¿O es a la in­ver­sa? "No lo sé, lo que sí creo es que es­te tra­ba­jo me ha lle­va­do a tra­ba­jar más la em­pa­tía, la fal­ta de jui­cio, a ser más per­so­na. Hay que te­ner opi­nio­nes, pe­ro ca­da vez en­tien­do más lo com­ple­jo que es el ser hu­mano. Y a la vez hay al­go con lo que no pue­do a un ni­vel ar­tís­ti­co, que es el subrayado fá­cil, y he es­ta­do en al­gu­nas de ésas… he he­cho pe­lí­cu­las fá­ci­les pe­ro, aun así, tra­to de en­con­trar­le al­gún de­ta­lle que le res­te al­go de eso. Pe­ro eso son só­lo pe­lí­cu­las, y la vi­da siem­pre es mu­cho más im­por­tan­te". Pe­ro, ¿en la vi­da? Ahí Bar­dem es más in­dul­gen­te: "Cuan­do la gen­te po­ne le­tras ma­yús­cu­las a las co­sas me di­go, 'cui­da­do: no to­do es tan im­por­tan­te ni tan te­rri­ble, ni so­mos tan es­que­má­ti­cos".

An­tes de des­pe­dir­nos, le pre­gun­to si aún se po­ne ner­vio­so an­tes de ro­dar. Bar­dem sus­pi­ra pro­fun­da­men­te: "Uy, sí. Mu­cho. Por­que, co­mo di­jo Liv Ull­man, ca­da vez me gus­ta­ría ser más ca­paz de quitarme la más­ca­ra. No es que sien­ta ner­vios por­que quie­ro im­pre­sio­nar, sino por­que quie­ro ha­cer al­go más pa­ra mí. Lo que me po­ne ner­vio­so es quitarme co­sas pa­ra ser un per­so­na­je que no tie­ne na­da que ver con­mi­go. Es de­cir, desnudarme".

"Lo que ME PO­NE NER­VIO­SO ES QUITARME CO­SAS pa­ra ser un per­so­na­je que no tie­ne na­da que ver con­mi­go. Es de­cir, DESNUDARME"

En Lo­ving Pa­blo, Javier Bar­dem da vi­da al fa­mo­so nar­co­tra­fi­can­te.

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