El nue­vo chi­co de oro se lla­ma Jor­dan Ba­rrett.

Jor­dan Ba­rrett: el éxi­to en un chas­qui­do

GQ (Spain) - - Sumario -

Tum­ba­do en el sue­lo de una ha­bi­ta­ción del fa­bu­lo­so ho­tel Cha­teau Mar­mont de Los Án­ge­les, la ima­gen que pro­yec­ta Jor­dan Ba­rrett se pa­re­ce más a la de un ni­ño gran­de que a la del so­li­ci­ta­do mo­de­lo que ve­mos en las mar­que­si­nas o en las re­vis­tas. Y es que es­te aus­tra­liano de 188 cm de al­tu­ra e ima­gen an­dró­gi­na y sexy, no de­ja de ser un cha­val de 21 años que tie­ne más ga­nas de ha­cer bro­mas que de ponerse en plan for­mal. Lo que no qui­ta pa­ra que se to­me su tra­ba­jo muy en se­rio.

Po­co an­tes de ti­rar­se al sue­lo, Jor­dan co­me piz­za y cuen­ta lo afor­tu­na­do que se sien­te. No en vano, su úl­ti­ma cam­pa­ña pa­ra Pa­co Ra­ban­ne hace ga­la de esa má­xi­ma, ya que, coin­ci­dien­do con el dé­ci­mo aniver­sa­rio de es­te best-se­ller de la per­fu­me­ría, Puig ha de­cli­na­do la fra­gan­cia co­mo 1 Mi­llion Lucky. "Ha­go lo que me gus­ta y lo que quie­ro, y es­to es una suer­te. No pue­do de­cir otra co­sa". Y lo aplau­de re­me­mo­ran­do la re­tahí­la de "opor­tu­ni­da­des" que le ha ido abrien­do las puer­tas de la in­dus­tria de la mo­da des­de muy jo­ven­ci­to.

Pa­ra Jor­dan la vi­da es una su­ce­sión de elec­cio­nes. Y ca­da mo­men­to re­quie­re la su­ya. Pe­ro an­tes de que él pu­die­ra ele­gir, a él le eli­gió es­te tra­ba­jo: su­ce­dió cuan­do te­nía 14 años, cuan­do tra­ta­ba de ro­bar unas ce­ri­llas pa­ra fu­mar un ci­ga­rri­llo a es­con­di­das en su By­ron Bay na­tal, en la cos­ta oes­te aus­tra­lia­na. A aquel scou­ter le lla­mó la aten­ción por su es­ta­tu­ra y su pe­lo ru­bio y des­or­de­na­do, pe­ro des­pués di­ría que so­bre to­do fue­ron sus ojos: achi­na­dos, ver­des, in­ten­sos. Ha­bía des­cu­bier­to a una mez­cla en­tre Ri­ver Phoe­nix y Leo­nar­do Dica­prio. "Yo pen­sé que era al­guien de se­gu­ri­dad y me es­ca­bu­llí", re­cuer­da. El jo­ven­ci­to Jor­dan, des­preo­cu­pa­do por el asun­to, per­dió la tar­je­ta de vi­si­ta del agen­te. Fue su ma­dre la que le ras­treó por in­ter­net y, en po­cos me­ses, con­si­guió sus pri­me­ros tra­ba­jos co­mo mo­de­lo. Pri­me­ro en Sid­ney, lue­go en Ja­pón y, con 18 re­cién cum­pli­dos, en Mia­mi, pa­ra ha­cer una se­sión de fo­tos con Bru­ce Web­ber que le hi­zo des­pe­gar. Des­pués lle­ga­ron cam­pa­ñas pa­ra Dsquared2, Tom Ford o Tommy Hil­fi­ger, en­tre otras, y una gran can­ti­dad de editoriales. El chi­co, ofi­cial­men­te, se ha­bía he­cho ma­yor.

LA SUER­TE O LA VI­DA

La vi­da de mu­chos mo­de­los pa­re­ce du­pli­ca­da, más cuan­do es­tán en la cres­ta de la ola. Por un la­do es­tá el ti­po que va de un si­tio a otro sin res­pi­ro: Jor­dan hoy es­tá en Los Án­ge­les, ma­ña­na en Lon­dres y al otro en su ca­sa de Nue­va York, y sus días trans­cu­rren de set en set dan­do su me­jor ca­ra an­te las cá­ma­ras, en­car­nan­do ico­nos que el pú­bli­co des­pués de­vo­ra­rá con los ojos. Tam­bién es­tán el aman­te del surf y las pla­yas, el DJ en cier­nes, el fo­tó­gra­fo afi­cio­na­do, el ami­go de sus ami­gos. Y pa­ra co­nec­tar am­bos mun­dos es­tán los avio­nes, cen­te­na­res de ho­ras de vue­lo que le han he­cho in­mu­ne al jet lag.

A pe­sar de su es­tra­tos­fé­ri­co as­cen­so, Ba­rrett aún no es­tá has­tia­do por la no­to­rie­dad. "Me en­can­ta lo que ha­go, me gus­ta co­no­cer gen­te y via­jar", di­ce, mien­tras en su bra­zo iz­quier­do un ta­tua­je re­za "Gy­psy", co­mo una de­cla­ra­ción de in­ten­cio­nes: "En el fon­do soy un po­co gi­tano". Hace no mu­cho, cuen­ta, se hi­zo un test de ADN pa­ra sa­ber de dón­de pro­ce­dían geo­grá­fi­ca­men­te sus an­ces­tros, y re­sul­tó una mez­cla en­tre sui­zo y es­can­di­na­vo –al­go evi­den­te, a juz­gar por su as­pec­to–. Des­pués se de­tie­ne en otro de sus 15 ta­tua­jes, que di­ce "Only the good things"; por­que aho­ra tie­ne cla­ro que só­lo se va a de­te­ner en lo bueno. Y aun­que Jor­dan de­cli­na ha­cer co­men­ta­rios so­bre su pa­dre –con­de­na­do hace un par de años por nar­co­trá­fi­co– tal vez aquel asun­to fa­mi­liar le hi­zo po­ner los pies en la tie­rra, y ase­gu­ra que man­tie­ne muy bue­na re­la­ción con su ma­dre y sus her­ma­nos, que si­guen en Aus­tra­lia.

Por aho­ra, el mo­de­la­je le man­tie­ne ocu­pa­do, aun­que no se ve a sí mis­mo ha­cién­do­lo pa­ra siem­pre. "Ser mo­de­lo no es mi sue­ño", con­fie­sa." Al­gún día me gus­ta­ría ha­cer otras co­sas, co­mo abrir un ho­tel, al­go ecológico, y en un lu­gar tro­pi­cal, co­mo Cos­ta Ri­ca o Bra­sil". Cuan­do le pre­gun­ta­mos si ima­gi­na có­mo ha­bría si­do su vi­da sin aquel en­cuen­tro for­tui­to con la mo­da, el aus­tra­liano tam­po­co le da gran im­por­tan­cia: "Si no hu­bie­ra si­do mo­de­lo, pro­ba­ble­men­te es­ta­ría es­tu­dian­do ci­ne o fo­to­gra­fía. No es que fue­ra un gran es­tu­dian­te, pe­ro ha­bría con­ti­nua­do". Las po­si­bi­li­da­des to­da­vía son in­fi­ni­tas, pe­ro él ma­ti­za que si hay al­go de lo que es­tá or­gu­llo­so es de las re­la­cio­nes con la gen­te: "Des­de que era muy jo­ven. Te­ner ami­gos me permite se­guir sien­do nor­mal".

SER MO­DE­LO NO ES MI SUE­ÑO. AL­GÚN DÍA ME GUS­TA­RÍA HA­CER OTRAS OTRAS CO­SAS, CO­MO ABRIR UN HO­TEL

¿QUÉ HARÍAS CON UN MI­LLÓN? "Creo que al­qui­la­ría un avión pri­va­do y me es­ca­pa­ría a al­gu­na is­la, le­jos, y lle­va­ría a un pu­ña­do de ami­gos… creo que con eso ya me gas­ta­ría ca­si un mi­llón".

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