De có­mo man­te­ner los pies en el sue­lo y las es­tre­llas en la guía.

El chef ma­la­gue­ño, dos es­tre­llas Mi­che­lin, se ha con­ver­ti­do en uno de los ada­li­des de la ex­pe­rien­cia gas­tró­no­mi­ca, pe­ro tam­bién sa­be man­te­ner­se ca­bal cuan­do se cie­rran las puer­tas del éxi­to.

GQ (Spain) - - Sumario - DIE­GO LAFUENTE

• "CREO QUE TO­DO CO­CI­NE­RO HA TE­NI­DO una gra­ta in­fan­cia gas­tro­nó­mi­ca", di­ce Da­ni Gar­cía (Mar­be­lla, 1975), mien­tras a su al­re­de­dor va­rias de­ce­nas de per­so­nas ultiman los pre­li­mi­na­res de un pa­se en su res­tau­ran­te ho­mó­ni­mo en Mar­be­lla, dos es­tre­llas Mi­che­lin. La fun­ción em­pie­za en un ra­to y to­do el equi­po, per­fec­ta­men­te co­reo­gra­fia­do, em­pie­za a dan­zar al­re­de­dor de las me­sas an­ti­ci­pan­do lo que se­rá un es­pec­tácu­lo vi­sual y, cla­ro, gas­tro­nó­mi­co, an­tes de que se abra el te­lón.

Da­ni cre­ció en Mar­be­lla, en los años en que la ciu­dad se con­vir­tió en cu­na de la jet set, de los gran­des ho­te­les y el lu­jo. "Cuan­do era ni­ño, mi ve­cino era bo­to­nes en el Don Pe­pe y en aque­lla épo­ca ese ho­tel era co­mo lo más cer­cano a Dis­ney­lan­dia que po­días en­con­trar por aquí", re­cuer­da Da­ni. Aun­que de pe­que­ño que­ría ser pi­lo­to, su mio­pía se lo im­pi­dió. Sin em­bar­go, su pa­sión por los fo­go­nes ya la traía de ca­sa, vien­do co­ci­nar a su ma­dre, yen­do con su pa­dre al mer­ca­do o en oca­sio­nes es­pe­cia­les en res­tau­ran­tes. "Re­cuer­do la pri­me­ra vez que co­mí an­gu­las con mis pa­dres, aun­que ha­bía mu­chas más co­sas que me lla­ma­ban la aten­ción des­de muy pe­que­ñi­to, in­clu­so por en­ci­ma de la co­mi­da: me sen­ta­ban en un si­tio, lle­ga­ba un se­ñor, te da­ba una car­ta y pe­días… y lo que más me fas­ci­na­ba era sa­ber qué pa­sa­ba en ese pro­ce­so des­de que el ca­ma­re­ro te co­gía la co­man­da y te po­nían un pla­to en la me­sa. Era to­do un mis­te­rio". Da­ni ha­bla con pa­sión evo­can­do "eso de que con un pue­rro, una za­naho­ria y un po­co de cal­do de pron­to pue­das ha­cer un gui­so con co­lor, con sa­bor, con aro­ma. Es má­gi­co. ¿Y qué ni­ño no quie­re ha­cer ma­gia?".

La ma­gia, sin em­bar­go, tie­ne tru­co. Se lla­ma ofi­cio. "En mi pri­me­ra se­ma­na en la es­cue­la de Má­la­ga es­tu­ve con una fa­ti­gui­ta que no veas". Pe­ro en­se­gui­da em­pe­zó a di­ver­tir­se. "A un co­ci­ne­ro se le pre­su­po­ne esa co­sa lla­ma­da ar­tís­ti­ca, pe­ro hay que pe­lar mu­chas pa­ta­tas", ma­ti­za. Re­cuer­da di­ver­ti­do sus 'pri­me­ras ve­ces', cuan­do le sa­lió el arroz he­cho una plas­ta o cuan­do gra­ti­na­ba los pla­tos en su pi­so de es­tu­dian­te con un ca­le­fac­tor de pa­red del cuar­to de ba­ño.

Sin em­bar­go, en po­cos años al­can­zó el éxi­to. Los pre­mios, la po­pu­la­ri­dad. Es­pa­ña vi­vía el boom de la al­ta co­ci­na que tam­bién se lle­vó al­gu­nos res­tau­ran­tes por de­lan­te. "Con el éxi­to tam­bién co­no­ces el fra­ca­so", sos­tie­ne Gar­cía. "Hoy a mí ya me da igual eso, pe­ro tam­bién quie­ro ga­nar di­ne­ro, que es al­go que en es­te ma­ra­vi­llo­so país pa­re­ce que es­tá mal de­cir", pro­tes­ta. "Es una obli­ga­ción: en ve­rano em­plea­mos a 300 per­so­nas y hay que pa­gar nó­mi­nas y fac­tu­ras". Por eso, si tu­vie­ra que re­co­men­dar al­go a los que em­pie­zan, se­ría apren­der el ne­go­cio. "Yo siem­pre di­go que la vi­da es­tá mal he­cha. En ca­si to­das las fa­cul­ta­des fal­ta un po­co de reali­dad. Na­die te ex­pli­ca lo que es una so­cie­dad, ni un aval, ni qué sig­ni­fi­ca ser so­cio so­li­da­rio o co­sas así. Pe­ro vas apren­dien­do y, con los erro­res, vuel­ves a to­mar tie­rra". Cual­quier chef sa­be que ca­da día –y con ca­da pla­to– se la jue­ga. "Yo es­toy en Mar­be­lla, pe­ro a la mis­ma ho­ra en Ma­drid hay gen­te co­mien­do en Da­ni Gar­cía, así que si no es­tá bien un pla­to al­guien pen­sa­rá: 'pues es­te tío no es tan bueno'. Y hay otras mi­les de co­sas que lo pue­den arrui­nar. Por ejem­plo, un pe­lo en un pla­to es un sui­ci­dio; só­lo con eso ya es­tás jo­di­do".

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