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Harper's Bazaar (Spain) - - BAZAAR -

lo­cal y vi­vir lo que de­no­mi­na co­mo su «mo­men­to Ja­ne Goo­dall». Aca­bó por vol­ver a la mo­da y su ca­pa­ci­dad de adap­ta­ción y éti­ca de tra­ba­jo fue­ron la cla­ve de su éxi­to. Na­ció y se crió en la Flo­ri­da ru­ral, su pa­dre era mi­li­tar mien­tras que su ma­dre, una bohe­mia que ha­bía ido a Woods­tock, la edu­có en la me­di­ta­ción y el bu­dis­mo. Du­ran­te su in­fan­cia esa com­bi­na­ción de dis­ci­pli­na y flo­so­fía te­rre­nal ayu­da­ron a for­jar su ca­rác­ter. « News­week pu­bli­có una his­to­ria so­bre las top mo­dels », re­cuer­da Murphy, «y yo es­ta­ba la tercera o la cuar­ta. Era ge­nial. Creo que fue en 1997 o 1998. Ca­da una te­nía un ca­lif­ca­ti­vo y yo era la ‘pro­fe­sio­nal’. Mi éti­ca de tra­ba­jo era di­fe­ren­te, mu­chas chi­cas no apa­re­cían, o lle­ga­ban tar­de, a ve­ces bo­rra­chas o co­lo­ca­das. Era otra épo­ca.Y a mí no me gus­ta­ba eso.Yo sin du­da era for­mal. Gra­cias a mis pa­dres. Re­cuer­do que en el Ho­tel Bris­tol me ado­ra­ban por­que era la mo­de­lo que an­tes de de­jar la ha­bi­ta­ción la re­co­gía». A me­di­da que su tra­ba­jo y éti­ca da­ban sus fru­tos, Murphy co­men­zó a for­mar par­te de las me­jo­res cam­pa­ñas. En 1995 frmó su pri­mer con­tra­to ex­clu­si­vo con Pra­da. «La ver­dad es que no sa­bía mu­cho de la frma», re­cuer­da. «Cre­cí más con mar­cas ame­ri­ca­nas. Sa­bía que ha­bía lle­ga­do al­to en la in­dus­tria cuan­do frmé un con­tra­to, y co­no­cí a Miuc­cia y su ma­ri­do du­ran­te una co­mi­da en Ita­lia». Los tra­ba­jos se mul­ti­pli­ca­ron, y su ros­tro era ha­bi­tual en las cam­pa­ñas de Tif­fany & Co., Mis­so­ni,Ver­sa­ce, Cal­vin Klein y Es­tée Lau­der, mar­ca es­ta úl­ti­ma con la que lle­va 18 años co­la­bo­ran­do. Murphy tie­ne ano­ta­cio­nes de sus múl­ti­ples se­sio­nes de fo­tos. «Ten­go una pi­la de diez dia­rios re­cor­dan­do to­dos esos años, nun­ca los ve­rá na­die, ¿sa­bes? Es­tán guar­da­dos en una cámara aco­ra­za­da». Re­cuer­da con cla­ri­dad cuan­do co­no­ció a Ch­risty Tur­ling­ton Burns en una se­sión pa­ra Cal­vin Klein. «Yo es­ta­ba muy su­do­ro­sa y ner­vio­sa. La se­sión era en un mai­zal. Me da­ba igual es­tar ro­dea­da de chi­cos gua­pos por­que no pa­ra­ba de de­cir­me ‘Voy a co­no­cer a Ch­risty Tur­ling­ton’. Era al­go im­por­tan­te pa­ra mí, era a quien más ad­mi­ra­ba. Nos he­mos he­cho ami­gas, pe­ro aun así me com­por­to co­mo una co­le­gia­la a su la­do. Nues­tros hi­jos jue­gan jun­tos. He­mos ido jun­tas a fes­ti­va­les ecues­tres, y nos he­mos to­ma­do mar­ga­ri­tas.Aho­ra somos mu­je­res adul­tas, y nues­tra re­la­ción es adul­ta, pe­ro to­da­vía hay una par­te de mí que es in­fan­til

uan­do me mi­ro al es­pe­jo no di­go ‘¡Oh, soy fa­bu­lo­sa!’. Ten­go los mis­mos pro­ble­mas de piel que cual­quier mu­jer»

y ton­to­rro­na. Creo que es por­que es un icono y no de­ja de asom­brar­me. No es so­lo por su tra­ba­jo en la in­dus­tria; me gus­ta có­mo vi­ve su vi­da. Me gus­ta que fue a la uni­ver­si­dad, se edu­có, se con­vir­tió en es­po­sa y ma­dre, pe­ro ade­más aho­ra de­di­ca la ma­yor par­te de su tiem­po no so­lo a la ma­ter­ni­dad sino tam­bién a obras be­né­fi­cas. Es ca­si per­fec­ta». De igual ma­ne­ra ha­bla Murphy so­bre Cindy Craw­ford y su mo­dé­li­ca ca­rre­ra, así co­mo del pro­me­te­dor fu­tu­ro de su hi­ja, Kaia Ger­ber, que de­bu­tó el pa­sa­do sep­tiem­bre. «Es una lo­cu­ra», con­ce­de. «Aca­ba de cum­plir los 16 y ya es­tá a las puer­tas del éxi­to. Es al­go im­pa­ra­ble.Tie­ne as­pec­to de mo­de­lo, y pa­re­ce que es eso lo que quie­re y ne­ce­si­ta ha­cer, y su ma­dre es una le­yen­da del mun­di­llo. Si al­guien ha lle­va­do una ca­rre­ra im­pe­ca­ble e irre­pro­cha­ble esa es Cindy».Tan­to si emu­la a Gra­ce Kelly, Romy Sch­nei­der o a sí mis­ma, be­lla y te­rre­nal, Murphy es pa­ra mu­chos un icono de be­lle­za nor­te­ame­ri­ca­na. Pe­ro ella no se per­ci­be de esa ma­ne­ra. «Cuan­do me mi­ro al es­pe­jo no di­go ‘¡Oh, soy fa­bu­lo­sa’.Ten­go los mis­mos pro­ble­mas de piel que cual­quier mu­jer», con­fe­sa. A tra­vés de los años ha vis­to có­mo cam­bia la in­dus­tria, y re­me­mo­ra el mun­do de las mo­de­los de los años 90: «No quie­ro que pa­rez­ca que vi­vo en el pa­sa­do, pe­ro creo que era me­jor por­que era no­ve­do­so pa­ra mí.Aho­ra soy ma­yor, más cí­ni­ca.Y creo que la au­sen­cia de re­des so­cia­les es ade­más im­por­tan­te, por­que éra­mos muy apa­sio­na­das y vi­vía­mos el mo­men­to. Aho­ra to­do pa­re­ce al­go más dis­tan­te y cor­po­ra­ti­vo, y eso me po­ne muy tris­te». Cuan­do no tra­ba­ja de mo­de­lo Murphy es di­rec­to­ra de di­se­ño fe­me­nino de Shi­no­la, una jo­ven mar­ca afn­ca­da en De­troit que apo­ya a pe­que­ñas em­pre­sas por to­dos los Es­ta­dos Uni­dos, y que Bru­ce We­ber le re­co­men­dó.Tam­bién es­tá pla­nean­do el pró­xi­mo lan­za­mien­to de su pro­pia web de es­ti­lo de vi­da, Mam­maMurphy.com, apo­do por el que se le co­no­ce des­de los años 90, cen­tra­da en te­mas re­la­cio­na­dos con el ho­gar y la sa­lud.Aún en­cuen­tra tiem­po pa­ra ha­cer surf, mon­tar a ca­ba­llo y cul­ti­var un jar­dín, es­ca­pán­do­se a me­nu­do a su ca­sa de cam­po jun­to con su hi­ja y sus pe­rros. «Ne­ce­si­ta­mos en­su­ciar­nos las ma­nos, ne­ce­si­ta­mos co­ci­nar, re­ca­li­brar­nos y asen­tar­nos, mon­tar a ca­ba­llo, y sen­ci­lla­men­te des­can­sar y leer un li­bro; desconectar».Y eso pa­re­ce ex­pli­car por qué Murphy si­gue en lo más al­to.

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