EL TES­TA­MEN­TO de la dis­cor­dia

Historia de Iberia Vieja Monográfico - - Edad Media -

En 1131, Al­fon­so I el Ba­ta­lla­dor dic­ta­ba sus úl­ti­mas vo­lun­ta­des, que re­va­li­da­ría po­co an­tes de mo­rir. Su tes­ta­men­to pre­ten­día re­par­tir la Co­ro­na de Ara­gón en­tre tres ór­de­nes mi­li­ta­res emer­gen­tes: El San­to Se­pul­cro, los Hos­pi­ta­la­rios y los Tem­pla­rios. EN EL NOM­BRE DEL SU­MO e in­com­pa­ra­ble bien, que es Dios. Yo Al­fon­so Rey de los Ara­go­ne­ses, Pam­plo­ne­ses, So­brar­bienses y Ri­ba­gor­za­nos. Me­di­tan­do y re­vol­vien­do en la men­te que hi­zo a to­dos los hom­bres mor­ta­les por na­tu­ra­le­za; re­sol­ví en mi áni­mo mien­tras dis­fru­to vida y sa­lud, or­de­nar có­mo ha de que­dar el Reino a mí con­ce­di­do por Dios, mis po­se­sio­nes é in­tere­ses. Pues te­mien­do al jui­cio di­vino, por la sa­lud de mi al­ma, y tam­bién por la de mi pa­dre y de mi ma­dre, y la de to­dos mis pa­rien­tes, ha­go es­te tes­ta­men­to por Dios y Nues­tro Se­ñor Je­su­cris­to, y to­dos sus Santos. Y pri­me­ra­men­te con buen áni­mo y es­pon­tá­nea vo­lun­tad ofrez­co a Dios y a la bie­na­ven­tu­ra­da Ma­ría de los Pam­plo­ne­ses, y de San Sal­va­dor de Lei­re, el cas­ti­llo de Es­te­lla, con to­da la vi­lla y con to­do lo que per­te­ne­ce al de­re­cho Real, pa­ra que sea la mi­tad de San­ta Ma­ría y la otra mi­tad de San Sal­va­dor; de igual mo­do dono a San­ta Ma­ría de Ná­je­ra y a San Mi­llán el cas­ti­llo de Ná­je­ra con to­das sus co­sas u ho­no­res que le per­te­ne­cen: tam­bién el de Tri­bia con to­da su ho­nor. Y de to­das es­tas co­sas sea la mi­tad pa­ra San­ta Ma­ría y la otra mi­tad pa­ra San Mi­llán: ofrez­co tam­bién á San Sal­va­dor de Ovie­do, San Esteban de Gor­maz y Al­ma­zán con to­das sus per­te­nen­cias.

Le­go tam­bién á San­tia­go de Ga­li­cia, Ca­laho­rra, Cer­ve­ra y Tur­tu­lón con to­das sus po­se­sio­nes, lo mis­mo á San­to Domingo de Si­los de­jo el cas­ti­llo de San­güe­sa con la vi­lla, con sus dos ca­se­ríos nue­vo y vie­jo y su mer­ca­do. De­jo igual­men­te al bea­to San Juan de la Pe­ña de la vi­lla de Bi­ci con to­da su ho­nor, y á Bai­lo con la su­ya. Y doy a San

Pe­dro de Si­re­sa aquel puen­te le­van­ta­do, como es­tá es­cri­to en otras car­tas; y Ar­de­nes con to­da su ho­nor y á So­sa con to­do su va­lle de Ara­güés, lo de­sier­to y lo po­bla­do has­ta el puer­to.

Asi­mis­mo pa­ra des­pués de mi muer­te, de­jo por mi he­re­de­ro y su­ce­sor, al Se­pul­cro del Se­ñor, que es­tá en Jerusalén y a los que guar­da(n) y lo con­ser­van, y allí mis­mo sir­ven a Dios. Y al Hos­pi­tal de los po­bres que hay en Jerusalén; y al tem­plo del Se­ñor con los ca­ba­lle­ros que allí vigilan pa­ra de­fen­der el nom­bre de la cris­tian­dad.

A es­tos tres con­ce­do to­do mi reino: tam­bién to­do lo que ten­go con­quis­ta­do en to­da la tie­rra de mi reino; el Prin­ci­pa­do, el de­re­cho que ten­go en to­dos los hom­bres de mi tie­rra, tan­to en los Clé­ri­gos, como en los le­gos, Obis­pos, Aba­des, Canónigos, mon­jes, no­bles, ca­ba­lle­ros, ciu­da­da­nos, rús­ti­cos y mer­ca­de­res, va­ro­nes y hem­bras, pe­que­ños y gran­des, ri­cos y po­bres, ju­díos y mo­ros, con la mis­ma ley y cos­tum­bre que mi pa­dre y yo he­mos te­ni­do has­ta aho­ra y de­be­mos te­ner. Aña­do tam­bién á la mi­li­cia del tem­plo, mi ca­ba­llo con to­das mis ar­mas; y si Dios me con­ce­die­se á Tor­to­sa, sea to­da del Hos­pi­tal de Jerusalén. Ade­más por­que no es im­po­si­ble, si nos he­mos equi­vo­ca­do, pues so­mos hom­bres. Si yo ó mi pa­dre qui­ta­mos al­go a los obis­pa­dos de mi tie­rra ó á los mo­nas­te­rios, de los ho­no­res ó las po­se­sio­nes in­jus­ta­men­te, ro­ga­mos y man­da­mos que los Pre­la­dos, el tem­plo del San­to Se­pul­cro, del hos­pi­tal y los del tem­plo, lo res­ti­tu­yan le­gal­men­te. Del mis­mo mo­do, si á al­guno de los hom­bres, va­rón o mu­jer, clé­ri­go o se­glar, yo ó al­gu­nos de mis an­te­ce­so­res qui­ta­mos in­jus­ta­men­te su he­re­dad, res­ti­tú­ya­se al mis­mo jus­ta­men­te por com­pa­sión.

De igual ma­ne­ra, de las pro­pie­da­des que por de­re­cho de he­ren­cia nos son de­bi­das (fue­ra de aque­llas que fue­ron en­tre­ga­das á los lu­ga­res sa­gra­dos), las de­jo ín­te­gras al Se­pul­cro del Se­ñor, al Hos­pi­tal de los po­bres y a la mi­li­cia del tem­plo: á tal te­nor, que des­pués de la muer­te de ellos, sean ín­te­gras del se­pul­cro, del hos­pi­tal y del tem­plo y dar­las á quien qui­sie­ren. De es­te mo­do to­do mi Reino, como se ha es­cri­to arri­ba, y to­da mi tie­rra, cuan­to ten­go, cuan­to me que­dó de mis an­te­pa­sa­dos, cuan­to yo ad­qui­rí ó ad­quie­ra en ade­lan­te con la ayu­da de Dios y cuan­to yo doy al pre­sen­te y hu­bie­re po­di­do dar an­tes jus­ta­men­te, to­do lo asigno y con­ce­do al Se­pul­cro de Cris­to, al Hos­pi­tal de los po­bres y al Tem­plo del Se­ñor, pa­ra que ellos lo ten­gan y po­sean por tres ter­ce­ras par­tes igua­les: to­das es­tas co­sas so­bre­di­chas doy y con­ce­do al Se­ñor Dios y los Santos nom­bra­dos más arri­ba, tan pro­pias y fir­mes, como aho­ra lo son mías, y ten­gan fa­cul­tad de dar, y qui­tar. Y si al­guno de aque­llos, que aho­ra tie­ne es­tos ho­no­res ó los ten­drá en el por­ve­nir, qui­sie­ra en­so­ber­be­cer­se y no qui­sie­ra re­co­no­cer a es­tos Santos, como ha­rían á mí, á mis hom­bres y á mis ser­vi­do­res, ape­len de la trai­ción y de fe­lo­nía, como ha­rían si yo es­tu­vie­se vi­vo y pre­sen­te, vuel­van por la fe sin en­ga­ño. Y si du­ran­te mi vida me agra­da­ra de­jar lo que qui­sie­ren de­jar ó á San­ta Ma­ría, ó á San Juan de la Pe­ña ó á otros Santos, los que las tu­vie­ren, re­ci­bi­rán de mí lo que va­len. Ha­go, pues, es­tas co­sas, por el al­ma de mi pa­dre y de mi ma­dre, y por el per­dón de to­dos mis pe­ca­dos; y pa­ra me­re­cer te­ner un lu­gar en la vida eter­na.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.