UN REI­NA­DO lleno de pro­di­gios

Historia de Iberia Vieja Monográfico - - Edad Media -

COMO REY CRIS­TIA­NÍ­SI­MO, Jai­me I cre­yó ha­ber si­do ele­gi­do por la mis­ma Pro­vi­den­cia pa­ra go­ber­nar a sus súb­di­tos. En una épo­ca mar­ca­da por una exa­cer­ba­da re­li­gio­si­dad a me­dio ca­mino en­tre la fe y la su­pers­ti­ción, el mo­nar­ca ca­ta­la­noa­ra­go­nés mos­tró una sin­ce­ra de­vo­ción ma­ria­na y en su Cró­ni­ca afir­ma in­clu­so ha­ber si­do tes­ti­go de la apa­ri­ción de la mis­mí­si­ma Vir­gen.

Se­gún re­co­ge en el Lli­bre des Feyts, los pro­di­gios fue­ron al­go ha­bi­tual en su vida y la mis­ma elec­ción de su nom­bre es­tu­vo mar­ca­da de sig­nos pro­vi­den­cia­les. Na­da más na­cer, su ma­dre, Ma­ría de Mont­pe­llier, dio la or­den de fa­bri­car do­ce ci­rios igua­les, ca­da uno de ellos con el nom­bre de uno de los do­ce após­to­les; a con­ti­nua­ción or­de­nó en­cen­der las ve­las y pro­me­tió al Cie­lo que el nom­bre de aque­lla que más tiem­po tar­da­ra en de­rre­tir­se se­ría el que lle­va­se su hi­jo. Fue el ci­rio de San­tia­go el que más du­ró –“tres de­dos más que el res­to”, cuen­ta la Cró­ni­ca–, nom­bre equi­va­len­te al de Jai­me; lo que ex­pli­ca la elec­ción de un nom­bre no uti­li­za­do por la tra­di­ción en aque­llas tie­rras.

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