Dia­rio de Co­lón: el des­cu­bri­mien­to

Historia de Iberia Vieja Monográfico - - Conquistadores:La Espada Del Imperio -

“PUES­TOS EN TIE­RRA vie­ron ár­bo­les muy ver­des, y aguas mu­chas y fru­tas de di­ver­sas ma­ne­ras. El Al­mi­ran­te lla­mó a los dos ca­pi­ta­nes y a los de­más que sal­ta­ron en tie­rra, y a Ro­dri­go de Es­co­be­do, es­cri­bano de to­da la ar­ma­da, y a Ro­dri­go Sán­chez de Se­go­via, y di­jo que le die­sen por fe y tes­ti­mo­nio co­mo él por an­te to­dos to­ma­ba, co­mo de he­cho to­mó, po­se­sión de la di­cha Is­la por el Rey y por la Rei­na sus se­ño­res, ha­cien­do las pro­tes­ta­cio­nes que se re­que­rían, co­mo más lar­go se con­tie­ne en los tes­ti­mo­nios que allí se hi­cie­ron por es­cri­to. Lue­go se jun­tó allí mu­cha gen­te de la Is­la. Es­to que se si­gue son pa­la­bras for­ma­les del Al­mi­ran­te, en su li­bro de su pri­me­ra na­ve­ga­ción y des­cu­bri­mien­to de es­tas In­dias: “Yo (di­ce él), por­que nos tu­vie­sen mu­cha amis­tad, por­que co­no­cí que era gen­te que me­jor se li­bra­ría y con­ver­ti­ría a Nues­tra San­ta Fe con Amor que no por fuer­za, les di a al­gu­nos de ellos unos bo­ne­tes co­lo­ra­dos y unas cuen­tas de vi­drio que se po­nían al pes­cue­zo, y otras co­sas mu­chas de po­co va­lor, con que tu­vie­ron mu­cho pla­cer y que­da­ron tan­to nues­tros que era ma­ra­vi­lla. Los cua­les des­pués ve­nían a las bar­cas de los na­víos a don­de nos es­tá­ba­mos, na­dan­do. Y nos traían pa­pa­ga­yos y hi­lo de al­go­dón en ovi­llos y aza­ga­yas y otras co­sas mu­chas, y nos las tro­ca­ban por otras co­sas que nos les dá­ba­mos, co­mo cuen­ti­ci­llas de vi­drio y cas­ca­be­les. En fin, to­do to­ma­ban y da­ban de aque­llo que te­nían de bue­na vo­lun­tad. Mas me pa­re­ció que era gen­te muy po­bre de to­do. Ellos an­dan to­dos des­nu­dos co­mo su ma­dre los pa­rió, y tam­bién las mu­je­res, aun­que no vi­de) más de una har­to mo­za. Y to­dos los que yo vi eran to­dos man­ce­bos, que nin­guno vi­de de edad de más de 30 años. Muy bien he­chos, de muy her­mo­sos cuer­pos y muy bue­nas ca­ras. Los ca­be­llos grue­sos ca­si co­mo se­das de co­la de ca­ba­llos, y cor­tos. Los ca­be­llos traen por en­ci­ma de las ce­jas, sal­vo unos po­cos de­trás que traen lar­gos, que ja­más cor­tan. De­llos se pin­tan de prie­to, y ellos son de la co­lor de los ca­na­rios, ni ne­gros ni blan­cos, y de ellos se pin­tan de blan­co, y de­llos de co­lo­ra­do, y de ellos de lo que fa­llan. Y de­llos se pin­tan las ca­ras, y de­llos to­do el cuer­po, y de ellos so­los los ojos, y de ellos so­lo la na­riz. Ellos no traen ar­mas ni las co­no­cen, por­que les mos­tré es­pa­das y las to­ma­ban por el fi­lo, y se cor­ta­ban con ig­no­ran­cia”.

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