EL AJEDRECISTA

Historia de Iberia Vieja - - A PRIMERA VISTA -

El ajedrez au­to­má­ti­co atra­jo a los in­ven­to­res eu­ro­peos des­de fi­na­les del si­glo XVIII. Un ex­pe­ri­men­to pio­ne­ro en la cor­te de Vie­na sus­ci­tó el in­te­rés del cé­le­bre ajedrecista Wolf­gang van Kem­pe­len, quien, en­tre otras co­sas, pa­só a la his­to­ria por alum­brar ElTur­co: más que un au­tó­ma­ta, una ilu­sión óp­ti­ca que se ex­hi­bió por me­dio mun­do. Lue­go lle­ga­ría el Mep­his­to de C. G. Gum­pel, ad­mi­nis­tra­do por con­trol re­mo­to, o el Aheeb de Char­les Art­hur Hop­per; has­ta que, en 1912, nues­tro hom­bre en el olim­po de los ingenios, Leo­nar­doTo­rres Que­ve­do, pu­so su gra­ni­to de are­na con El Ajedrecista.

¿Qué su­pu­so su apor­ta­ción? Aquí no ha­bía tram­pa ni car­tón. El Ajedrecista deTo­rres Que­ve­do era ca­paz de ju­gar al ajedrez por sí so­lo, sin intervención hu­ma­na, mer­ced a un bra­zo me­cá­ni­co que arras­tra­ba las pie­zas y a unos sen­so­res eléc­tri­cos que de­tec­ta­ban los mo­vi­mien­tos de su opo­nen­te. Su ju­ga­da maes­tra era un fi­nal de rey y to­rre con­tra el rey del ri­val. Tal vez sim­ple a nues­tros ojos del si­glo XXI, de acuer­do, pe­ro in­su­pe­ra­ble en aque­lla épo­ca en que las compu­tado­ras eran so­lo una qui­me­ra pa­ra so­ña­do­res.

Dos años des­pués de su cons­truc­ción, en 1914, El Ajedrecista se pre­sen­tó en so­cie­dad en la Fe­ria de Pa­rís, don­de re­ci­bió to­dos los aplau­sos, y la pres­ti­gio­sa Scien­ti­fic Ame­ri­can se hi­zo eco de la no­ve­dad en un ar­tícu­lo tam­bién lau­da­to­rio.

El fu­tu­ro que for­jóTo­rres Que­ve­do dio otro pa­so de gi­gan­te en 1996, cuan­do una compu­tado­ra de IBM, Deep Blue, se en­fren­tó al cam­peón del mun­do Ga­rri Kas­pá­rov en una partida que ga­nó el ru­so. La ver­sión mejorada, Dee­per Blue, se lle­vó la re­van­cha un año más tar­de. A buen se­gu­ro, Leo­nar­doTo­rres Que­ve­do ya lo sa­bía.

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