La columna de Hér­cu­les

El hom­bre prehis­tó­ri­co ya sa­bía que el lu­gar era ideal. Y allí se pro­du­jo uno de los hi­tos más im­por­tan­tes de la evo­lu­ción hu­ma­na: la con­vi­ven­cia entre los nean­dert­ha­les y los sa­piens. Y fue una con­vi­ven­cia pa­cí­fi­ca… ¡Me­nu­da lec­ción!

Historia de Iberia Vieja - - TEMA DEL MES - BRUNO CAR­DE­ÑO­SA

El mun­do es­ta­ba di­vi­di­do. Só­lo aho­ra sa­be­mos que se tra­tó de una gue­rra entre dos hu­ma­ni­da­des. Por un la­do es­ta­ba el hom­bre de Neanderthal. Y por otro el ho­mo sa­piens, es de­cir, no­so­tros. Am­bos eran hu­ma­nos mo­der­nos. Los dos eran te­rri­ble­men­te pa­re­ci­dos; nin­guno te­nía na­da que en apa­rien­cia le hi­cie­ra ser su­pe­rior, al me­nos ex­te­rior­men­te. Pe­ro por las ra­zo­nes que fue­ra, la gue­rra la ga­na­ron los sa­piens y los nean­dert­ha­les se que­da­ron en el ca­mino, aun­que se­gún re­cien­tes des­cu­bri­mien­tos los nean­dert­ha­les de­ja­ron al­go de su po­so –es de­cir, de sus ge­nes– en no­so­tros.

Pues bien: es­te es­ce­na­rio se pro­du­jo ha­ce 30.000 años. Y el úl­ti­mo lu­gar en don­de se dio esa con­vi­ven­cia –pa­cí­fi­ca, con­vie­ne re­cor­dar­lo– fue Gi­bral­tar. Pa­re­ce pa­ra­dó­ji­co y me­ta­fó­ri­co que tan pe­que­ño lu­gar se ha­ya con­ver­ti­do en es­ce­na­rio ha­ce mi­les de años de una lu­cha sin par, aun­que pa­re­ce que fue un po­co des­pués de lo que se ima­gi­na­ba, en con­cre­to 2.000 años, se­gún aca­ba de pu­bli­car en la re­vis­ta Na­tu­re un equi­po de cien­tí­fi­cos es­pa­ño­les que ha si­tua­do esa con­vi­ven­cia en la cue­va de Gor­ham, que hoy se en­cuen­tra jun­to a las aguas pe­ro que en los tiem­pos de la “otra hu­ma­ni­dad” es­ta­ba a cin­co ki­ló­me­tros de la cos­ta. Des­de en­ton­ces, las aguas ga­na­ron te­rreno y de­ja­ron al des­cu­bier­to el lu­gar.

TIE­RRA DE OTRA HU­MA­NI­DAD

Ade­más, en Gor­ham se pro­du­jo el des­cu­bri­mien­to de al­gu­nas pin­tu­ras ru­pes­tres y otros res­tos que sir­vie­ron pa­ra de­du­cir que los nean­dert­ha­les te­nían pen­sa­mien­to sim­bó­li­co y eran más pa­re­ci­dos a no­so­tros de lo que nos ima­gi­na­mos. Ade­más, ya an­tes de ese

El úl­ti­mo lu­gar en don­de se dio esa con­vi­ven­cia –pa­cí­fi­ca, con­vie­ne re­cor­dar­lo– fue Gi­bral­tar. Su­ce­dió ha­ce 30.000 años

ha­llaz­go el pri­mer neanderthal des­cu­bier­to –aun­que en­ton­ces no se con­si­de­ra­ba que per­te­ne­cie­ra a esa es­pe­cie– se ha­bía ha­lla­do en 1848 en la cue­va en For­bes, tam­bién en Gi­bral­tar; pos­te­rior­men­te se en­con­tra­ron otros res­tos en el ya­ci­mien­to de Van­guard. To­do lo ha­lla­do allí ha con­ver­ti­do el lu­gar en un la­bo­ra­to­rio y en una zo­na dig­na de es­tu­dio cien­tí­fi­co co­mo nin­gu­na otra.

El ha­llaz­go en la can­te­ra de For­bes fue una au­tén­ti­ca re­vo­lu­ción. Aun­que en aque­lla épo­ca no se en­ten­die­ron bien las ca­rac­te­rís­ti­cas es­pe­cia­les del des­cu­bri­mien­to, sí hi­zo pen­sar a los es­tu­dio­sos que la zo­na ya fue pa­ra el hom­bre prehis­tó­ri­co un lu­gar im­por­tan­te. Hoy, gra­cias a lo ha­lla­do en Gi­bral­tar, sa­be­mos mu­cho más so­bre el pa­sa­do de la es­pe­cie hu­ma­na. La re­vo­lu­ción fi­nal se pro­du­jo en 2014, cuan­do se hi­cie­ron pú­bli­cos los es­tu­dios so­bre esos res­tos, que cer­ti­fi­ca­ban que los nean­dert­ha­les es­tu­vie­ron ahí has­ta ha­ce 24.000 años –lo que has­ta aho­ra ha­ce el úl­ti­mo lu­gar que ocu­pa­ron– y que eran mu­cho más avan­za­dos de lo que se pen­sa­ba, ex­tre­mo que otros res­tos ha­lla­dos en Es­pa­ña –en Si­drón (As­tu­rias)– vi­nie­ron a con­fir­mar. Tam­bién se ha­lló in­dus­tria lí­ti­ca muy re­le­van­te en otra cue­va de Gi­bral­tar, la De­vil’s To­wer, gra­cias a la cual se ha po­di­do sa­ber que ha­cía va­rios gra­dos me­nos en esa zo­na.

FENICIOS, ÁRA­BES Y ES­PA­ÑO­LES

En la an­ti­güe­dad, Gi­bral­tar era co­no­ci­da co­mo una de las dos co­lum­nas de Hér­cu­les –así se lla­ma­ba al fin del mun­do, ya que se creía que to­do aca­ba­ba en Gi­bral­tar, has­ta que el his­to­ria­dor He­ro­do­to atra­ve­só esa fron­te­ra ha­cia el VII a.C.–, aun­que su nom­bre siem­pre fue mon­te Cal­pe, de­no­mi­na­ción que se mo­di­fi­có has­ta la lle­ga­da de los ára­bes en el año 711, cuan­do pa­só a lla­mar­se mon­ta­ña de Ta­riq.

Has­ta pa­sa­dos más de 700 años, ya en pleno si­glo XV, Gi­bral­tar no se in­te­gró en la Co­ro­na de Cas­ti­lla, si­tua­ción que cam­bió tras el tra­ta­do de Utrecht en 1713. De he­cho, fue­ron los ára­bes los que, de­bi­do a la im­por­tan­cia geo­grá­fi­ca del lu­gar, de­ci­die­ron en 1160 ocu­par per­ma­nen­te­men­te el lu­gar. El cas­ti­llo que hoy se pue­de ver allí tie­ne su ori­gen en las for­ti­fi­ca­cio­nes que efec­tua­ron.

Los ha­llaz­gos en la cue­va de Gor­ham, des­cu­bier­ta a co­mien­zos del si­glo XX en Gi­bral­tar, ava­lan la co­exis­ten­cia pa­cí­fi­ca entre nean­dert­ha­les y sa­piens.

So­bre es­tas lí­neas, una ilus­tra­ción so­bre la vi­da de los nean­dert­ha­les; más arri­ba, el crá­neo del pri­mer neanderthal, ha­lla­do en la cue­va gi­bral­ta­re­ña de For­bes, en 1848.

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