La reali­dad es sen­ci­lla

Historia de Iberia Vieja - - EDITORIAL - Bruno Car­de­ño­sa Di­rec­tor @His­to­riaI­be­ria

“To­do el mun­do me di­ce que el he­mi­ci­clo es mu­cho más pe­que­ño de lo que pa­re­ce”, me con­tó po­cas ho­ras an­tes de ce­rrar es­te nú­me­ro una de las re­por­te­ras que, día tras día, nos cuen­ta a tra­vés de te­le­vi­sión la ac­tua­li­dad del Con­gre­so de los Dipu­tados. Se tra­ta de Son­so­les Ónega, que aca­ba de ga­nar el Pre­mio de No­ve­la Fer­nan­do La­ra 2017 con su obra Des­pués del amor. Sus pa­la­bras son co­mo una me­tá

fo­ra de la reali­dad, y el doble sig­ni­fi­ca­do de lo que di­ce se pue­de apli­car a lo que ahí ocu­rre, pe­ro la reali­dad es la que es: to­do es­tá mu­cho más cer­ca de lo que cree­mos. Y es que so­mos los hom­bres y

sus creen­cias las que ale­jan a bo­ca de oí­do. Me­dio mun­do es­tá he­cho de mu­dos y el otro me­dio de sor­dos, aun­que to­do sea mu­cho más cer­cano y pe­que­ño de los que cree­mos. La ver­dad es­tá mu­cho más cer­ca de la nor­ma­li­dad de lo que cree­mos, por ejem­plo en­tre Ma­drid y Bar­ce­lo­na. Cuan­do lo com­pren­de­mos, to­do cre­ce y se ha­ce gran­de. Si mi­ra­mos a nues­tro al­re­de­dor y ve­mos de lo que he­mos si­do ca­pa­ces, la gran­dio­si­dad de lo que te­ne­mos vie­ne da­da de cuan­do las per­so­nas de­ci­die­ron ba­jar sus ar­mas y uti­li­zar la ra­zón pa­ra ha­blar y dia­lo­gar.

En Ma­drid tie­nen que dar­se cuen­ta de que en Bar­ce­lo­na tie­nen al­go de ra­zón. Y en Bar­ce­lo­na tie­nen que re­fle­xio­nar por qué en lo que di­ce Ma­drid hay al­go de ver­dad. Di­go Bar­ce­lo­na y Ma­drid por uti­li­zar al­go, por­que en am­bos ca­sos es­tas ciu­da­des re­pre­sen­tan las co­mu­ni­da­des que di­cen re­pre­sen­tar. Son­so­les me re­cor­da­ba que en 1933 –en la Re­pú­bli­ca, la épo­ca en la que es­tá am­bien­ta­da su no­ve­la, una his­to­ria de amor… cu­rio­so, ¿no?– Ca­ta­lu­ña pro­cla­mó uni­la­te­ral­men­te su in­de­pen­den­cia y se

fir­mó su es­ta­tu­to. Aun­que nos ha­ya­mos ol­vi­da­do, en­ton­ces la ten­sión era gran­de, muy gran­de, in­men­sa. Era una cuer­da más es­ti­ra­da que la que hoy se­pa­ra las dos ver­da­des. Y aun así, dia

lo­ga­ron, ha­bla­ron, bus­ca­ron pun­tos en co­mún y se en­ten­die­ron. Ese es­pe­jo en el que de­be­mos mi­rar­nos de­be re­su­ci­tar ca­si cien años des­pués, por­que los que en­ton­ces pa­tro­ci­na­ron sus 13 aca­ba­ron me­tién­do­nos en un mun­do de os­cu­ri­dad, gue­rra y mar­cha atrás. Eso no lo que­re­mos. Que la his­to­ria nos en­se­ñe el ca­mino… Y ese es­pe­jo es el que de­be pre­si­dir el diá­lo­go, de mo­do que los sor­dos es­cu­chen un po­co y los mu­dos lo­gren ex­pre­sar­se con al­go más digno que los mu­gi­dos. Lo di­fí­cil es lo que es­tá pa­san­do aho­ra. Las pos­tu­ras es­tán le­jos, los con­gre­sis­tas fi­jos en sus pos­tu­ras y en los ti­tu­la­res que ge­ne­ran, y los “lí­de­res” ejer­cen de ta­les pen­san­do que las per­so­nas son una ma­na­da… ¡Es­ta­mos ha­cien­do lo di­fí­cil! Con lo fá­cil que es ha­cer lo sen­ci­llo y sa­ber por qué pa­sa lo que pa­sa. Na­da es por­que sí, sino que to­da pos­tu­ra tie­ne su ra­zón de ser aun­que has­ta aho­ra ha­ya pre­do­mi­na­do la sin­ra­zón. Si es la cor­du­ra la que go­bier­na to­do, en­ton­ces las dis­tan

cias se es­tre­cha­rán, des­cu­bri­re­mos que la reali­dad es más pe­que­ña y que los pun­tos de unión son más cla­ros de lo que ellos mis­mos creen, pe­ro ojo, los de aquí “aba­jo” no de­be­mos ali­men­tar las vís­ce­ras de los es­tó­ma­gos

se­dien­tos de en­fren­ta­mien­to y san­gre de los de allá “arri­ba”. Y lo pri­me­ro que te­ne­mos que ha­cer es no desechar na­da de lo que se di­ga. Ni si­quie­ra es­tas pa­la­bras, que ha­brán irri­ta­do a los de aquí y a los de allí –si es que aquí y allí exis­ten– cuan­do la reali­dad es que nos han me­ti­do en el tú­nel de os­cu­ri­dad en el que quie­ren que vi­va­mos. Sal­ga­mos de allí y alum­bre­mos el fu­tu­ro.

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