De ci­ne en TU­RÍN

Historia de Iberia Vieja - - ÁGORA - Al­ber­to de FRU­TOS Mu­seo Na­cio­nal del Ci­ne Via Mon­te­be­llo, 20 - Tu­rín www.mu­seo­ci­ne­ma.it

■ La Mo­le An­to­ne­llia­na de Tu­rín al­ber­ga uno de los mu­seos de ci­ne más gran­dio­sos del mun­do, una fan­ta­sía que abrió sus puer­tas en 2000 con el do­nai­re del es­ce­nó­gra­fo Fra­nçois Con­fino. Si no fue­ra por­que hay que cum­plir con el ho­ra­rio, uno po­dría que­dar­se a vi­vir en los ca­chi­va­ches que cuen­tan la cronología del sép­ti­mo ar­te, alojarse en los za­pa­tos de Ma­rilyn Mon­roe o sal­tar a las imá­ge­nes de sus ex­po­si­cio­nes tem­po­ra­les, co­mo aque­lla es­pec­ta­do­ra de La rosa púr­pu­ra de El Cai­ro.

Hoy, no po­de­mos mi­rar a los ojos del si­glo XX sin en­ce­gue­cer­nos un po­co –o un mu­cho– por el ci­ne. Esa aven­tu­ra que co­men­zó en una fá­bri­ca de Lyon y nos lle­vó a una Lu­na enoja­da nos si­gue desafian­do, tan­tos años des­pués, con su ma­gia per­pe­tua, que no es pre­ci­sa­men­te la de las imá­ge­nes ge­ne­ra­das por or­de­na­dor sino la de los ojos de Meryl Streep en Los puen­tes de Ma­di­son o las ma­nos en­san­gren­ta­das del ba­te­ría de Whi­plash.

En el Mu­seo Na­cio­nal del Ci­ne de Tu­rín el tiem­po pa­sa co­mo en un sue­ño. No es lo que ve­mos, sino los re­cuer­dos que sus­ci­tan esas imá­ge­nes, esos car­te­les, la per­fec­ción ama­ña­da de los ros­tros de las es­tre­llas.

"¡Je­sús, las co­sas que he­mos vis­to!", que di­ría el mae­se Sha­llow: la flor jun­to a los la­bios de un va­ga­bun­do, los pa­los de golf de Cary Grant, el des­cen­so de una di­va del ci­ne mu­do por la es­ca­le­ra de su man­sión, los sa­mu­ráis de Ku­ro­sa­wa, el tra­ve­lling fron­te­ri­zo de Sed de mal (o el de Truf­faut/ Aute con "el pe­que­ño de­ser­tor An­toi­ne Doi­nel"), la ra­que­ta de Jack Lem­mon en El apar­ta­men­to, el mo­to­ca­rro de Plá­ci­do o los ojos –otra vez los ojos– de Ana To­rrent en El es­pí­ri­tu de la col­me­na.

¿Qué se­ría de no­so­tros sin el ci­ne? Tuer­tos co­mo la lu­na de Mé­liès o cie­gos co­mo la vio­le­te­ra, va­ga­ría­mos por las ca­lles co­mo cria­tu­ras de llan­to, ni­ños des­arro­pa­dos en in­vierno o fotos sin su co­rres­pon­dien­te pie. Las salas de ci­ne si­guen sien­do el es­pe­jo más fiel del mun­do: en su os­cu­ri­dad nos ve­mos tal y co­mo so­mos; y hoy, que asis­ti­mos des­co­ra­zo­na­dos al cie­rre de tan­tas, nos ve­mos huér­fa­nos y ávi­dos de con­sue­lo.

La tar­de que fui­mos a la Mo­le An­to­ne­llia­na de Tu­rín, Ber­nar­do Ber­to­luc­ci char­la­ba en el Au­la del Tem­pio con otras gen­tes del ci­ne, ba­jo la aten­ta mi­ra­da del Mo­loch de Ca­bi­ria. A sus 77 años, el di­rec­tor de No­ve­cen­to si­gue sien­do uno de los pen­sa­do­res más jó­ve­nes del sép­ti­mo ar­te, un he­chi­zo más de es­te Shan­gri-La de ce­lu­loi­de.

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