LA DI­REC­TO­RA DE HITLER

¿Pue­de con­si­de­rar­se a la cé­le­bre Le­ni Rie­fens­tahl una ci­neas­ta na­zi?

Historia y Vida - - DOSSIER -

mi­les de asien­tos extras). Ro­dea­dos de esvásticas y con el di­ri­gi­ble Hin­den­burg so­bre­vo­lan­do sus ca­be­zas, es­pe­ra­ban emo­cio­na­dos la lle­ga­da de Hitler. Un mi­llón de per­so­nas más se ali­nea­ban en el ex­te­rior del co­li­seo, a los la­dos de una f la­man­te ave­ni­da por la que pa­sa­ría el cau­di­llo. Y unos cuan­tos mi­llo­nes más lo es­cu­cha­ban por las 105 emi­so­ras de ra­dio re­par­ti­das en 41 paí­ses (la au­dien­cia po­ten­cial era de unos tres­cien­tos mi­llo­nes). Al­re­de­dor de las cua­tro de la tar­de, el Füh­rer apa­re­ció en el es­ta­dio acom­pa­ña­do por

JJ. OO. de Berlín, la obra de la con­tro­ver­ti­da ci­neas­ta Le­ni Rie­fens­tahl (a la dcha.) se pue­de abor­dar des­de dos pun­tos de vis­ta: el éti­co y el es­té­ti­co. Su pe­lí­cu­la Olim­pia­da (1938) –co­mo la an­te­rior El triun­fo de la vo­lun­tad (1935)– mar­có un pun­to de in­fle­xión en el gé­ne­ro do­cu­men­tal. Su­pu­so un no­ta­ble lo­gro téc­ni­co y ar­tís­ti­co. Pe­ro, gra­cias a su ex­tra­or­di­na­rio im­pac­to vi­sual, tam­bién fue un vehícu­lo es­pe­cial­men­te efi­caz pa­ra la pro­pa­gan­da y la exal­ta­ción de la ideo­lo­gía na­zi.

AL IGUAL QUE LOS

de Hitler. Co­mo con­fie­sa en sus me­mo­rias, le ad­mi­ra­ba por su ora­to­ria y su ca­pa­ci­dad pa­ra se­du­cir a las ma­sas. Pe­ro nunca per­te­ne­ció al par­ti­do na­zi. Eso qui­zá la sal­vó de ser con­de­na­da tras la gue­rra. La di­rec­to­ra fue arres­ta­da en 1946 por las fuer­zas fran­ce­sas de ocu­pa­ción, y to­dos sus bie­nes fue­ron re­qui­sa­dos. Su­frió cua­tro pro­ce­sos de “des­na­zi­fi­ca­ción”, has­ta que en 1948 se de­ter­mi­nó que so­lo era “sim­pa­ti­zan­te” de los na­zis ( mitläu­fer). Rie­fens­tahl, mar­ca­da de por vi­da por su pasado (se en­fren­tó a de­ce­nas de jui­cios por di­fa­ma­ción), re­to­mó su carrera con gran­des di­fi­cul­ta­des. A par­tir de la dé­ca­da de los se­sen­ta lo­gró re­cu­pe­rar­se pro­fe­sio­nal­men­te y se con­vir­tió en una repu­tada fo­tó­gra­fa de na­tu­ra­le­za y et­no­gra­fía. Mu­rió en 2003 a los 101 años.

RIE­FENS­TAHL FUE AMI­GA

miem­bros de su ga­bi­ne­te y del COI (Co­mi­té Olím­pi­co In­ter­na­cio­nal). El gri­te­río fue en­sor­de­ce­dor. Re­so­na­ron las trom­pe­tas, ta­ñó la gi­gan­tes­ca cam­pa­na de bron­ce que co­ro­na­ba una gran to­rre y un co­ro de mi­les de vo­ces di­ri­gi­das por el afa­ma­do com­po­si­tor Ri­chard Strauss en­to­nó el himno na­cio­nal y el del par­ti­do na­zi. Las de­le­ga­cio­nes de los 49 paí­ses em­pe­za­ron a des­fi­lar. Las in­te­gra­ban un to­tal de 3.961 atle­tas, el tri­ple que en la edi­ción an­te­rior. Tras el des­fi­le co­men­za­ron los dis­cur­sos. El de Hitler fue bre­ve y cal­cu­la­da­men­te mo- de­ra­do. Atro­na­ron los aplau­sos y vol­vió a so­nar la mú­si­ca. El co­ro y la or­ques­ta in­ter­pre­ta­ron el himno olím­pi­co, com­pues­to pa­ra la oca­sión por el mú­si­co bá­va­ro. Fue el pre­lu­dio de uno de los mo­men­tos ál­gi­dos y más no­ve­do­sos de la ce­re­mo­nia: la lle­ga­da de la an­tor­cha olímpica. Aun­que la lla­ma olímpica se en­cen­dió por pri­me­ra vez en los JJ. OO. de Áms­ter­dam de 1928, fue en es­ta edi­ción cuan­do se inau­gu­ró la tra­di­cio­nal carrera de re­le­vos que tras­la­da la an­tor­cha des­de Olim­pia has­ta la ciu­dad an­fi­trio­na. El en­car­ga­do

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