Ho­ra de to­mar una op­ción

LA SE­GUN­DA GUE­RRA MUN­DIAL, CON OJOS CHILENOS

Historia y Vida - - LIBROS -

El chi­leno Jor­ge Ed­wards (1931) es uno de los es­cri­to­res la­ti­noa­me­ri­ca­nos más im­por­tan­tes de la ac­tua­li­dad, tan­to por sus no­ve­las co­mo por su mí­ti­co tes­ti­mo­nio Per­so­na non gra­ta (1973), en el que ex­pre­só su dis­cre­pan­cia con el cas­tris­mo. Otro de sus tí­tu­los cé­le­bres, Adiós, poe­ta (1990), nos apor­tó una vi­sión muy per­so­nal de Pa­blo Neruda, el clá­si­co más in­ter­na­cio­nal de su país, al que co­no­ció. Aho­ra, en La úl­ti­ma her­ma­na, to­ma co­mo ins­pi­ra­ción a una pa­rien­te le­ja­na, Ma­ría Ed­wards Mac-Clu­re (1893-1972; en la ima­gen, su re­tra­to), una mu­jer de ele­va­do es­ta­tus ha­bi­tua­da a las fies­tas de la al­ta so­cie­dad en el Pa­rís de en­tre­gue­rras. Su ma­ri­do, el mi­llo­na­rio Gui­ller­mo Errá­zu­riz, la ha­bía de­ja­do viu­da y con una hi­ja al qui­tar­se la vi­da por el re­cha­zo de una ac­triz es­ta­dou­ni­den­se.

Re­be­lión con­tra el ab­sur­do

La vi­da frí­vo­la y fá­cil de Ma­ría en Pa­rís iba a cam­biar con la ocu­pa­ción ale­ma­na. Fue en­ton­ces cuan­do se com­pro­me­tió con la Re­sis­ten­cia fran­ce­sa y con­si­guió evi­tar que va­rios ni­ños, se­pa­ra­dos de sus pa­dres, aca­ba­ran en cam­pos de con­cen­tra­ción. En re­co­no­ci­mien­to a su co­ra­je, Is­rael la in­clui­ría en­tre los “Jus­tos en­tre las Na­cio­nes”. Ed­wards, con una pro­sa muy ele­gan­te, cap­ta con fi­nu­ra su dra­ma in­te­rior. Ella sa­be que se jue­ga la vi­da, pe­ro no es­tá dis­pues­ta a ren­dir­se a la bar­ba­rie del na­zis­mo. Por suer­te, la pro­te­ge el je­fe de los es­pías ale­ma­nes, Wil­helm Ca­na­ris, que ha­bía ser­vi­do en Chi­le du­ran­te la Gran Gue­rra. Mien­tras tan­to, Ma­ría se sien­te atraí­da por un ofi­cial ale­mán que es escritor. Des­cu­bri­re­mos que se tra­ta de Ernst Jün­ger, au­tor de nu­me­ro­sos y re­co­no­ci­dos dia­rios. A su vez, man­tie­ne una bue­na amis­tad con una de las gran­des es­cri­to­ras fran­ce­sas de la épo­ca, Co­let­te. La úl­ti­ma her­ma­na es un can­to a la vi­da y al va­lor en tiem­pos os­cu­ros, con mo­men­tos es­pe­luz­nan­tes, co­mo la tor­tu­ra de Ma­ría a ma­nos de la Ges­ta­po, pe­ro tam­bién una de­cla­ra­ción de amor a la cul­tu­ra fran­ce­sa. No en vano, uno de los es­cri­to­res pre­fe­ri­dos del au­tor es Mar­cel Proust. No hay que ol­vi­dar, por otra par­te, que fue em­ba­ja­dor de Chi­le en Pa­rís.

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