Hidroterapia

Cu­rar a tra­vés del agua es un re­me­dio de los más an­ti­guos que se co­no­cen, y uno de los más uti­li­za­dos en me­di­ci­na na­tu­ral pa­ra com­ba­tir las en­fer­me­da­des o nor­ma­li­zar las fun­cio­nes del cuer­po.

Integral Extra - - SUMARIO -

Cu­rar a tra­vés del agua es un re­me­dio de los más an­ti­guos que se co­no­cen, y uno de los más uti­li­za­dos en me­di­ci­na na­tu­ral pa­ra com­ba­tir las en­fer­me­da­des o nor­ma­li­zar las fun­cio­nes del cuer­po.

La ma­yo­ría de per­so­nas tie­nen muy co a in­for­ma­ción, o una idea equi­vo­ca­da de la hidroterapia. Con só­lo oír ha­blar de ella ya es­tán ti­ri­tan­do de frío. Gran error, pues, con­tra­ria­men­te a lo que se cree, el ob­je­ti­vo prin­ci­pal de la cu­ra por el agua es re­cu­pe­rar el ca­lor en to­do el organismo que, co­mo sa­be­mos, es una ley bá­si­ca del es­ta­do de sa­lud.

Ade­más, hoy la hidroterapia es­tá de tal mo­do per­fec­cio­na­da que pue­de apli­car­se a cual­quier per­so­na por muy de­li­ca­da que sea. Pa­ra las na­tu­ra­le­zas frá­gi­les, ya in­di­ca­mos una tem­pe­ra­tu­ra y una du­ra­ción idó­neas sin que les per­ju­di­que lo más mí­ni­mo.

En su­ma, el tra­ta­mien­to por el agua, uni­do a una die­ta sa­na, cu­ra ca­si to­das las afec­cio­nes. Lo más in­tere­san­te de la hidroterapia es que en nues­tra ca­sa, al al­can­ce de la mano, po­see­mos uno de los re­cur­sos más po­de­ro­sos pa­ra cu­rar las do­len­cias (y al mis­mo tiem­po el más eco­nó­mi­co, por­que no cues­ta na­da).

TEM­PE­RA­TU­RA DEL AGUA

An­tes de cual­quier uso de la hidroterapia, siem­pre de­be­mos con­sul­tar el cua­dro de la tem­pe­ra­tu­ra del agua pa­ra sa­ber si és­ta tie­ne po­si­cio­nes pa­ra agua fría, fres­ca, tem­pla­da, ti­bia, ca­lien­te o muy ca­lien­te. Las epi­der­mis de­li­ca­das to­le­ran el agua ca­lien­te has­ta unos 38º, pe­ro los cu­tis en­tre­na­dos aguan­tan, sin que­mar­se, los 42º. Se re­co­mien­da, por su uti­li­dad, ad­qui­rir un ter­mó­me­tro de agua, que se ven­de en las ca­sas de apa­ra­tos óp­ti­cos y de pre­ci­sión. Cuan­do no se dis­pon­ga de ter­mó­me­tro de agua, la tem­pe­ra­tu­ra se cal­cu­la al tac­to, con la mano:

a) Si en in­vierno, al me­ter la mano en el agua del gri­fo, sen­ti­mos que cor­ta co­mo un cu­chi­llo, se en­ro­je­ce rá­pi­do la piel y no se re­sis­te de­jar­la den­tro del agua, sin du­da es que el agua es­tá muy fría. Por lo tan­to, cuan­do en di­cha es­ta­ción desea­mos ob­te­ner agua fría, bas­ta con aña­dir a la muy fría agua ca­lien­te o muy ca­lien­te has­ta que la mano so­por­te la tem­pe­ra­tu­ra del agua.

Dé­ja­te lle­var por las sen­sa­cio­nes que te pro­du­ce tu cuer­po, co­mo siem­pre han he­cho las ma­dres a la ho­ra de com­pro­bar la tem­pe­ra­tu­ra de los bi­be­ro­nes.

b) Si te­ne­mos la mano den­tro del agua un ra­to lar­go y se no­ta fres­ca y se aguan­ta bien y sin molestias, la tem­pe­ra­tu­ra del agua es­tá más o me­nos fres­ca.

c) Si de­ja­mos la mano en el agua mu­cho ra­to y se no­ta su­ma­men­te agra­da­ble, el agua es­tá apro­xi­ma­da­men­te tem­pla­da.

d) Si al in­tro­du­cir la mano en el agua la piel no re­ci­be nin­gu­na im­pre­sión de fres­cu­ra, el agua es­tá más o me­nos ti­bia.

e) Si al me­ter la mano en el agua ex­pe­ri­men­ta­mos ca­lor, sin lu­gar a du­das el agua es­tá ca­lien­te.

f) Cuan­do al in­tro­du­cir la mano en el agua no­ta­mos un ca­lor in­ten­so y la piel en­ro­je­ce, e s que el agua es­tá muy ca­lien­te. Mas si en la su­per­fi­cie del agua apa­re­cen vi­si­bles te­nues se­ña­les de va­por y me­te­mos la mano den­tro del agua y se en­ro­je­ce al ins­tan­te, la tem­pe­ra­tu­ra del agua ron­da los 42º po­co más o me­nos.

g) Si el agua des­pi­de mu­chos y con­ti­nuos va­po­res, es que so­bre­pa­sa el ca­lor aguan­ta­ble por la mano y, por con­si­guien­te, que­ma. No se ol­vi­de que el de­do so­por­ta el agua muy ca­lien­te, un gra­do más que el res­to del cuer­po, has­ta los 44º apro­xi­ma­da­men­te, sin que­mar­se. Con to­do, no se ex­pon­ga, sin ter­mó­me­tro, a me­ter la mano en el agua cuan­do abra­se si no quie­re que­mar­se. En cual­quier ca­so, si se ha­lla en di­cha si­tua­ción y quie­re con­se­guir só­lo agua muy ca­lien­te, aña­da po­co a po­co agua fría o fres­ca al agua ex­tre­ma­da­men­te ca­lien­te.

CON CUI­DA­DO

Pre­ve­ni­mos aquí de los po­si­bles pe­li­gros de la hidroterapia si no se tie­nen en cuen­ta las ob­ser­va­cio­nes que si­guen a con­ti­nua­ción:

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