«La edu­ca­ción ac­tual es­tá ba­sa­da en pa­sar exá­me­nes, y eso en el fon­do es mons­truo­so.»

En­tre­vis­ta a Clau­dio Na­ran­jo

Integral - - Correo Del Sol -

Na­ci­do en Chi­le en 1952, Clau­dio Na­ran­jo su­po siem­pre que lo su­yo eran las cien­cias. Des­cu­brir có­mo fun­cio­na el mun­do y có­mo nos afec­ta por den­tro se con­vir­tió en un in­te­rés que lo lle­vó a doc­to­rar­se en Psi­quia­tra, al no po­der ac­ce­der a ca­rre­ras de cien­cias más pu­ras. Sin em­bar­go, fue es­ta ca­rre­ra y la des­equi­li­bra­da re­la­ción en­tre mé­di­cos y pa­cien­tes lo que le im­pul­só a bus­car el co­no­ci­mien­to so­bre el com­por­ta­mien­to hu­mano.

In­flui­do por nu­me­ro­sos ex­per­tos, tan­to de la me­di­ci­na mo­der­na co­mo del cha­ma­nis­mo y las cul­tu­ras orien­ta­les, Clau­dio Na­ran­jo par­ti­ci­pó en la fun­da­ción del Enea­gra­ma mo­derno y creó el pro­gra­ma SAT, que aún es un re­fe­ren­te pa­ra mu­chos pro­fe­sio­na­les de la psi­co­lo­gía y la edu­ca­ción.

Abier­to a nue­vas ex­pe­rien­cias y en bus­ca siem­pre de la co­ne­xión con la sa­bi­du­ría an­ti­gua, es­te ex­per­to me­di­ta en su úl­ti­mo li­bro Ex­pe­rien­cias psi­co­dé­li­cas so­bre el be­ne­fi­cio que las sus­tan­cias psi­co­tró­pi­cas pue­den te­ner so­bre la sa­lud psi­co­ló­gi­ca y la con­cien­cia de nues­tra so­cie­dad.

Re­pa­se­mos un po­co su his­to­ria per­so­nal. Us­ted se doc­to­ró en psi­quia­tría, ¿qué es lo que le atra­jo de la dis­ci­pli­na mé­di­ca?

Yo bus­ca­ba co­no­ci­mien­to, y no ha­bía nin­gu­na es­cue­la de cien­cia en Chi­le por aquel en­ton­ces. Me in­tere­sa­ban la quí­mi­ca y la fí­si­ca, y la cien­cia en ge­ne­ral. Y un buen ami­go, que hoy en día es un cien­tí­fi­co chi­leno muy co­no­ci­do, Um­ber­to Ma­tu­ra­na, me pro­pu­so que en­trá­ra­mos en me­di­ci­na por­que an­tes de pro­fun­di­zar en esa dis­ci­pli­na pro­pia­men­te, ha­bía unos años de bue­na formación científica. Esa fue mi mo­ti- va­ción ini­cial, pe­ro la ca­rre­ra me lle­vó a una cri­sis vo­ca­cio­nal por­que lle­gó un mo­men­to en el que me di cuen­ta de que no es­ta­ba he­cho pa­ra aque­llo.

En­ton­ces us­ted se re­ve­ló con­tra la des­hu­ma­ni­za­ción de la me­di­ci­na…

Em­pe­cé a vi­si­tar a per­so­nas en el hos­pi­tal gra­cias a que Um­ber­to y yo pu­di­mos ac­ce­der a un cen­tro an­tes de lo que nos co­rres­pon­día. Y mi pro­pia im­pre­sión per­so­nal fue que el tra­to que da­ban los mé­di­cos a los pa­cien­tes era muy po­co hu­mano. Yo me pu­se a con­ver­sar con esas per­so­nas que acu­dían a vi­si­tar­se y que se sen­tían po­co es­cu­cha­dos por los mé­di­cos, y eso avi­vó mis pro­pios pen­sa­mien­tos.

¿Y op­tó por la psi­quia­tría?

Yo te­nía mu­chas ga­nas de pa­sar­me a la fí­si­ca. Op­té por la psi­quia­tría, que era una ma­ne­ra de jus­ti­fi­car la con­ti­nua­ción de mis es­tu­dios mé­di­cos. En­ton­ces des­cu­brí a Jung, y pen­sé que si en la me­di­ci­na ha­bía un ni­cho co­mo ese, po­día sen­tir­me bien. An­tes de la psi­quia­tría, ya me di cuen­ta de que me ha­bía con­ta­gia­do de la des­hu­ma­ni­za­ción de los mé­di­cos, por­que un pa­cien­te se lo di­jo a mi pro­fe­sor, y aquel fue el eco ex­terno de lo que yo me es­ta­ba ima­gi­nan­do.

¿Y có­mo fue su con­tac­to y su re­la­ción con el fun­da­dor de la Ges­talt, Fritz Perls, del que fue uno de los cua­tro su­ce­so­res?

Perls era al­guien que se ha­bía ins­ta­la­do en Esa­len, que era un cen­tro de es­tu­dios no aca­dé­mi­co. Era un lu­gar que pre­ten­día ser una al­ter­na­ti­va al mun­do aca­dé­mi­co y se lla­mó a sí mis­mo Cen­tro de Cre­ci­mien­to. Des­pués sur­gie­ron mu­chos lu­ga­res de es­te ti­po pa­ra el Desa­rro­llo Hu­mano. Perls era una per­so­na con ten­den­cia nó­ma­da en aquel mo­men­to de su vi­da, pe­ro se sin­tió bien en Esa­len. Se fue que­dan­do, a la vez que se trans­for­ma­ba en su per­so­na­je más ca­ris­má­ti­co. Era un po­co co­mo la es­tre­lla del lu­gar. Los di­rec­to­res de Esa­len no lo apo­ya­ban to­tal­men­te, pe­ro era la per­so­na más ge­nial que po­dían en­con­trar­se allí en aque­lla épo­ca.

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