ENTREVISTA

En vez de con­ver­tir la vi­da en una lu­cha por con­su­mir, se­ría me­jor de­di­car el tiem­po a...

Integral - - Sumario - Entrevista a Joan An­to­ni Me­lé, por Fran­cesc Mi­ra­lles Trans­crip­ción Isa­bel del Río

• Entrevista a Joan An­to­ni Me­lé, por Fran­cesc Mi­ra­lles

Des­pués de trein­ta años en el sec­tor de la ban­ca tra­di­cio­nal y seis di­vul­gan­do los va­lo­res de la ban­ca éti­ca, Joan An­to­ni Me­lé nos in­tro­du­ce a tra­vés de una fá­bu­la en las gran­des pre­gun­tas que nos ha­ce­mos acer­ca del sen­ti­do de la vi­da.

Aman­te del co­no­ci­mien­to y del ser hu­mano, es­te con­fe­ren­cian­te y for­ma­dor, fi­ló­so­fo au­to­di­dac­ta, ex­plo­ra­dor de la con­cien­cia y op­ti­mis­ta por na­tu­ra­le­za cree fir­me­men­te que otro mun­do es po­si­ble, pe­ro opi­na que es un tra­ba­jo de to­dos, pa­ra el que ne­ce­si­ta­mos un nue­vo en­fo­que vi­tal por­que “el sen­ti­do nun­ca es ma­te­rial”.

An­tes de en­tre­vis­tar­le so­bre su nue­va obra, nos de­te­ne­mos en su fas­ci­nan­te tra­yec­to­ria per­so­nal.

¿ Cuán­do fue tu des­per­tar es­pi­ri­tual?

Creo que ya de ni­ño, por­que re­cuer­do que cuan­do iba al co­le­gio, a los Es­co­la­pios de la Ca­lle Bal­mes, la asig­na­tu­ra que más me gus­ta­ba era His­to­ria Sa­gra­da, de un sa­cer­do­te que nos ex­pli­ca­ba al­go pa­re­ci­do a El Se­ñor de los Ani­llos.

¿ Y qué te atraía tan­to de la his­to­ria sa­gra­da?

To­do lo que hay tras nues­tra exis­ten­cia, ese «al­go más» que ha­ce que to­do ten­ga un sen­ti­do. Des­cu­brir que, a pe­sar de la ad­ver­si­dad, exis­te un ca­mino de li­ber­tad, si lle­ga­mos a la tras­cen­den­cia y nos atre­ve­mos a en­con­trar la ver­dad y el sig­ni­fi­ca­do de la vi­da.

¿ De tan jo­ven ya eras cre­yen­te?

A mí me edu­ca­ron pa­ra ser­lo, pe­ro lo que yo al­ber­ga­ba en mi in­te­rior era un sen­ti­mien­to de lo sa­gra­do en el Uni­ver­so. El con­ven­ci­mien­to de que hay una mi­sión, al­go más. Ya du­ran­te la mi­li, que me to­co hacer en el Saha­ra, en lu­gar de re­fu­giar­me en el al­cohol y en las dro­gas, co­mo mis com­pa­ñe­ros, leía so­bre las an­ti­guas ci­vi­li­za­cio­nes pre-co­lom­bi­nas de Amé­ri­ca: los In­cas, los Ma­yas, et­cé­te­ra. Es­cri­bía in­clu­so al em­ba­ja­dor del Pe­rú pa­ra que nos en­via­ra ma­te­rial. Sin em­bar­go, a la ho­ra de es­co­ger ca­rre­ra uni­ver­si­ta­ria, que es un mo­men­to en que la per­so­na se de­fi­ne, ele­gis­te las cien­cias. Es­co­gí, no sé si erró­nea­men­te, la ca­rre­ra de ma­te­má­ti­cas, pe­ro no la ter­mi­né por­que me abu­rría mu­cho con los pro­fe­so­res.

¿ Crees cier­to eso que di­cen de que la ma­te­má­ti­ca es el len­gua­je de Dios?

To­tal­men­te. Pien­sa que, co­mo Pi­tá­go­ras, que iba a Egip­to a bus­car el co­no­ci­mien­to, en los cen­tros mis­té­ri­cos de la an­ti­güe­dad tra­ba­ja­ban con arit­mé­ti­ca, geo­me­tría, gra­má­ti­ca…

Doc­tri­nas se­cre­tas en aque­lla épo­ca, por­que de­trás de ellas re­si­de un co­no­ci­mien­to uni­ver­sal, que aho­ra no so­mos ca­pa­ces de ver. En el pro­pio len­gua­je hay to­do un mis­te­rio, el lo­gos es­tá ahí de­trás. Y creo que las ma­te­má­ti­cas me atraían pre­ci­sa­men­te por es­to, pe­ro es po­si­ble que no fue­ra mi ca­mino.

Des­pués pa­sé a Fí­si­ca, por­que en aque­lla épo­ca leía mu­cho so­bre las teo­rías de Eins­tein y so­bre me­cá­ni­ca cuán­ti­ca, an­tes de que se pu­sie­ra de mo­da, pe­ro los pro­fe­so­res ve­nían a dar la cla­se y es­cri­bían co­sas en la pi­za­rra. Te­nías que to­mar apuntes, es­tu­diar­lo muy bien y re­pe­tir­lo en el exa­men. Sin em­bar­go, to­das las pre­gun­tas que te­nía no se res­pon­dían.

¿ Qué es lo que hi­zo que de­ja­ras de nue­vo la ca­rre­ra?

Pa­ra cu­brir ne­ce­si­da­des fa­mi­lia­res, me di­je: «Ha­go unas opo­si­cio­nes, tra­ba­jo por las ma­ña­nas y por la tar­de si­go es­tu­dian­do». Ga­né una pla­za en una caja de aho­rros, al­go que pa­ra mí era un em­pleo pro­vi­sio­nal, un me­dio pa­ra un fin. Pe­ro al en­trar ahí me di cuen­ta de que me en­can­ta­ba tra­tar con la gen­te. Des­cu­brí mi pa­sión por lo so­cial.

¿ Qué es lo que gus­ta­ba de es­tar en un ban­co?

Ver có­mo son las per­so­nas, co­no­cer sus pro­ble­má­ti­cas a tra­vés de la re­la­ción con el di­ne­ro. El ex­trac­to de una tar­je­ta de cré­di­to di­ce más de una per- so­na que su car­ta as­tral, es la fo­to­gra­fía de su sub­cons­cien­te, por­que real­men­te te das cuen­ta de qué nos mue­ve por den­tro, có­mo po­de­mos vol­ver­nos mez­qui­nos o gran­des per­so­nas. Em­pe­cé aten­dien­do al pú­bli­co y to­do fue bas­tan­te rá­pi­do, por­que era una épo­ca de ex­pan­sión y en seis años ya era di­rec­tor de una ofi­ci­na.

Co­mo per­so­na sen­si­ble al su­fri­mien­to hu­mano, cuan­do te ve­nía un pa­dre de fa­mi­lia pi­dien­do un cré­di­to y tú no se lo po­días dar, ¿ có­mo te sen­tías?

Es­to es com­pli­ca­do y duro, por­que mu­chas ve­ces lo me­jor que pue­des hacer pa­ra ayu­dar es de­cir que «No». Lle­ga un mo­men­to en que te das cuen­ta de que no pue­des ser demasiado em­pá­ti­co. Un te­ra­peu­ta ha de sa­ber es­tar pa­ra po­der tra­tar y, de he­cho, cuan­do me he equi­vo­ca­do, ha si­do por­que no he sa­bi­do de­cir «No», que eso no le con­vie­ne. A ve­ces pen­san­do que ayu­das me­tes a las per­so­nas en pro­ble­mas más gor­dos. Ayu­dar es sa­ber ver qué con­vie­ne y qué no, orien­tar y de­cir: «Es­te pi­so no te lo pue­des com­prar aho­ra mis­mo » o «Es­te co­che no te con­vie­ne» o «No te gas­tes en un cru­ce­ro por el me­di­te­rrá­neo al­go que ten­drás que pa­gar en tres años». La gen­te tie­ne ma­les­tar in­te­rior y se pien­sa que gas­tan­do en ton­te­rías lo arre­gla­rá. Re­su­mien­do: ayu­dar es po­ner con­cien­cia.

¿Có­mo em­pe­zó tu an­da­du­ra en la Ban­ca Éti­ca? Por un la­do es­ta­ba una ami­ga mía ale­ma­na que me ha­bló de una ban­ca éti­ca en Ale­ma­nia, idea­da por unos es­tu­dian­tes de una es­cue­la Wal­dorf que ha­bían pre­sen­ta­do un pro­yec­to de fi­nal de cur­so que con­sis­tía en la crea­ción de un ban­co éti­co. Me di­jo que yo un día te­nía que hacer un ban­co éti­co aquí, en Ca­ta­lu­ña. Y yo pen­sé, «¡¿Có­mo voy a hacer yo un ban­co?!».

Por otro la­do, un ami­go mío que murió, Ál­va­ro Al­tés, uno de los pio­ne­ros de la re­vis­ta In­te­gral, siem­pre me de­cía: «Joan, ¿có­mo es­tás en un ban­co con­ven­cio­nal? Tú de­be­rías es­tar ha­cien­do otra co­sa, una ban­ca di­fe­ren­te » . Me ex­pli­ca­ba ejem­plos, por­que en aque­lla épo­ca ya exis­tía es­te ti­po de ban­ca. Trio­dos na­ce el año 71 y yo te estoy ha­blan­do de los años 92-94. En el año 2000, Ál­va­ro me tra­jo un pros­pec­to del Pri­mer Con­gre­so de Ban­ca Éti­ca que se ha­cía aquí en Bar­ce­lo­na, en la Pe­dre­ra, y me in­sis­tió en que de­bía ir. Allí con­tac­té con una se­rie de per­so­nas, en­tre ellos Ar­ca­di Oli­ve­res, que a tra­vés de una aso­cia­ción que to­da­vía exis­te, lla­ma­da FETS (“he­chos”) —que ade­más de “he­chos”, FETS sig­ni­fi­ca: “Fi­na­nça­ment Ètic i So­li­da­ri”—, nos de­di­cá­ba­mos a dar con­fe­ren­cias so­bre es­ta otra ma­ne­ra de hacer ban­ca que exis­te en el mun­do.

El Con­gre­so fue un em­pu­jón y yo em­pe­cé a dar con­fe­ren­cias so­bre ban­ca éti­ca con ellos y a co­la­bo­rar de for­ma ac­ti­va. Pe­ro cla­ro, pre­di­ca­ba una co­sa mien­tras tra­ba­ja­ba en ban­ca con­ven­cio­nal… Aun­que el he­cho de que lle­va­ra trein­ta años tra­ba­jan­do en ban­ca con­ven­cio­nal y seis pre­di­can­do la ban­ca éti­ca, hi­zo que Trio­dos Bank me ofre­cie­ra abrir la pri­me­ra ofi­ci­na aquí, en Bar­ce­lo­na, en el año 2006.

¿ Có­mo fue la ex­pe­rien­cia de im­por­tar al­go tan di­fe­ren­te y mo­derno a un sec­tor tan tra­di­cio­nal co­mo el de la ban­ca?

Lo pri­me­ro fue ven­cer en mí mis­mo la ten­den­cia a la co­mo­di­dad y el mie­do a los cam­bios. Te­nía un buen suel­do, era di­rec­tor, y en uno o dos años prác­ti­ca­men­te me pre­ju­bi­la­ban, lo cual sig­ni­fi­ca­ba que te da­ban el 80% del suel­do ín­te­gro mien­tras es­ta­bas en ca­sa y te lo po­dían lle­gar a su­bir has­ta el 90%. Eso im­pli­ca­ba no tra­ba­jar en ban­ca, ni en se­gu­ros, ni en na­da pa­re­ci­do, pe­ro to­do el mun­do es­pe­ra­ba la pre­ju­bi­la­ción. Y en el mis­mo mo­men­to en que me ofre­cían abrir la ofi­ci­na de Trío­dos, es­ta­ba ro­zan­do la pre­ju­bi­la­ción, así que te­nía es­ta di­co­to­mía.

¿Du­das­te mu­cho?

No. Yo di­ría que du­dé una no­che sin dor­mir, dán­do­le vuel­tas, pen­san­do: « Si he de­fen­di­do es­to to­da la vi­da, ¿ aho­ra có­mo pue­do te­ner du­das? » . Pe­ro no eran du­das, sino mie­do y so­bre to­do la co­mo­di­dad que lo otro me ofre­cía. Los ami­gos me de­cían: «No te com­pli­ques la vi­da, aho­ra que po­drás vi­vir sin tra­ba­jar».

Pe­ro tú que tie­nes es­te afán de co­no­ci­mien­to, ¿ no te atraía la idea de no tra­ba­jar y es­tar to­do el día le­yen­do?

Sí, cla­ro, pe­ro el otro afán de mi vi­da ha si­do el com­pro­mi­so so­cial. Siem­pre ha es­ta­do el co­no­ci­mien­to y el tra­ba­jo con uno mis­mo, y por otro la­do el tra­ba­jo so­cial y con los de­más. Es­to ha de es­tar equi­li­bra­do y, de he­cho, una de las pau­tas que da Ru­dolf Stei­ner es que por ca­da pa­so que das en el co­no­ci­mien­to, has de dar tres con la éti­ca, por­que el co­no­ci­mien­to te pue­de hacer muy or­gu­llo­so y muy so­ber­bio, te pue­de apar­tar del mun­do; hay gen­te muy in­te­li­gen­te que no se im­pli­ca en na­da. En aquel mo­men­to, sí, cla­ro, la co­mo­di­dad de «Me que­do en ca­sa a leer, que dis­fru­to mu­cho» es­ta­ba ahí, pe­ro tam­bién es­ta­ba el com­pro­mi­so.

Aque­lla no­che, que re­cor­da­ré du­ran­te mu­cho tiem­po, es­tu­vo lle­na de du­das in­te­rio­res, por­que en la vi­da ele­gi­mos la co­mo­di­dad y bus­ca­mos la se­gu­ri­dad, cuan­do aho­ra pue­do de­cir con mi ex­pe­rien­cia que la pri­me­ra vez en la vi­da

que me he sen­ti­do se­gu­ro fue cuan­do per­dí la se­gu­ri­dad ex­te­rior. Cuan­do ya no tie­nes tra­ba­jo, ¿has de es­tar in­se­gu­ro? Pa­ra na­da, esa fue la pri­me­ra vez en la vi­da que me sen­tí li­bre y con una gran for­ta­le­za in­te­rior. Nun­ca me he sen­ti­do tan se­gu­ro, aun­que ló­gi­ca­men­te a ve­ces he pen­sa­do «No sé de qué vi­vi­ré el mes que vie­ne», pe­ro eso da igual.

Una vez de­ci­di­do, ¿ có­mo fue el pro­ce­so de abrir la pri­me­ra ofi­ci­na de Trio­dos?

La pri­me­ra pre­gun­ta que nos hi­ci­mos fue: ¿có­mo di­vul­gar al­go que no co­no­ce na­die, en una épo­ca en que en Es­pa­ña hay eu­fo­ria? Abri­mos la ofi­ci­na a prin­ci­pios del 2006, y la cri­sis no es­ta­lló has­ta el 2008. Y cuan­do no hay cri­sis, sino eu­fo­ria, ¿có­mo doy a co­no­cer una ban­ca éti­ca?

Yo da­ba con­fe­ren­cias por to­das par­tes, más de dos mil con­fe­ren­cias en los úl­ti­mos diez años só­lo pa­ra dar a co­no­cer el ban­co, y en es­cue­las de ne­go­cios, co­le­gios, con­gre­ga­cio­nes re­li­gio­sas de to­do ti­po, des­de ca­tó­li­cas a bu­dis­tas, cen­tros cul­tu­ra­les y ONG, y es­ta ha si­do al fi­nal nues­tra es­tra­te­gia, di­fun­dir­lo a tra­vés de la pa­la­bra. No po­día hacer pu­bli­ci­dad por­que es ca­rí­si­ma y por­que si sa­les cin­co se­gun­dos en un anun­cio en te­le­vi­sión di­cien­do « So­mos ban­ca éti­ca», la gen­te se ríe de ti.

¿ Es en es­ta épo­ca cuan­do es­cri­bes Di­ne­ro y con­cien­cia?

Más o me­nos por esa épo­ca, Jor­di Nadal me lla­mó un día. Yo pen­sa­ba que era por un te­ma del ban­co, por­que no nos co­no­cía­mos de na­da, pe­ro me di­jo que que­ría que es­cri­bie­ra un li­bro. Co­mo no le hi­ce mu­cho ca­so se pre­sen­tó en una con­fe­ren­cia que le en­tu­sias­mó y me abor­dó di­cién­do­me: «Es­to que aca­bas de de­cir lo quie­ro en un li­bro». En­ton­ces hi­ci­mos un tra­to y, a tra­vés de una con­fe­ren­cia gra­ba­da que du­ra­ba dos ho­ras y me­dia, de las más lar­gas que he he­cho, un re­dac­tor me lo trans­cri­bió y yo em­pe­cé a di­vi­dir­lo y or­de­nar­lo en ca­pí­tu­los, lo re­to­ca­mos... Es una con­fe­ren­cia pues­ta por es­cri­to, no un en­sa­yo.

Fi­nal­men­te sa­lió tar­de, por­que en­tre co­rrec­cio­nes, una co­sa y otra, se pu­bli­có en el 2009. Es de­cir, que el li­bro es una de las con­fe­ren­cias que em­pe­cé a dar des­de el 2006, es­ta con­cre­ta­men­te de­bía ser de fi­na­les del 2007, y el li­bro no sa­lió has­ta el 2009. Y cuan­do el li­bro se pu­bli­có ya ha­bía es­ta­lla­do la cri­sis, con lo cual fue to­da una opor­tu­ni­dad por­que ayu­dó a que el li­bro tu­vie­ra me­jor aco­gi­da.

La cri­sis fue bue­na pa­ra el li­bro, por­que de­mos­tró te­sis que apa­re­cían en él, pe­ro ¿ pa­ra Trio­dos fue po­si­ti­vo?

Sí, por­que la cri­sis coin­ci­dió con que mu­chos pe­rio­dis­tas em­pe­za­ron a ha­cer­me en­tre­vis­tas en pro­gra­mas de má­xi­ma au­dien­cia. Y con to­dos es­tos pro­gra­mas tu­vi­mos que re­du­cir el ho­ra­rio, abría­mos de nue­ve de la ma­ña­na a cin­co y me­dia de la tar­de, y tu­vi­mos que re­du­cir de nue­ve a tres por­que ve­nía de­ma­sia­da gen­te.

¿ Có­mo es po­si­ble?

Un ban­co tie­ne tres áreas: la pri­me­ra es cap­tar clien­tes y que trai­gan di­ne­ro; la se­gun­da es in­ver­tir bien ese di­ne­ro;

y la ter­ce­ra es dar ca­li­dad de ser­vi­cio. Si cre­ces tan rá­pi­do, el ser­vi­cio no es su­fi­cien­te y no tie­nes tiem­po pa­ra in­ver­tir, y no pue­des con­tra­tar a cien per­so­nas de golpe. De ma­ne­ra que apro­ve­chá­ba­mos la tar­de pa­ra bus­car in­ver­sio­nes pa­ra ese di­ne­ro. Y nos en­con­tra­mos que la gen­te ve­nía a traer di­ne­ro, pe­ro co­mo es­tá­ba­mos en cri­sis na­die pe­día cré­di­tos, por­que los ban­cos no da­ban cré­di­to, así que te­nía­mos que dar a co- no­cer a la gen­te, es­pe­cial­men­te al sec­tor so­cial, que no­so­tros sí que dá­ba­mos cré­di­to. Pa­re­ce ra­ro, pe­ro ha­cía­mos lo con­tra­rio que los ban­cos: los ban­cos bus­ca­ban di­ne­ro y no da­ban cré­di­to; no­so­tros bus­cá­ba­mos dón­de po­ner el di­ne­ro. Mu­cha gen­te del sec­tor so­cial aguan­tó por­que les ayu­da­mos. Y por es­to re­du­ci­mos horarios y tam­bién pa­ra­mos la aper­tu­ra de ofi­ci­nas, pa­ra más ade­lan­te vol­ver a reanu­dar­lo.

Apar­te de ser muy co­no­ci­do por la Ban­ca Éti­ca, hu­bo un mo­men­to en que em­pe­zas­te a ex­pan­dir tus in­tere­ses pú­bli­ca­men­te.

Las con­fe­ren­cias que da­ba no só­lo ha­bla­ban de ban­ca éti­ca, sino que em­pe­cé a in­tro­du­cir te­mas hu­ma­nis­tas y a de­mos­trar que no hay un pro­ble­ma eco­nó­mi­co, sino un pro­ble­ma exis­ten­cial del ser hu­mano, que ha per­di­do el sen­ti­do de la vi­da y la ha con­ver­ti­do en una lu­cha por con­su­mir, cuan­do lo que de­be­ría­mos hacer es de­di­car tiem­po a bus­car quié­nes so­mos y pa­ra qué es­ta­mos aquí.

¿ Y con “La Economía ex­pli­ca­da a los jó­ve­nes” has ido a mu­chas es­cue­las e ins­ti­tu­tos?

A mu­chas. Les ex­pli­co có­mo su fu­tu­ro es­tá en ries­go y ellos no lo sa­ben. Es­tá en ries­go su li­ber­tad y su ca­pa­ci- dad hu­ma­na. Han si­do ata­ca­dos des­de pe­que­ños, em­pu­ján­do­los al con­su­mo, a co­sas que no ne­ce­si­tan, ha­cién­do­les pen­sar que así se­rán más li­bres, cuan­do en reali­dad lo que es­tán per­dien­do pre­ci­sa­men­te es la li­ber­tad. Tam­bién les ha­go ver que cuan­do to­man una de­ci­sión, és­ta afec­ta a otros. Por ejem­plo, jó­ve­nes co­mo ellos tra­ba­jan en con­di­cio­nes in­hu­ma­nas, a la vez que nos es­ta­mos car­gan­do el pla­ne­ta. De­ben em­pe­zar a pen­sar en to­do es­to, por­que de­pen­dien­do de las de­ci­sio­nes que to­men, el mun­do ti­ra­rá pa­ra un la­do o pa­ra otro.

Y los jó­ve­nes que van de­trás del úl­ti­mo mo­de­lo de mó­vil, ¿ lo en­tien­den?

Lo en­tien­den per­fec­ta­men­te, les en­tu­sias­ma. La char­la du­ra una ho­ra y los de­ba­tes otra ho­ra más, y no se van. Se pre­gun­tan qué pue­den hacer, có­mo pue­den cam­biar eso, y yo les di­go que de en­tra­da no de­ben caer en la tram­pa del con­su­mo, es de­cir, que de­di­quen más tiem­po a pre­pa­rar­se y a leer, li­bros de to­do ti­po, a dia­lo­gar, a via­jar, a hacer vo­lun­ta­ria­do y des­cu­brir qué es el

mun­do, y el día en que des­cu­bran qué quie­ren ser, que lu­chen por ello.

En tu úl­ti­mo li­bro en­con­tra­mos de tras­fon­do tus es­tu­dios de An­tro­po­so­fía. ¿ En qué mo­men­to se abrió es­ta puer­ta?

Ya des­de pe­que­ño yo bus­ca­ba al­go es­pi­ri­tual, pe­ro que fue­ra com­pa­ti­ble con la vi­da co­ti­dia­na. Y un día es­cu­ché ha­blar de Ru­dof Stei­ner en una con­fe­ren­cia, y me fas­ci­nó. No en­con­tré ape­nas bi­blio­gra­fía aquí, con­se­guí al­gu­nos li­bros y apuntes tra­du­ci­dos que me lle­ga­ron de Mé­xi­co, em­pe­cé a com­prar li­bros en Sui­za y Fran­cia, me pu­se a leer y, por pri­me­ra vez en la vi­da, su­pe que ese era el ca­mino que yo bus­ca­ba. A par­tir de ahí co­no­cí gen­te con quie­nes com­par­tía lec­tu­ras y he de­di­ca­do mu­chas ho­ras a lo lar­go de mi vi­da, tam­bién a la me­di­ta­ción y a la ob­ser­va­ción del mun­do.

¿ Eres op­ti­mis­ta so­bre el fu­tu­ro? ¿ Crees que hay una ma­yor con­cien­cia? Es de­cir, co­mo so­cie­dad, ¿ ha­cia dón­de crees que va­mos?

Soy op­ti­mis­ta por­que sé adón­de quie­ro ir y lu­cho por lle­gar ahí. Nos di­ri­gi­mos a una bi­fur­ca­ción, a una so­cie­dad don­de el ser hu­mano ca­da vez cre­ce­rá más y lo reivin­di­ca­re­mos — « hu­mano » en el sen­ti­do de ple­ni­tud tam­bién es­pi­ri­tual—, pe­ro tam­bién hay una lu­cha muy fuer­te por ani­qui­lar al ser hu­mano y lle­var­lo al post­hu­ma­nis­mo, que es el ser hu­mano manipulado ge­né­ti­ca­men­te, con chips en la ca­be­za, etc.

Es­te es un mo­vi­mien­to muy fuer­te que vie­ne de Si­li­con Va­lley, de la Sin­gu­la­rity Uni­ver­sity, y es te­rro­rí­fi­co. La Sin­gu­la­rity es una uni­ver­si­dad a la que em­pre­sas co­mo Goo­gle, Mi­cro­soft, la NASA… es­tán pa­gan­do anual­men­te mi­les de mi­llo­nes de dó­la­res y, abier­ta­men­te, di­cen que el ser hu­ma- no ya es­tá su­pe­ra­do, que lo he­mos de erra­di­car y el fu­tu­ro es la in­te­li­gen­cia ar­ti­fi­cial, y no­so­tros co­mo mu­cho nos co­nec­ta­re­mos con es­ta in­te­li­gen­cia ar­ti­fi­cial, con chips im­plan­ta­dos en nues­tro ce­re­bro. Nos cam­bia­rán ge­né­ti­ca­men­te, per­de­re­mos la in­di­vi­dua­li­dad y la li­ber­tad, por­que co­mo la li­ber­tad nos lle­va a equi­vo­car­nos no he­mos de ser li­bres, han de de­ci­dir las má­qui­nas, y no­so­tros se­re­mos sin­gu­la­ri­da­des de es­tas má­qui­nas.

Pa­re­ce una película de cien­ciafic­ción

Pues no lo es. El post-hu­ma­nis­mo di­ce que ya no mo­ri­re­mos, por­que co­mo to­da la in­for­ma­ción que te­ne­mos en el ce­re­bro la pa­sa­rán a un or­de­na­dor y “tú” eres la in­for­ma­ción de tu ca­be­za, és­ta no se per­de­rá, pues en cual­quier mo­men­to se po­drá vol­ver a pa­sar esa in­for­ma­ción a otro cuer­po. Cuan­do do­mi­ne­mos la in­ge­nie­ría ge­né­ti­ca, se po­drá im­pri­mir tu cuer­po en 3D, con lo cual se­rás eterno. Pe­ro en reali­dad es­tán sus­ti­tu­yen­do tu “yo” por la me­mo­ria que hay en tu ca­be­za, y es­to su­po­ne eli­mi­nar al ser hu­mano.

Cuan­do es­to su­ce­da, yo creo que la hu­ma­ni­dad se es­cin­di­rá en dos. Por un la­do, los post­hu­ma­nis­tas y por otro los que lu­cha­re­mos por ver al ser hu­mano au­tén­ti­co, al que to­da­vía no he­mos vis­to, por­que yo creo que no he­mos lle­ga­do to­da­vía al ver­da­de­ro po­ten­cial del ser hu­mano.

Aho­ra mis­mo estoy le­yen­do a Jo­sé Luis Cor­dei­ro, que es uno de los en­via­dos por es­ta uni­ver­si­dad pa­ra dar con­fe­ren­cias. Si lo bus­cas en You­tu­be, una entrevista que le hi­zo Iña­qui Ga­bi­lon­do en un pro­gra­ma lla­ma­do Cuan­do yo ya no es­té, es te­rro­rí­fi­co lo que di­ce, pe­ro lo ven­den co­mo «Cu­ra­re­mos la muer­te. Ya no mo­ri­réis, ya no en­fer­ma­réis».

¿ Y tú qué pien­sas so­bre es­ta idea de « cu­rar la muer­te » ?

Pues que la muer­te no es un pro­ble­ma por­que es­ta­mos aquí de via­je y la muer­te es el re­torno a ca­sa. Es­ta idea ya es­ta­ba pre­sen­te en La Odisea, don­de Ulises sa­le de Íta­ca, que­da en­can­ta­do por el can­to de las si­re­nas, pe­ro él sa­be que ha de vol­ver a su ho­gar por­que su pa­tria no es­tá ahí. Y a no­so­tros nos pa­sa

igual, te­me­mos a la muer­te por­que he­mos per­di­do de vis­ta de dón­de ve­ni­mos y ha­cia dón­de va­mos, pe­ro cuan­do lo des­cu­bres ya no hay mie­do a la muer­te.

Si aho­ra te hi­cie­ran una prue­ba mé­di­ca y te di­je­ran « Joan, te que­dan seis me­ses de vi­da » , ¿ qué ha­rías?

Pues ce­rrar las co­sas que ten­go en mar­cha, pe­ro no ten­dría un su­fri­mien­to es­pe­cial, lo acep­ta­ría. Se­gún mi es­ta­do de sa­lud in­ten­ta­ría aca­bar al­gu­nos via­jes que ten­go pre­vis­tos. Y si no pu­die­ra, pues na­da, nin­gún pro­ble­ma. No me preo­cu­pa. Yo ya sé que soy in­mor­tal, igual que tú. Es una vi­ven­cia in­te­rior. Y no ha­ce fal­ta que me pre­gun­tes por mi cuer­po, por­que a mí es­te cuer­po tam­po­co me preo­cu­pa.

Co­mo apunte fi­nal, ¿ cuál es la me­jor ma­ne­ra de com­ba­tir el post­hu­ma­nis­mo?

Des­cu­brien­do qué es el ser hu­mano. Yo siem­pre lo de­fino con tres ca­pa­ci- da­des bá­si­cas: la li­ber­tad, el amor y la ca­pa­ci­dad de crear. Y es­to ya lo ves en un ni­ño pe­que­ño des­de que na­ce. En sus tres pri­me­ros años de vi­da ya mar­ca la pau­ta: en el pri­me­ro apren­de a po­ner­se en pie y ca­mi­nar, en el se­gun­do a ha­blar y el ter­ce­ro a pen­sar. Y es­te es el or­den in­ver­so: el pen­sa­mien­to nos per­mi­ti­rá bus­car la Ver­dad y ser li­bres; ha­blar nos per­mi­te co­mu­ni­car el mun­do in­te­rior, co­no­cer­nos y amar; y fi­nal­men­te, la pos­tu­ra ver­ti­cal y ca­mi­nar nos per­mi­te que las ma­nos que­den li­bres, ya no han de ser ins­tru­men­tos co­mo en el res­to de ani­ma­les, y po­de­mos crear lo que ne­ce­si­ta­mos.

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