Dos ro­bos

La Vanguardia (1ª edición) - - OPINIÓN -

Ha­ce unos días ca­yó en mis ma­nos uno de esos anua­rios con ci­fras y es­ta­dís­ti­cas so­bre el cu­rio­so mun­do en que vi­vi­mos. Te­nía tiem­po y lo ho­jeé. Es­te ti­po de libros siem­pre me dis­traen. Con­tie­nen una in­for­ma­ción lle­na de im­pre­vis­tos y de sor­pre­sas.

¿El país en el que se ven­den más pe­rió­di­cos? In­dia: más del do­ble que en Chi­na y ca­si sie­te ve­ces más que en Es­ta­dos Uni­dos. No en vano es la de­mo­cra­cia más po­pu­lo­sa del pla­ne­ta. ¿El país en el que se pu­bli­can más libros nue­vos ca­da año? El Reino Uni­do, con ca­si el do­ble de tí­tu­los –per cá­pi­ta– que en Fran­cia, que es el sex­to, o que en Es­pa­ña, que es el sép­ti­mo. No sé si es­to quie­re de­cir que es don­de más se lee. Su­pon­go que si la gen­te no los le­ye­ra no se pu­bli­ca­rían tan­tos libros, pe­ro la lis­ta no tie­ne en cuen­ta las ti­ra­das, o sea que quién sa­be. El he­cho de que Es­pa­ña es­té tan bien si­tua­da se de­be pro­ba­ble­men­te a los libros que ex­por­ta.

¿El país con la es­pe­ran­za de vi­da más alta? Mó­na­co. Se me ocu­rre que es­to de­mues­tra que pa­gar im­pues­tos es ma­lo para la sa­lud. Pe­ro no: de­be de ser por­que los mul­ti­mi­llo­na­rios –que es lo que hay en Mó­na­co– se pue­den cos­tear una aten­ción mé­di­ca de más ca­li­dad. El se­gun­do de la lis­ta es Hong Kong y el ter­ce­ro, Ja­pón, lo que sig­ni­fi­ca que vi­vir apre­tu­ja­do en un es­pa­cio re­du­ci­do –los tres lu­ga­res tie­nen una gran den­si­dad de po­bla­ción– no da­ña la sa­lud.

¿El país en el que hay más ase­si­na­tos per cá­pi­ta? Hon­du­ras. El se­gun­do, El Sal­va­dor, y el ter­ce­ro, Ve­ne­zue­la. En­tre los pri­me­ros tam­bién hay unos cuan­tos afri­ca­nos, co­mo Le­sot­ho y Áfri­ca del Sur, pe­ro no hay nin­gún país mu­sul­mán, lo que no de­ja­rá de cho­car a los que creen que el is­lam es una re­li­gión po­co pro­pi­cia a la con­vi­ven­cia ci­vi­li­za­da. En­tre las ciu­da­des con más cri­mi­na­li­dad tam­po­co apa­re­ce Was­hing­ton, uno de cu­yos al­cal­des –Ma­rion Barry– pro­nun­ció ha­ce años una fra­se dig­na de re­cuer­do: “Apar­te de los ase­si­na­tos, Was­hing­ton tie­ne uno de los ni­ve­les más ba­jos de de­lin­cuen­cia del país”.

Lo que más me lla­mó la aten­ción fue el ran­king de los paí­ses en que hay más ro­bos. La lis­ta no es­tá en­ca­be­za­da por nin­gún Es­ta­do fa­lli­do de Áfri­ca o de Orien­te Pró­xi­mo, ni por nin­gu­na re­pú­bli­ca de Amé­ri­ca Cen­tral o del Asia pro­fun­da. El pri­me­ro es Bél­gi­ca, en el co­ra­zón de nues­tra que­ri­da Eu­ro­pa. Y no por un par de ti­ro­nes de bol­sos aquí y un asal­to a mano ar­ma­da allá. No: en el país que aco­ge a la ma­yo­ría de las ins­ti­tu­cio­nes eu­ro­peas hay ca­si un cin­cuen­ta por cien­to más de ro­bos per cá­pi­ta (1.529 por ca­da cien mil per­so­nas en el 2014, úl­ti­mo año del que hay da­tos dis­po­ni­bles) que en el si­guien­te de la lis­ta, que es Cos­ta Ri­ca (1.096), prác­ti­ca­men­te el tri­ple que en Mé­xi­co (589) o Bra­sil (496) y diez ve­ces más que en Es­pa­ña (153). Ahí es na­da. Es una bue­na bo­fe­ta­da a to­dos los que creen que Eu­ro­pa es el lu­gar más ci­vi­li­za­do del mun­do.

Sin em­bar­go, no sé por qué me sor­pren­dió, por­que Bru­se­las es la úni­ca ciu­dad en la que he vi­vi­do en que me han en­tra­do a ro­bar en ca­sa. Bueno, no la úni­ca, por­que en Kua­la Lum­pur tam­bién tu­vi­mos un pe­que­ño ro­bo, pe­ro fue ni­mio. Fue a pleno día, a la vis­ta de to­dos. El la­drón se hi­zo pa­sar por em­plea­do de una em­pre­sa de se­gu­ri­dad que te­nía que po­ner una alar­ma y só­lo se lle­vó la bi­ci­cle­ta del co­ci­ne­ro. Re­cuer­do que cuan­do le di­je al co­ci­ne­ro que no se preo­cu­pa­ra, que le com­pra­ría otra y que lo úni­co que me in­quie­ta­ba era la po­si­bi­li­dad de que el la­drón, que se ha­bía pa­sea­do por to­da la ca­sa, vol­vie­ra a ro­bar de ver­dad, ne­gó con la ca­be­za, sin du­dar­lo un se­gun­do. El con­duc­tor, que nos es­cu­cha­ba, tam­bién. El co­ci­ne­ro era bir­mano y el con­duc­tor, in­dio de Ma­la­sia. Dos cul­tu­ras muy dis­tin­tas, pe­ro en es­to pa­re­cían to­tal­men­te de acuer­do: no de­bía preo­cu­par­me, no vol­ve­ría. Les pre­gun­té por qué y, muy se­rios, me di­je­ron que no vol­ve­ría por­que, si vol­vía, lo ma­ta­rían. Por suer­te, el la­drón no vol­vió y no tu­vi­mos que la­men­tar nin­gu­na des­gra­cia.

En Bru­se­las, el ro­bo fue más gra­ve. Al­guien en­tró en ca­sa y, sin de­jar ras­tro, se lle­vó to­dos los ob­je­tos de va­lor que en­con­tró en el dor­mi­to­rio prin­ci­pal. Es­to me per­mi­tió co­no­cer las de­fi­cien­cias de la po­li­cía bel­ga y me hi­zo cons­cien­te de la can­ti­dad de per­so­nas co­no­ci­das a las que tam­bién les ha­bían ro­ba­do. Una vez, en una reunión con los ve­ci­nos más pró­xi­mos, char­lan­do, des­cu­bri­mos que nos ha­bían des­plu­ma­do a to­dos. Uno de ellos ha­bía con­se­gui­do cap­tu­rar a uno de los la­dro­nes, un cha­va­lín ru­mano. El po­li­cía que ha­bía acu­di­do, al ver­lo, ha­bía ex­cla­ma­do: “¡Otra vez tú!”.

Re­sul­ta­ba que era miem­bro de una co­no­ci­da ban­da que uti­li­za­ba a ado­les­cen­tes para en­trar en las casas. Eran ági­les, te­nían ha­bi­li­dad para tre­par co­mo ga­tos por el ex­te­rior has­ta las ven­ta­nas de la pri­me­ra plan­ta y, co­mo eran me­no­res de edad, no po­dían ir a la cár­cel, de mo­do que, cuan­do los co­gían, al ca­bo de quin­ce días vol­vían a es­tar con­tri­bu­yen­do a ha­cer de Bru­se­las, in­sos­pe­cha­da­men­te, la ca­pi­tal mun­dial del ro­bo. To­do un mo­ti­vo de dis­tin­ción. Ya pue­den an­dar­se con ojo nues­tros ilus­tres ex­pa­tria­dos, no sea que tam­bién los des­va­li­jen.

Bru­se­las es la ca­pi­tal mun­dial del ro­bo; que se an­den con ojo nues­tros ilus­tres ex­pa­tria­dos, no sea que los des­va­li­jen

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