Har­tos

La Vanguardia (1ª edición) - - TENDENCIAS - Su­sa­na Qua­dra­do

Har­tos. En Ca­ta­lun­ya ca­da vez hay más. Har­tos pe­ro ino­fen­si­vos. Se aso­ma una a la ca­lle, al me­tro, al bar don­de al­muer­za, al co­le­gio de sus hi­jos, a la ofi­ci­na y ¿qué se en­cuen­tra? Pues a un mon­tón de har­tos. Coe­xis­ten los har­tos de de­re­chas con los de iz­quier­das, y es­tos dos, a su vez, con los de cen­tro, y con los har­tos per­ple­jos y los asus­ta­dos, y con los har­tos jó­ve­nes y los vie­jos, y con los har­tos bue­nis­tas y los com­ba­ti­vos. Son los har­tos del mo­no­te­ma. Ya sa­ben.

Har­tos de que no se ha­ble de otro asun­to. A to­das ho­ras. De día y de no­che. En to­das par­tes. Co­mo si no exis­tie­ra na­da más, ni el pa­ro, ni la se­quía, ni la edu­ca­ción, ni el pre­cio del aceite, ni la sa­ni­dad, ni la pre­ca­rie­dad, ni que a la cu­ña­da, de Ma­ta­ró de to­da la vi­da, a la que el ne­go­cio le iba co­mo un trueno has­ta ha­ce dos me­ses, es­té per­dien­do aho­ra pe­di­dos y clien­tes a la ve­lo­ci­dad del ra­yo. Har­tos de los dos po­los opues­tos que no se atraen. Har­tos de la sú­bi­ta división. Har­tos de las me­dias ver­da­des por­que dos me­dias ver­da­des equi­va­len a una men­ti­ra.

Har­tos de que se les tra­te co­mo idio­tas. O, lo peor, co­mo si les qui­sie­ran au­tó­ma­tas a los que se pro­gra­ma para obe­de­cer con­sig­nas.

Har­tos del he­li­cóp­te­ro que so­bre­vue­la Bar­ce­lo­na cuan­do me­nos lo es­pe­ras y que no es más que un sín­to­ma de que la ciu­dad es otra. Har­tos de que la anor­ma­li­dad sea al­go nor­mal. Har­tos de per­ma­ne­cer fí­si­ca y emo­cio­nal­men­te en es­ta­do per­ma­nen­te de emer­gen­cia, en aler­ta.

Har­tos de te­ner que amol­dar la agen­da per­so­nal al ca­len­da­rio de mo­vi­li­za­cio­nes y pro­tes­tas. Har­tos de ha­blar en voz ba­ja por si. Har­tos de tan­to hoo­li­gan con la bandera al cue­llo y la ver­dad úni­ca en la bo­ca en los de­ba­tes de las ideas pu­bli­ca­das, ra­dia­das y te­le­vi­sa­das.

Har­tos de que se con­si­de­re unos blan­den­gues de es­pí­ri­tu a los que pre­fie­ren el si­len­cio (o el de­re­cho a la pa­la­bra a mano al­za­da) a dar vo­ces en la ca­lle.

Har­tos de que al­guien, de los que quie­ren te­ner man­do en plaza, les obli­gue a ele­gir en­tre el blan­co y el ne­gro.

Har­tos de que esa gen­te se pon­ga siem­pre de­trás pe­ro dejen a otros de­lan­te, a ve­ces so­los [es­ta fra­se no es mía pe­ro la com­par­to].

Har­tos de tan­to es­pon­tá­neo bo­rra­chi­to de odio en las re­des so­cia­les, y fue­ra de ellas, que ni es­cu­cha ni ad­mi­te otra opi­nión que no sea la su­ya.

Har­tos de una cla­se po­lí­ti­ca cor­to­pla­cis­ta, tram­po­sa y me­dio­cre en el mo­men­to po­lí­ti­co y ins­ti­tu­cio­nal más de­li­ca­do de los úl­ti­mos 40 años. Har­tos de las hui­das psi­có­ti­cas de al­gu­nos. Har­tos de que otros go­bier­nen des­de una gran dis­tan­cia emo­cio­nal, sin sa­ber qué de­cir, qué res­pon­der o có­mo con­ven­cer.

Har­tos de que me­dia Ca­ta­lun­ya quie­ra vo­lar un puen­te y que Ma­drid lle­ve años co­mo efi­caz pro­vee­dor de ex­plo­si­vos [es­ta fra­se tam­bién la co­jo pres­ta­da]. Por ese puen­te pa­sean los har­tos, el pa­dre con su hi­ja, el pen­sio­nis­ta, la maestra, to­dos.

Har­tos de lo que es­tá por ve­nir, de que una far­sa ta­pe otra far­sa.

Har­tos de que la pe­lea po­lí­ti­ca sea a pa­trio­tis­mo lim­pio, que los pro­ble­mas reales de la gen­te im­por­ten un ble­do y que los elec­to­res, en vez de a las ur­nas, sean lla­ma­dos a las cru­za­das.

Har­tos. Al­gu­nos es­ta­mos har­tos.

En Ca­ta­lun­ya ca­da vez hay más gen­te har­ta del mo­no­te­ma, de ver­da­des úni­cas y para siem­pre, de es­tar en per­ma­nen­te aler­ta

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