“Só­lo cree­ría en un Dios que su­pie­ra dan­zar”

Ten­go 59 años. Soy del sur de Bra­sil. Soy psi­co­te­ra­peu­ta neo­rrei­chiano y pro­fe­sor de me­di­ta­ción. Ca­sa­do con Eva­nia Rei­chert, su­ma­mos cua­tro hi­jos y dos nie­tos. ¿Po­lí­ti­ca? Li­ber­tad, soy anar­co-mis­ti­cis­ta. Soy ateo es­pi­ri­tual. El su­fis­mo es un misticismo, u

La Vanguardia (1ª edición) - - LA CONTRA -

¿Por qué in­vi­si­ble?

Qué es el su­fis­mo?

Es un misticismo is­lá­mi­co, un is­lam ocul­to, in­vi­si­ble. Pres­cin­de de mez­qui­tas y lí­de­res, no es nor­ma­ti­vo, doc­tri­nal, dog­má­ti­co. Es ín­ti­mo: tú mis­mo ahon­das en tu os­cu­ri­dad para ha­llar tu luz.

¿Qué luz?

La luz de la vi­da, de es­tar vi­vo y de sen­tir la vi­da: se ocul­ta en tu in­te­rior, ¡ahí es­tá to­do!

¿Ha vis­to us­ted esa luz?

Una no­che, acos­ta­do, el co­ra­zón se me des­bo­có, no po­día mo­ver­me y, con in­men­so te­rror, sen­tí que iba a mo­rir.

¿Un ata­que de pá­ni­co?

¡Sí! Era el fin, y en el pa­ro­xis­mo del pá­ni­co acep­té aban­do­nar­me a mo­rir. En­ton­ces el mie­do se di­si­pó en la cal­ma y ac­ce­dí a un sa­ber pro­fun­do que trans­for­mó mi vi­da.

¿Qué su­po que an­tes no sa­bía?

Sen­tí que al­go in­de­ter­mi­na­do la­tía ba­jo to­das las co­sas, sen­tí la fuer­za que nos mue­ve y nos lle­va, se­pá­mos­lo o no.

¿En qué era us­ted otro por la ma­ña­na?

En que ya sen­tía que no res­pi­ro: soy res­pi­ra­do. No me mue­vo: soy mo­vi­do. No co­mo: soy co­mi­do. Sé des­de en­ton­ces que la vi­da me lle­va (y a ti tam­bién), aje­na a mi vo­lun­tad (y a la tu­ya). ¡Vi­vir es no opo­ner­te al flu­jo vi­tal!

¿Y nos opo­ne­mos?

De­ma­sia­do. De ni­ño tu­ve la suer­te de des­cu­brir la belleza en la poe­sía: Whit­man, Bla­ke, Ho­me­ro, Rim­baud...

¿Para qué le sir­vió?

Apren­dí que el su­fri­mien­to pue­de trans­mu­tar­se en belleza. Beet­ho­ven su­fría mu­chí­si­mo, ¡y com­pu­so una sin­fo­nía su­bli­me, la no­ve­na, esa mú­si­ca an­gé­li­ca!

Pe­ro íba­mos a ha­blar de su­fis­mo...

El tér­mino su­fí se acu­ñó ha­cia el si­glo X, qui­zá des­de el grie­go sop­hoi (sa­bio), qui­zá des­de el ára­be suf (la­na blan­ca, por la tú­ni­ca de er­mi­ta­ños preis­lá­mi­cos) o su­fa (cer­cano al Pro­fe­ta).

¿Qué pos­tu­la un buen su­fí?

No po­seer. No ser po­seí­do. Li­ber­tad. Li­bre al­be­drío. Y vi­vir se­gún la fi­tra.

¿Qué es la

fi­tra?

Tú na­ces sin re­li­gión, sin na­ción, sin ideas... só­lo na­ces con fi­tra: inocen­cia ori­gi­nal. ¡La fi­tra es lo úni­co que el su­fí obe­de­ce!

Pues en­ton­ces el su­fí pa­re­ce­rá un ni­ño, un lo­co, un poe­ta, un in­su­mi­so...

El su­fí in­co­mo­da a los ri­go­ris­tas, pues no aca­ta más re­glas que las de su fi­tra. Por eso mu­sul­ma­nes or­to­do­xos que­ma­rán a Man­sur H al laj(s.X)y ma­ta­rán aIb nA ra­bí(s.XIII ).

¿Maes­tros su­fíes?

Sí. Ibn Ara­bí, na­ci­do en Mur­cia y muer­to en Da­mas­co, di­jo es­to: “La me­jor ima­gen de Alá es la belleza de la mu­jer”.

Tan irre­ba­ti­ble co­mo pro­vo­ca­ti­vo.

Sus ad­mi­ra­do­res le lla­ma­ron “Prín­ci­pe del ca­mino”, pe­ro él re­cha­zo to­da ve­ne­ra­ción,co­mo co­rres­pon­de a un buen ma­la­ma­ti.

¿Ma­la­ma­ti?

Una mo­da­li­dad de su­fí, co­mo otras son el qa­lan­dar y el der­vi­che. El ma­la­ma­ti ac­túa para ser re­cha­za­do.

¿Por qué?

El bus­ca­dor con­ven­cio­nal ve la reali­dad li­te­ral, y el bus­ca­dor su­fí ve la poé­ti­ca. Pe­ro el bus­ca­dor ma­la­ma­ti ve la reali­dad sa­gra­da, tan in­vi­si­ble que él se ocul­ta y ora en se­cre­to.

¿Una es­pe­cie de ere­mi­ta clan­des­tino?

Unos de­vo­tos sa­lie­ron al en­cuen­tro de un ma­la­ma­ti: al ver­les acer­car­se, él des­en­fun­dó su pe­ne y ori­nó, para ale­jar­les.

¿Y el qa­lan­dar, qué ha­ce?

De­so­be­de­ce las nor­mas. En la mez­qui­ta re­za en di­rec­ción opues­ta a to­dos: “Ha­cia don­de mi­re, ahí es­tá Alá”, di­ce. Vi­ve sin ca­sa, con pe­rros, en­tre ár­bo­les: “Me en­tien­den me­jor y los en­tien­do me­jor que a las per­so­nas”.

Es­tos qa­lan­dar son hip­pies is­lá­mi­cos.

“Acer­car­te a un po­lí­ti­co o au­to­ri­dad man­cha”, sos­tie­nen. Y el der­vi­che (men­di­go): na­da tie­ne, na­die le tie­ne..., y es dio­ni­sia­co.

¿Dio­ni­sia­co?

El bu­dis­mo es apo­lí­neo: exal­ta la con­cien­cia ple­na, el au­to­con­trol cons­cien­te. El su­fis­mo es dio­ni­sia­co: exal­ta la con­cien­cia aban­do­na­da, la em­bria­guez ex­tá­ti­ca.

¿Se em­bo­rra­chan?

El poe­ta su­fí Omar Jay­yam elo­gia el vino, me­tá­fo­ra de la em­bria­guez en la que caen to­das las más­ca­ras y que­da la fi­tra.

¡Un is­lam al­cohó­li­co!

O me­dian­te con­tem­pla­ción de la belleza, la mú­si­ca, los can­tos re­pe­ti­ti­vos ¡y la dan­za! Los der­vi­ches gi­ró­va­gos dan­zan (sa­ma) has­ta di­si­par el ego y abrir­se a lo Otro: “Si tú es­tás, Dios no es­tá; si tú no es­tás, Dios es­tá”.

Dan vuel­tas y vuel­tas, ¿ver­dad?

Co­mo el Sol y los pla­ne­tas, co­mo la vi­da, que es mo­vi­mien­to in­ce­san­te: si se de­tu­vie­se ¡to­do se des­ha­ría! To­do es dan­za, to­do bai­la.

¡Poé­ti­co!

Por su­fí ten­go al poe­ta Rim­baud: ve den­tro de sí en su Car­tas del vi­den­te. Co­mo el fi­ló­so­fo Nietzs­che.

¿Tam­bién hay su­fis­mo en Nietzs­che?

“Los que eran vis­tos dan­zan­do eran con­si­de­ra­dos lo­cos por los que no po­dían es­cu­char la mú­si­ca” (Así ha­bló Za­ra­tus­tra).

Nietzs­che mu­rió lo­co, tras abra­zar­se a un ca­ba­llo.

Co­mo su­fí amo a los ani­ma­les y com­par­to lo que di­jo Nietzs­che: “No cree­ría más que en un Dios que su­pie­ra bai­lar”.

VÍC­TOR-M. AMELA

XA­VIER CER­VE­RA

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