Be­li­co­sa hu­ma­ni­dad

Si el Go­bierno de Si­ria ha co­me­ti­do los crí­me­nes, hay que aca­bar con su sis­te­ma, no sim­ple­men­te ha­cer ope­ra­cio­nes qui­rúr­gi­cas pa­ra ‘que­dar bien’

La Vanguardia (1ª edición) - - SUMARIO - Miquel Ro­ca Jun­yent

Miquel Ro­ca es­cri­be: “Vi­vi­mos de­ma­sia­do cer­ca de la gue­rra. Más aquí o más allá, la gue­rra nos ro­dea. Cual­quier pe­que­ño des­con­trol pue­de te­ner con­se­cuen­cias fa­ta­les pa­ra nues­tro mun­do. Ha­cer de­mos­tra­cio­nes de po­der pa­ra po­ner de re­lie­ve quién es el más fuer­te es irresponsable. Mien­tras, los dic­ta­do­res, los fun­da­men­ta­lis­tas, los po­seí­dos por la ver­dad se­gui­rán ac­tuan­do de acuer­do con sus cre­dos de san­gre y bus­ca­rán en los ata­ques de los enemi­gos una ra­zón más pa­ra se­guir jus­ti­fi­can­do su bar­ba­rie”.

Aho­ra, a la gue­rra, le lla­man ope­ra­ción li­mi­ta­da, qui­rúr­gi­ca, pun­tual, et­cé­te­ra. Los ame­ri­ca­nos, con la ayu­da com­ple­men­ta­ria de los británicos y de los fran­ce­ses, lan­zan cien mi­si­les con­tra ins­ta­la­cio­nes si­rias y a es­to no se le lla­ma gue­rra. Se tra­ta de una ope­ra­ción “li­mi­ta­da” pa­ra ad­ver­tir al Go­bierno si­rio que no haga bar­ba­ri­da­des, pe­ro de for­ma que los ru­sos no se en­fa­den y no se la de­vuel­van. Una ac­ción tan li­mi­ta­da que ha si­do pre­via­men­te anun­cia­da y con­se­guir así no cau­sar nin­gu­na víc­ti­ma.

To­do muy es­tu­dia­do, de tal ma­ne­ra que pa­re­ce una ac­ción pac­ta­da pa­ra que to­dos que­den bien: Es­ta­dos Uni­dos por de­mos­trar que son los más fuer­tes, el Go­bierno de Si­ria pa­ra afir­mar que no ha pa­sa­do na­da y los ru­sos por po­ner de ma­ni­fies­to su se­re­ni­dad.

Pa­ra aca­bar de re­don­dear­lo, la ac­ción bé­li­ca se jus­ti­fi­ca an­te la po­si­bi­li­dad de que el Go­bierno si­rio ha­ya uti­li­za­do ar­mas quí­mi­cas, sin es­pe­rar el re­sul­ta­do de las prue­bas que el mis­mo día del ata­que iban a ini­ciar los ob­ser­va­do­res en­via­dos por la ONU. En con­jun­to, muy con­fu­so, si no fue­ra que se es­tá ju­gan­do con fue­go. La gue­rra pac­ta­da no exis­te; cuan­do em­pie­za cues­ta mu­cho de con­tro­lar y el ries­go de su ge­ne­ra­li­za­ción es evi­den­te. Cen­te­na­res de miles de si­rios es­tán pa­de­cien­do las con­se­cuen­cias de es­ta gue­rra; unos han de­ja­do la vi­da, otros lo han per­di­do to­do, otros mu­chos co­no­cen la emi­gra­ción, el exi­lio, la mi­se­ria y la in­cer­ti­dum­bre so­bre su fu­tu­ro. Es­ta es una gue­rra de ver­dad; una gue­rra que, co­mo to­das las gue­rras, ma­ta. Y lo ha­ce en nom­bre de no se sa­be bien qué, y los que mue­ren no sa­ben a qué cau­sa otor­gar el sa­cri­fi­cio de su vi­da.

No tie­ne sen­ti­do ni es éti­co fri­vo­li­zar co­mo aho­ra se ha he­cho con un ata­que co­mo el vi­vi­do es­tos días. Si es­ta­mos en gue­rra, he­mos de sa­ber por qué y con­tra quién. Cier­ta­men­te, uti­li­zar ar­mas quí­mi­cas con­tra la po­bla­ción ci­vil es un cri­men con­tra la hu­ma­ni­dad. Pe­ro no es só­lo es­to con­tra lo que hay que ha­cer la gue­rra, sino con­tra la po­lí­ti­ca y las ideologías que lo jus­ti­fi­can. No se tra­ta­ba, en su día, de lu­char con­tra los cam­pos de ex­ter­mi­nio na­zis, sino con­tra la po­lí­ti­ca y los res­pon­sa­bles de ha­cer­lo po­si­ble. Si el Go­bierno de Si­ria ha co­me­ti­do los crí­me­nes que se le atri­bu­yen, hay que aca­bar con su sis­te­ma, no sim­ple­men­te ha­cer ope­ra­cio­nes qui­rúr­gi­cas pa­ra que­dar bien. Y no to­do es la gue­rra; hoy hay ac­cio­nes más efi­ca­ces que pue­den aca­bar con es­ta bar­ba­rie sin ne­ce­si­dad de po­ner en pe­li­gro la vi­da de miles y miles de inocen­tes. Vi­vi­mos de­ma­sia­do cer­ca de la gue­rra. Más aquí o más allá, la gue­rra nos ro­dea. Cual­quier pe­que­ño des­con­trol pue­de te­ner con­se­cuen­cias fa­ta­les pa­ra nues­tro mun­do. Ha­cer de­mos­tra­cio­nes de po­der pa­ra po­ner de re­lie­ve quién es el más fuer­te es irresponsable. Mien­tras, los dic­ta­do­res, los fun­da­men­ta­lis­tas, los po­seí­dos por la ver­dad se­gui­rán ac­tuan­do de acuer­do con sus cre­dos de san­gre y bus­ca­rán en los ata­ques de los enemi­gos una ra­zón más pa­ra se­guir jus­ti­fi­can­do su bar­ba­rie. Es muy cier­to que el pa­ci­fis­mo, por sí so­lo, a ve­ces se con­vier­te en un in­ge­nuo alia­do de los bár­ba­ros. Pe­ro tam­bién es cier­to, y aún un po­co más, que el jue­go de la gue­rra pre­ven­ti­va aca­ba muy a me­nu­do en gue­rra y na­da más.

¡Mu­cho cui­da­do! El mun­do se acos­tum­bra a la gue­rra. He­mos apren­di­do a ca­li­fi­car­la: a ve­ces qui­rúr­gi­ca o li­mi­ta­da, a ve­ces inevi­ta­ble; pe­ro na­da pue­de es­con­der que la gue­rra es la gue­rra y que se con­ta­gia muy rá­pi­da­men­te. No se tra­ta de ver quién ga­na a Si­ria, sino de tra­ba­jar por la paz en Si­ria. ¿Di­fí­cil? Se­gu­ro. ¿Más fá­cil la gue­rra? Tam­bién. Pe­ro en nin­gún la­do es­tá es­cri­to que la fa­ci­li­dad de la gue­rra dé más be­ne­fi­cios que la di­fí­cil paz.

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