Dios, ese ti­po

La Vanguardia (1ª edición) - - VIVIR - Car­los Za­nón

Al­guien re­zó el otro día por mí. Me di­jo que ha­ce ya tiem­po que lo ha­ce. Lo hi­zo por to­da su fa­mi­lia y me in­clu­yó. Re­zó pa­ra que fue­ra fe­liz y es­té se­reno, pa­ra que en­cuen­tre el ca­mino de la redención y la fe. Lo cier­to es que no creí nun­ca en Dios, pe­ro me hi­zo sen­tir bien que esa per­so­na re­za­ra por mí. Por el he­cho de que se acor­da­ra de mí y pi­die­ra que al­guien me pro­te­gie­ra del mun­do y de mí mis­mo. Me di­jo que oja­lá hu­bie­ra po­di­do co­ger­me la mano mien­tras lo ha­cía. Ches­ter­ton de­jó es­cri­to que lo peor de de­jar de creer en Dios es que uno aca­ba cre­yen­do en cual­quier co­sa. Es de me­mos no creer en Dios y sí en el ta­rot, las pie­dras o el Fon­do Eco­nó­mi­co In­ter­na­cio­nal. Dios, ese ti­po que te pue­des en­con­trar en cual­quier par­te. El de las can­cio­nes de Leo­nard Cohen que siem­pre ha­lla fe y tem­plo en piel y car­ne, en el amor que se entrega sin fir­mar cer­ti­fi­ca­dos ni sa­ciar ham­bres psi­có­ti­cas.

El otro día me en­con­tra­ba en el ae­ro­puer­to de Al­me­ría, ha­cien­do pa­sar pan­ta­llas de Candy Crush a una chi­ca chi­na y su­pe que Dios es­ta­ba allí. El su­yo, el mío, el de to­dos. Creo que Dios es­tá en la amiga que aguan­ta tus pe­nas ho­ras y ho­ras por te­lé­fono, que tan­to le da ha­cer un per­fil cri­mi­nal de tus ar­chi­ene­mi­gos co­mo de em­bo­rra­char­se con­ti­go. Dios es­tá en los dé­bi­les, en los vul­ne­ra­bles, en los que cal­cu­lan mal la dis­tan­cia al sal­tar y sal­tan o se ra­jan. Dios es­tá con los que no pre­ten­den ha­cer da­ño. Pe­ro Dios no es in­fa­li­ble ni to­do­po­de­ro­so. Dios no es Bat­man. A ve­ces es una lás­ti­ma que no lo sea, de acuer­do.

Dios no exis­te si no que­re­mos que exis­ta y es­tá bien que así sea. Si Dios fue­ra una apli­ca­ción de Ap­ple se­ría adic­ti­vo y no ten­dría­mos es­ca­pa­to­ria. En reali­dad si eres ca­tó­li­co y ne­ce­si­tas que exis­ta, exis­te. Si eres ju­dío, el te­ma es más com­ple­jo. El Dios de los ju­díos des­apa­re­ció, en­fa­da­do o ce­lo­so –Él era así, muy su­yo– un día en el de­sier­to, y aún no ha da­do se­ña­les de re­con­ci­lia­ción.

Des­de ni­ño fan­ta­seo con Dios. ¿Y si re­sul­ta que exis­te? ¿Con to­da la pa­ra­fer­na­lia de cie­lo e in­fierno, án­ge­les, de­mo­nios, por­tal, buey y va­ca? No me gus­ta­ría que fue­ra un con­cep­to co­mo la rei­na de In­gla­te­rra o el de­re­cho a de­ci­dir. Tam­bién pien­so si le cae­ría bien a Dios: barba blanca, ce­ño pan­to­crá­tor, sú­per fuer­te sin ser Bat­man. La per­so­na que re­za por mí di­ce que sí, que me que­rría. Al me­nos hi­ce la co­mu­nión, aun­que de una ma­ne­ra ex­tra­ña. Ca­te­que­sis ex­prés en la igle­sia de Betlem en la Ram­bla. Ne­ce­sa­ria pa­ra acu­dir a unos cam­pa­men­tos de los ul­tras. Mi ma­dre se fio de su pe­lu­que­ra y me vi en me­dio de la SS. Me cas­ti­ga­ron por de­fen­der a los in­dios fren­te a Her­nán Cor­tés. Aque­lla no­che me to­có ha­cer de ba­jel in­fiel en la re­pre­sen­ta­ción de las Na­vas de To­lo­sa pe­ro aho­ra sé que Dios –y to­dos los az­te­cas– es­ta­ban con­mi­go. Co­mo re­ga­lo de Pri­me­ra Co­mu­nión, la com­pa­ñe­ra de tra­ba­jo de mi ma­dre me re­ga­ló una brú­ju­la. Un apa­ra­to que no hi­zo muy bien su tra­ba­jo. Un día me har­té de la brú­ju­la. Así que la lan­cé al mar y se la co­mió una sirena que me­ses des­pués mu­rió de me­lan­co­lía en el nor­te de un ba­rrio sin Dios.

Ches­ter­ton de­jó es­cri­to que lo peor de de­jar de creer en Dios es que uno aca­ba cre­yen­do en cual­quier co­sa

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