El mo­men­to de los nú­me­ros

Tras los fas­tos que han su­mi­do a los in­gle­ses en un baño de pom­pa aho­ra se pre­gun­tan ¿cuán­to han cos­ta­do?

La Vanguardia - Dinero - - INTERNACIONAL - Ra­fael Ra­mos

Yse aca­bó la bo­da, pa­ra ali­vio de los re­pu­bli­ca­nos (que tam­bién los hay en In­gla­te­rra) y la­men­to de ese ejér­ci­to de nos­tál­gi­cos, mo­nár­qui­cos, ro­mán­ti­cos y otras cu­rio­sas es­pe­cies que han dis­fru­ta­do de lo lin­do pen­san­do que a ve­ces la reali­dad se pue­de con­ver­tir en un cuen­to de ha­das, aun­que sea muy de vez en cuan­do y pa­ra unos cuan­tos pri­vi­le­gia­dos. Co­mo di­cen los ale­ma­nes –no hay que ol­vi­dar los an­te­ce­den­tes teu­tó­ni­cos de la Ca­sa de los Wind­sor–, “wenn sie nich ges­tor­ben sind, so le­ben sie noch heu­te”. O sea, que fue­ron fe­li­ces y co­mie­ron per­di­ces...

Lo que que­da, co­mo sue­le ocu­rrir en es­tas co­sas, es la fac­tu­ra. La fa­mi­lia real se ha he­cho car­go del cos­te del al­muer­zo, la ce­na y el bai­le, fal­ta­ría más. El ayun­ta­mien­to de West­mins­ter ha pa­ga­do su bol­si­llo la lim­pie­za de las ca­lles tras el pa­so de la mul­ti­tud. Y a los Midd­le­ton les ha sa­li­do la la bro­ma –ho­tel, ves­ti­dos de di­se­ño pa­ra las ni­ñas, jo­yas, Don Pe­rig­non, ca­viar Be­lu­ga...– por más de un cuar­to de mi­llón de eu­ros, que sin du­da van a re­cu­pe­rar por otras vías: el ne­go­cio de or­ga­ni­za­ción de fies­tas por internet va vien­to en po­pa (el nú­me­ro de vi­si­tan­tes a la pá­gi­na web se ha cua­dru­pli­ca­do), su hi­jo ha mon­ta­do una em­pre­sa pa­ra­le­la de ca­te­ri­ng y pas­te­les, y Pip­pa –la her­ma­na de Ka­te– se ha con­ver­ti­do en la jo­ven ca­sa­de­ra nú­me­ro uno del Reino.

UNA BUE­NA IN­VER­SIÓN

Tan­to los Wind­sor co­mo los Midd­le­ton han he­cho una bue­na in­ver­sión, ya sea en la­var su ima­gen o ha­cer­se en nom­bre, pe­ro no es­tá cla­ro que sea el ca­so de los ab­ne­ga­dos con­tri­bu­yen­tes bri­tá­ni­cos que tie­nen que pa­gar la cuen­ta de se­gu­ri­dad, con el agra­van­te de que policías y fran­co­ti­ra­do­res han co­bra­do el do­ble de lo nor­mal por tra­tar­se de un día de fies­ta. Na­die sa­be a cien­cia cier­ta cuán- to es el mon­to to­tal pa­ra el país de ese baño de añoranza, pom­pa y cir­cuns­tan­cia que fue la bo­da, por­que las es­ti­ma­cio­nes os­ci­lan en un aba­ni­co es­tra­tos­fé­ri­co que se si­túa en­tre los seis mil y los vein­ti­cin­co mil mi­llo­nes de eu­ros.

Apar­te de los no­vios ha ha­bi­do otros ga­na­do­res y per­de­do­res. Ga­na­do­res los pubs (don­de se ven­dió un mi­llón de pin­tas de cer­ve­za más que cual­quier vier­nes), el sec­tor de la hos­te­le­ría (vi­nie­ron a Lon­dres seis­cien­tos mil vi­si­tan­tes), los fa­bri­can­tes y ven­de­do­res de sou­ve­nirs, los ta­xis­tas, los pe­que­ños co­mer­cian­tes de los al­re­de­do­res de la ru­ta nup­cial que per­ma­ne­cie­ron abier­tos, y to­dos esos bob­bies y fran­co­ti­ra­do­res apos­ta­dos en las azo­teas que co­bra­ron ho­ras ex­tras por­que el día de la bo­da Bin La­den aún es­ta­ba vi­vo, y era im­po­si­ble sa­ber que te­nía los te­le­dia­rios con­ta­dos... ¿Per­de­do­res? Unos de muy cla­ros, las em­pre­sas que tu­vie­ron que dar día de fies­ta y de­jar de pro­du­cir en vis­ta de la ge­ne­ro­si­dad de David Ca­me­ron al de­cla­rar fies­ta na­cio­nal.

Ha pa­sa­do la ho­ra del ro­man­ce y lle­ga­do la de los nú­me­ros. La Ofi­ci­na Na­cio­nal de Es­ta­dís­ti­cas cal­cu­la en sie­te mil mi­llo­nes de eu­ros lo que cues­ta a la eco­no­mía na­cio­nal en tér­mi­nos de pro­duc­ti­vi­dad un día de fies­ta, pe­ro de ello hay que de­du­cir los in­gre­sos ge­ne­ra­dos por el tu­ris­mo y las com­pras, que se es­ti­man en unos 700 mi­llo­nes de eu­ros. O sea, una pér­di­da ne­ta de 6.300 mi­llo­nes

El baño de pom­pa pue­de ha­ber cos­ta­do al país en­tre los seis mil y los vein­ti­cin­co mil mi­llo­nes de eu­ros

de eu­ros por el pri­vi­le­gio de ser tes­ti­gos –aun­que sea por te­le­vi­sión– de un cuen­to de ha­das del si­glo XXI, ver des­fi­lar los co­ches de ca­ba­llos por el Mall y can­tar pa­trió­ti­ca­men­te Land of ho­pe and glory o The­re will al­ways be an En­gland, co­mo en los días del blitz de la Luft­waf­fe. Na­da une tan­to a los in­gle­ses (los es­co­ce­ses es otra his­to­ria) co­mo la mo­nar­quía.

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