Del flamenco y los to­ros a ser una ‘ma­la’ no­ti­cia

La Vanguardia - Dinero - - EN PORTADA -

Pri­me­ro era el flamenco y los to­ros: a los co­rres­pon­sa­les y en­via­dos es­pe­cia­les sue­le gus­tar­les cul­ti­var los tó­pi­cos del país de des­tino. En años re­cien­tes, España em­pe­zó a sa­lir en los pe­rió­di­cos es­ta­dou­ni­den­ses por la co­ci­na. Tam­bién se mul­ti­pli­ca­ron las por­ta­das so­bre las ins­ta­la­cio­nes de ener­gías re­no­va­bles. O las cró­ni­cas so­bre via­jes en tren de al­ta ve­lo­ci­dad, que qui­zá de­bían ser­vir pa­ra sub­ra­yar las ca­ren­cias de un país don­de re­co­rrer los me­nos de 400 ki­ló­me­tros que se­pa­ran Was­hing­ton de Nue­va York re­quie­re 3 ho­ras y 40 mi­nu­tos en tren.

No es que España sea un país es­pe­cial­men­te re­le­van­te pa­ra los es­ta­dou­ni­den­se. Eu­ro­pa, pa­ra las éli­tes po­lí­ti­cas, es Lon­dres, Ber­lín y Pa­rís. Cuan­do el pre­si­den­te de Es­ta­dos Uni­dos quie­re sa­ber qué pien­san los eu­ro­peos o quie­re es­ta­ble­cer con­sul­tas eco­nó­mi­cas, no lla­ma a Bru­se­las sino a la can­ci­ller An­ge­la Mer­kel.

La ima­gen en los me­dios de co­mu­ni­ca­ción coin­ci­día con es­ta po­si­ción se­cun­da­ria. El pro­ble­ma es que en los úl­ti­mos dos años pro­ba­ble­men­te se ha­ya ha­bla­do más de España que lo que co­rres­pon­de­ría por su tamaño e in­fluen­cia. Mu­chos la per­ci­ben co­mo el es­la­bón dé­bil de la cri­sis eu­ro­pea.

De re­pen­te los re­por­ta­jes en la pren­sa so­bre ur­ba­ni­za­cio­nes va­cías, o po­bla­ción con un pa­ro en­dé­mi­co, co­pa­ban pri­me­ras pla­nas. El re­sul­ta­do es que, en ca­be­ce­ras co­mo The New York Ti­mes, The Was­hing­ton Post o The Wall Street Jour­nal, España ha de­ja­do de es­tar aso­cia­da a no­ti­cias fol­kló­ri­cas. Ya es una ma­la no­ti­cia.

En mu­chas oca­sio­nes, el re­tra­to de España la asi­mi­la a es­ta­dos co­mo Flo­ri­da o Ne­va­da. Am­bos sus­ten­ta­ron el boom eco­nó­mi­co de la pri­me­ra dé­ca­da del si­glo en la cons­truc­ción y el tu­ris­mo. Y am­bas vie­ron có­mo el es­ta­lli­do de la bur­bu­ja la con­du­cía a la re­ce­sión y dis­pa­ra­ba el pa­ro. cre­ci­mien­to”. Es­ta es aho­ra la fa­lla en­tre Eu­ro­pa y Es­ta­dos Uni­dos. En­tre la Eu­ro­pa –y España– que re­cor­ta, la Eu­ro­pa de la aus­te­ri­dad; y una Ad­mi­nis­tra­ción Oba­ma que cree que to­da­vía es pron­to pa­ra los re­cor­tes, que apli­car aho­ra la ti­je­ra aho­ga­ría una re­cu­pe­ra­ción to­da­vía in­cier­ta.

En la Broo­kings Ins­ti­tu­tion, Guin­dos ex­pu­so el es­fuer­zo del Go­bierno Ra­joy en las po­lí­ti­cas de aus­te­ri­dad o en la re­for­ma la­bo­ral. “Sa­be­mos (...) que es­te año per­de­re­mos empleo”, di­jo. Pe­ro au­gu­ró tiem­pos me­jo­res. La cla­ve, ex­pli­có, son las re­for­mas es­truc­tu­ra­les y la con­fian­za.

“A ve­ces, y creo que es­to es in­co­rrec­to, se iden­ti­fi­can las po­lí­ti­cas de cre­ci­mien­to con es­tí­mu­lo fis­cal, y creo que es­to es un error. Y creo que España es un buen ejem­plo en es­te as­pec­to. Así que creo que las ver­da­de­ras po­lí­ti­cas pro­cre­ci­mien­to tie­nen que ve­nir de la economía de la ofer­ta”, di­jo Guin­dos. Y usó la ex­pre­sión supply si­de, que en EE.UU. se aso­cia con Ro­nald Rea­gan, el hé­roe de la de­re­cha, el úni­co pre­si­den­te re­cien­te que el Par­ti­do Re­pu­bli­cano reivin­di­ca con or­gu­llo.

La mis­ma supply si­de eco­no­mics a la que Oba­ma alu­dió en di­ciem­bre en un dis­cur­so en Kan­sas. “Nos di­cen que el mer­ca­do lo re­sol­ve­rá to­do, que si re­cor­ta­mos las re­gu­la­cio­nes y los im­pues­tos, es­pe­cial­men­te pa­ra los ri­cos, nues­tra economía se­rá más fuer­te”, di­jo. “Hay un pro­ble­ma (con es­ta teo­ría). No fun­cio­na. Nun­ca ha fun­cio­na­do”.

Y aquí se cie­rra el círcu­lo. Rom­ney y los re­pu­bli­ca­nos te­men que Es­ta­dos Uni­dos aca­be co­mo Eu­ro­pa –y España– si Oba­ma si­gue en la Ca­sa Blan­ca.

Pe­ro –si se ex­cep­túan las subidas de im­pues­tos, que son anate­ma pa­ra la de­re­cha es­ta­dou­ni­den­se– na­da se pa­re­ce tan­to a las po­lí­ti­cas que pro­mue­ve el Par­ti­do Re­pu­bli­cano co­mo la aus­te­ri­dad de la Eu­ro­pa de Mer­kel.

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