Via­je de ida y vuel­ta a Pa­rís

Seis ho­ras y vein­tiún mi­nu­tos en AVE des­de Bar­ce­lo­na a la capital de Fran­cia; el re­gre­so, en avión

La Vanguardia - Dinero - - PANORAMA - JOHN WI­LLIAM WIL­KIN­SON

Si el AVE pa­ra­se en el ae­ro­puer­to y en Sant Cu­gat no se­ría más que un cer­ca­nías con ca­ra de ve­lo­ci­dad

Son las 8.45 ho­ras de un pri­ma­ve­ral día la­bo­ral y tal es el tra­jín en el es­tan­co de la es­ta­ción de Sants que las em­plea­das (dos) no dan abas­to. An­tes de ac­ce­der al an­dén se pro­du­cen es­ce­nas de con­fu­sión pro­ta­go­ni­za­das por al­gu­nos de los des­orien­ta­dos pa­sa­je­ros que an­dan bus­can­do el AVE que ha­ce el tra­yec­to en­tre BCN-Sants y Pa­rís Ga­re de Lyon.

Du­ran­te la es­pe­ra, una se­ño­ri­ta de Ne­bras­ka le ex­pli­ca a un vein­tea­ñe­ro ma­dri­le­ño que nun­ca an­tes ha­bía es­ta­do en Eu­ro­pa, y que, en reali­dad, quie­re ir a Bur­deos, pe­ro que le di­je­ron que no ha­bía tren di­rec­to y que fue­ra en el AVE a Mont­pe­llier. An­tes de que el jo­ven ter­mi­ne de alen­tar­la en un más que pa­sa­ble in­glés, la co­la ya avan­za y los pa­sa­je­ros ba­jan en tro­pel al an­dén. El tren sa­le pun­tual a las 9.20.

Lo pri­me­ro que no­ta el pa­sa­je­ro es la fal­ta de es­pa­cio. Pe­ga­do a la ven­ta­na, cae en la cuen­ta de que le to­ca via­jar –no sa­be si has­ta Pa­rís, ¡que es­tá a más de seis ho­ras!– en com­pa­ñía de, de­lan­te de él, al otro la­do de una ho­rren­da me­sa fi­ja, una ni­ña de cin­co o seis años que no le qui­ta el ojo de en­ci­ma, y, en los otros dos asien­tos, sus cor­pu­len­tos pa­pás.

A las diez en pun­to el tren se de­tie­ne en la resplandeciente y de­sier­ta es­ta­ción sub­te­rrá­nea de Gi­ro­na. No hay ni un al­ma. Sa­le a las 10.02. A los po­cos mi­nu­tos se anun­cia en español, in­glés, fran­cés y ca­ta­lán la in­mi­nen­te lle­ga­da a Fi­gue­res, y, efec­ti­va­men­te, a las 10.15 el tren se de­tie­ne en di­cha es­ta­ción, que es­tá al ai­re li­bre y en cu­yos an­de­nes al me­nos hay al­gu­nos sig­nos de vi­da. Vuel­ve a em­pren­der la mar­cha a las 10.19.

El pa­sa­je­ro cree que la pró­xi­ma pa­ra­da se­rá Per­pi­ñán, pe­ro no lo sa­be a cien­cia cier­ta. A la fal­ta de es­pa­cio aña­de la de in­for­ma­ción, al tiem­po que alu­ci­na pen­san­do que si el AVE (Al­ta Ve­lo­ci­dad Es­pa­ño­la) pa­ra­ra co­mo en su día se pro­pu­so tam­bién en el ae­ro­puer­to y en Sant Cu­gat, no se­ría más que un tren de cer­ca­nías con ca­ra de ve­lo­ci­dad.

La en­tra­da de la es­ta­ción de Per­pi­ñán es muy len­ta. Se avi­sa por los al­ta­vo­ces que ha­brá cam­bio de má­qui­na. El tren fi­nal­men­te se de­tie­ne a las 10.47. Hay vi­da en los an­de­nes ba­ña­dos por el sol me­di­te­rrá­neo. La má­qui­na del TGV (Train à Gran­de Vi­tes­se) arran­ca a las 10.51. Re­co­rren el va­gón tres po­li­cías fran­ce­ses ar­ma­dos. La vía atra­vie­sa las ma­ris­mas de Lan­gue­doc-Ro­se­llón. Hay bas­tan­tes par­ques eó­li­cos y, co­mo en to­da Fran­cia, el pai­sa­je es­tá en­tre­cru­za­do por in­con­ta­bles lí­neas de al­ta ten­sión.

A las 11.25 arri­ba el tren a la aje­trea­da es­ta­ción de Nar­bo­na y a los seis mi­nu­tos, al fi­lo de las 11.31, em­pren­de su si­len­te sa­li­da. En cues­tión de se­gun­dos ya atra­vie­sa los pul­cros vi­ñe­dos de la re­gión y la ni­ña, que no ha pa­ra­do de ates­tar­le pa­ta­das por de­ba­jo de la me­sa al des­co­no­ci­do pa­sa­je­ro que tie­ne de­lan­te, pro­cla­ma a sus pa­dres –es­tos, na­da más sa­lir de Sants, en­chu­fa­ron sen­dos iPods– que es­tá abu­rri­da y tie­ne ham­bre. El via­je­ro les pre­gun­ta si van a Pa­rís. Di­cen que sí, de mo­do que, tras pe­dir­les vi­gi­len su equi­pa­je, apro­ve­cha pa­ra acu­dir al va­gón-bar, y lo ha­ce sin dis­po­ner de la me­nor in­for­ma­ción so­bre el mis­mo.

Por el ca­mino des­cu­bre que los va­go­nes, ade­más de ir re­ple­tos de gen­te que vis­te ri­gu­ro­so in­for- mal, tie­nen dos pi­sos. El va­gón­bar re­sul­ta ser una es­pe­cie de can­ti­na más pro­pia de un po­lí­gono in­dus­trial; y la car­ta –tan escueta co­mo me­dio­cre y ca­ra– por el es­ti­lo.

La lle­ga­da a Mont­pe­llier, que só­lo se anun­cia en fran­cés y español, tie­ne lu­gar a las 12.17. ¿Se ha­brá en­te­ra­do la lo­cuaz ne­bras­que­ña? No se le ve por el an­dén. Lo más se­gu­ro es que ja­más lle­ga- rá al Bur­deos de sus sue­ños. Sa­le lleno has­ta los to­pes el tren a las 12.25. En­se­gui­da al­can­za tal ve­lo­ci­dad que to­do se mue­ve co­mo en un bar­co. Ca­da vez que se cru­za con otro con­voy se pro­du­ce una in­quie­tan­te sa­cu­di­da.

Lle­ga­da a Ni­mes: 12.49 (si vuel­ve a to­rear aquí Jo­sé To­más, ¡que­da a tan só­lo tres ho­ras y me­dia de Bar­ce­lo­na!); sa­li­da: 12.52. Lle­ga­da a Va­len­ce: 13.26; sa­li­da: 13.42. El sur ha que­da­do atrás: pre­do­mi­na el ver­de. Son las 15.41 en pun­to cuan­do el TGV se de­tie­ne por fin en la Ga­re de Lyon, seis ho­ras y vein­tiún mi­nu­tos des­pués de sa­lir de la es­ta­ción de Sants.

Lo pri­me­ro que lla­ma la aten­ción es que Pa­rís si­gue sien­do Pa­rís. En gran me­di­da es gra­cias a que, en 1944, el ge­ne­ral Von Chol­titz des­obe­de­cie­ra la or­den de Hitler de des­truir­lo. Pe­ro tam­bién tie­ne mu­cho que ver con el te­són de los pa­ri­si­nos, que con­tra vien­to y ma­rea han sa­bi­do con­ser­var sus ca­fés y res­tau­ran­tes, sus cos­tum­bres y bou­ti­ques.

Aún que­dan mu­chos ci­nes de ba­rrio. Abun­dan las pe­que­ñas li­bre­rías y ga­le­rías de ar­te. Se pue­de ca­mi­nar du­ran­te ho­ras sin ver un so­lo le­tre­ro que di­ga se al­qui­la o en venta. Las te­rra­zas de los ca­fés es­tán lle­nas, so­bre to­do la del Ca­fé de Flo­re. La car­ta de es­te fa­mo­so es­ta­ble­ci­mien­to ofre­ce des­de una bo­te­lla de Dom Pe­rig­non Ro­sé Mi­llé­si­mé, por el mó­di­co pre­cio de 430 eu­ros, has­ta un ca- fé dé­ca­féi­né, por el que te co­bran 4,60 eu­ros. Si otro­ra te­nían ma­la fa­ma, lo que aho­ra cho­ca es lo edu­ca­dos y cor­te­ses que son los pa­ri­si­nos, má­xi­me en com­pa­ra­ción con los mal­hu­mo­ra­dos bar­ce­lo­ne­ses.

Los pa­ri­si­nos han evi­ta­do ser inun­da­dos por fran­qui­cias im­per­so­na­les, aun­que ha­ber­las, hay­las. A se­me­jan­za del li­bro, el ca­fé tra­di­cio­nal es un in­ven­to tan ge­nial que se­ría una me­mez cam­biar­los. Sin em­bar­go, só­lo hay que echar un vistazo a la pren­sa pa­ra per­ca­tar­se de que en Fran­cia no to­do va bien. Als­tom se tam­ba­lea; Le Mon­de anun­cia en su por­ta­da el fin de una épo­ca; el pri­mer mi­nis­tro Valls aprue­ba re­cor­tes de 50.000 mi­llo­nes; la po­pu­la­ri­dad del pre­si­den­te Ho­llan­de es­tá por los suelos; sube el pa­ro y avan­za la ex­tre­ma de­re­cha. Pe­ro por el bien de to­da la Unión Eu­ro­pea es de es­pe­rar que Fran­cia en­cuen­tre la ma­ne­ra de sal­va­guar­dar sus va­lo­res, su sis­te­ma edu­ca­ti­vo, su ma­ne­ra de ser.

¿La vuel­ta en avión Orly-Bar­ce­lo­na? Na­da, po­co más que un abrir y ce­rrar de ojos. Pa­si­llo.

RIN­GO CHIU / ZUMAPRESS

En Pa­rís, las te­rra­zas de los ca­fés es­tán lle­nas, so­bre to­do la del Ca­fé de Flo­re. La car­ta de es­te fa­mo­sos es­ta­ble­ci­mien­to ofre­ce des­de una bo­te­lla de Dom Pe­rig­non Ro­sé Mi­llé­si­mé, por el mó­di­co pre­cio de 430 eu­ros, pa­san­do por un ‘ca­fé dé­ca­féi­né’, por el que co­bran 4,60 eu­ros

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