LOS TA­TUA­JES DE AITOR OCIO

Tie­ne plan­ta de mo­de­lo pe­ro en reali­dad es un ex­fut­bo­lis­ta pro­fe­sio­nal aho­ra con­ver­ti­do en empresario que ha con­ver­ti­do su pro­pio cuer­po en una es­pe­cie de li­bro abier­to en que ex­pre­sa los mo­men­tos más im­por­tan­tes de su vi­da y sus emo­cio­nes

La Vanguardia - ES - - EN CASA - Tex­to Mar­ga­ri­ta Puig Fo­tos Ma­né Es­pi­no­sa

Aitor Ocio es­tá muy ta­tua­do, ca­si com­ple­ta­men­te ta­tua­do. Pe­ro él no lo ve así y cree que hay tiem­po y lu­gar pa­ra mu­chas más inscripciones. Le en­can­ta el as­pec­to que la tin­ta ofre­ce a su cuer­po, pe­ro so­bre to­do los men­sa­jes que hay de­trás de ca­da uno de los mo­ti­vos que se ha gra­ba­do en él. Uno de los pri­me­ros es el que es­te ex­fut­bo­lis­ta de 35 años lu­ce en el bra­zo. Son unas flo­res de Sa­ku­ra que en­cie­rran un error co­me­ti­do ha­ce sie­te años, por la emo­ción y por las pri­sas. Re­sul­ta que cuan­do se pre­pa­ra­ba pa­ra ser pa­pá pri­me­ri­zo y vio una de las eco­gra­fías que re­sul­tó ser en­ga­ño­sa se ta­tuó Lu­ca, el nom­bre que ha­bían pen­sa­do pa­ra el ni­ño, pe­ro al fi­nal lle­gó una ni­ña. Por ello, es­te ro­bus­to de­por­tis­ta que tie­ne ins­cri­tos en su bra­zo iz­quier­do los nom­bres de sus se­res más cer­ca­nos, es­pe­ró y guar­dó un lu­gar de ho­nor pa­ra su pri­mo­gé­ni­ta y a ello res­pon­de el tatuaje que lle­va en la es­pal­da. Es una larguísima fra­se en eus­ke­ra en la que se ha­bla de emo­cio­nes, de com­pro­mi­so, de ver­dad. De lo que él sin­tió, en de­fi­ni­ti­va, cuan­do na­ció su pri­me­ra hi­ja, Naia, fru­to de su re­la­ción con la mo­de­lo Lau­ra Sán­chez. Y tras aque­lla poe­sía car­ga­da de sig­ni­fi­ca­do que aca­pa­ra la ma­yor par­te de su dor­so lle­ga­ron otras mu­chas oca- sio­nes pa­ra vol­ver a sen­tir so­bre la piel la fuer­za del tatuaje. En­tre ellas la que sir­vió pa­ra ins­cri­bir­se y no ol­vi­dar nun­ca la que ase­gu­ra que es su má­xi­ma: “El do­lor es evi­ta­ble pe­ro el su­fri­mien­to es op­cio­nal”, di­ce esa fra­se que le im­pre­sio­nó tan­to que ha he­cho de ella su ma­ne­ra de en­fren­tar­se a su pro­fe­sión (“los ne­go­cios son co­mo el fút­bol, tie­ne mo­men­tos de to­do, pe­ro tam­bién ma­los”, re­cuer­da) y su vi­da per­so­nal. “No son bue­nos tiem­pos, lo sé, pe­ro hay que con­fiar en uno mis­mo y en los de­más. Si crees en lo que ha­ces, pue­des lle­gar a con­se­guir lo que te pro­pon­gas. Y sin su­frir”, ase­ve­ra.

ME­DI­TA­DOS

Pa­ra al­gu­nos de sus ta­tua­jes op­ta por el co­lor, otros son sólo en el tono de la tin­ta... pe­ro siem­pre, siem­pre in­ten­ta que sean muy me­di­ta­dos. Sa­be que es­con­der un error es más di­fí­cil si es­tá ta­tua­do

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