El ar­que­ro y el pre­mio

La Vanguardia - ES - - ED -

Cuen­ta una his­to­ria orien­tal que un ar­que­ro es­ta­ba en­tre­nan­do en el bos­que. Por pri­me­ra vez le acom­pa­ña­ba su hi­jo, que te­nía mu­chas ga­nas de apren­der el ar­te de su pa­dre. En po­cas se­ma­nas ha­bía un tor­neo muy fa­mo­so, y te­nía in­ten­ción de pre­sen­tar­se. El pe­que­ño co­men­zó a prac­ti­car. Así pa­só va­rias ho­ras, pe­ro no lo­gró dar en el blan­co ni una so­la vez. Po­co a po­co iba ga­nan­do en pun­te­ría, pe­ro erra­ba ca­da vez que sentía el pe­so del tor­neo so­bre sus hom­bros. La no­che an­tes su pa­dre le re­ga­ló un gran con­se­jo: “Cuan­do un ar­que­ro dis­pa­ra una fle­cha por el pu­ro pla­cer de dis­pa­rar, man­tie­ne con él to­da su ha­bi­li­dad. Cuan­do dis­pa­ra es­pe­ran­do ga­nar una me­da­lla de bron­ce, se po­ne al­go ner­vio­so. Pe­ro cuan­do dis­pa­ra pa­ra ga­nar la me­da­lla de oro, se vuel­ve lo­co pen­san­do en el pre­mio y pier­de la mi­tad de su ha­bi­li­dad, pues ya no ve un blan­co, sino dos.” Cuen­ta una his­to­ria que un an­ciano cien­tí­fi­co pa­sea­ba una tar­de por un ma­le­cón en el que ha­bía va­rios afi­cio­na­dos a la pes­ca. Al pa­sar por de­lan­te de uno de los pes­ca­do­res se dio cuen­ta de que te­nía dos cu­bos lle­nos de ce­bo, con­cre­ta­men­te can­gre­jos. Uno de los dos cu­bos es­ta­ba ce­rra­do con una tapa y el otro es­ta­ba abier­to sin que, al me­nos apa­ren­te­men- te, hu­bie­se di­fe­ren­cia en­tre unos can­gre­jos y otros. Su cu­rio­si­dad le obli­gó a pa­rar­se y pre­gun­tar al pes­ca­dor. – Dis­cul­pe, su­pon­go que es­tos can­gre­jos son el ce­bo que us­ted uti­li­za, ¿ver­dad? – Así es –con­tes­tó el pes­ca­dor. – ¿Pue­de de­cir­me por qué un cu­bo lo tie­ne ta­pa­do y el otro per­ma­ne­ce des­ta­pa­do? – ¡Ah! –son­rió el pes­ca­dor–. Es muy sen­ci­llo. El cu­bo tapa- do con­tie­ne una es­pe­cie de can­gre­jos que coope­ran en­tre sí, mien­tras que el des­ta­pa­do es­tá lleno de can­gre­jos com­pe­ti­ti­vos. – ¿Có­mo di­ce? –bal­bu­ceó el cien­tí­fi­co, po­co con­ven­ci­do. – Pe­ro ¿por qué unos lle­van tapa y otros no? – Muy sen­ci­llo –di­jo el pes­ca­dor–. Una vez den­tro del cu­bo, los can­gre­jos que coope­ran pue­den es­ca­par­se por­que van su­bién­do­se unos en­ci­ma de otros ha­cien­do una es­pe­cie de es­ca­le­ra has­ta que con­si­guen sa­lir. – ¿Y los com­pe­ti­ti­vos? –in­qui­rió el cien­tí­fi­co. – Con esos no hay pe­li­gro –res­pon­dió con ro­tun­di­dad el pes­ca­dor–. En cuan­to uno em­pie­za a su­bir, otro ti­ra de él ha­cia aba­jo, y así con cual­quie­ra que lo in­ten­te, con lo que ja­más es­ca­pan.

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