LA EVO­LU­CIÓN DE LA BRIS­CA

La Vanguardia - ES - - EN JUEGO - ORIOL RI­POLL es@lavan­guar­dia.es

Bruno Fai­dut­ti es un au­tor de jue­gos fran­cés que ha crea­do más de se­sen­ta tí­tu­los. Sus jue­gos sue­len te­ner re­glas sen­ci­llas y la in­ter­ac­ción en­tre los ju­ga­do­res tie­ne un pa­pel muy im­por­tan­te. Ha­ce po­co que ha de­ja­do de ac­tua­li­zar su web (Fai­dut­ti.com) pa­ra cen­trar­se en su blog. En la web, to­da­vía ope­ra­ti­va, se pue­de con­sul­tar su lu­do­te­ca ideal, la se­lec­ción de los me­jo­res jue­gos que ha pro­ba­do, una se­lec­ción que es una bue­na re­fe­ren­cia en el mo­men­to de va­lo­rar la com­pra de un jue­go. Ade­más, ca­da año ha­ce una lis­ta de sus me­jo­res jue­gos del año, una se­lec­ción muy per­so­nal que tie­ne una re­so­nan­cia im­por­tan­te den­tro del mun­do de los jue­gos de ta­ble­ro. Es­te ve­rano De­vir pu­bli­có El rey de los enanos, una crea­ción de Fai­dut­ti del año 2011. La edi­ción es­tá muy cui­da­da, me gus­ta es­pe­cial­men­te el cie­rre ori­gi­nal de la ca­ja, y tie­ne unas ilus­tra­cio­nes muy di­ver­ti­das de Ch­ris­top­he Swal (Ch­ris­top­hes­wal. com). Se tra­ta de un jue­go fa­mi­liar de car­tas, pen­sa­do pa­ra en­tre tres y cin­co ju­ga­do­res ma­yo­res de 12 años. En la ca­ja ve­rán que el au­tor lo orien­ta pa­ra ma­yo­res de 10 años, pe­ro creo que la me­cá­ni­ca caó­ti­ca del jue­go y la ne­ce­si­dad de te­ner bien desa­rro­lla­do el pen­sa­mien­to es­tra­té­gi­co ha­ce que re­quie­ra una ma­yor edad. Se jue­ga con una ba­ra­ja de car­tas pa­re­ci­das a las del pó­quer pe­ro con una car­ta con el nú­me­ro 11 y una con el nú­me­ro 1, unas car­tas con po­de­res es­pe­cia­les y unas tar­je­tas con mi­sio­nes. Al­gu­nos de los nai­pes tie­nen un tex­to es­cri­to que ha­ce que el po­see­dor de la car­ta sea el pri­me­ro en ju­gar, el que re­par­te las car­tas en la pró­xi­ma ron­da o quien es­co­ja la mi­sión. Se ha­cen sie­te ron­das y ga­na quien ten­ga más pun­tos al fi­nal de la par­ti­da. La me­cá­ni­ca es la mis­ma que la del tra­di­cio­nal jue­go de la bris­ca. El pri­mer ju­ga­dor ti­ra una car­ta y el res­to están obli­ga­dos a ju­gar una car­ta del mis­mo pa­lo, pe­ro a di­fe­ren­cia de la bris­ca, en El rey

de los enanos no hay triun­fos y se que­da las car­tas ju­ga­das quien ha­ya ti­ra­do la de ma­yor va­lor. Pe­ro el pun­to que lo ha­ce ori­gi­nal es que en ca­da ron­da hay una mi­sión di­fe­ren­te. Y es­tas mi­sio­nes dan un to­que ori­gi­nal y caó­ti­co a la par­ti­da por­que su­man y res­tan pun­tos a las car­tas que se ten­gan al fi­nal de ca­da ron­da. Los ju­ga­do­res tie­nen que ges­tio­nar muy bien las car­tas que tie­nen en las ma­nos y uti­li­zar los po­de­res que dan las car­tas es­pe­cia­les, si es que tie­nen al­gu­na. En ca­da mano hay una opor­tu­ni­dad de fas­ti­diar a los ad­ver­sa­rios, ha­cien­do que acu­mu­len pun­tos ne­ga­ti­vos o mos­trán­do­les que aca­ban de per­der car­tas que les po­drían ha­ber da­do mu­chos pun­tos. Las nor­mas pro­po­nen ju­gar sie­te ron­das. Las pri­me­ras par­ti­das se pue­den acor­tar y ju­gar­las, por ejem­plo, con sólo cin­co ron­das. Es­tas par­ti­das más cor­tas sue­len agra­de­cer­las los ju­ga­do­res po­co ex­pe­ri­men­ta­dos. Una par­ti­da en­te­ra sue­le du­rar unos 45 mi­nu­tos.

LAS MI­SIO­NES DAN UN TO­QUE ORI­GI­NAL Y CAÓ­TI­CO EN LAS PAR­TI­DAS DE ‘EL REY DE LOS ENANOS’

Es un buen jue­go. Si tu­vie­ra que bus­car­le una pe­ga, ten­go la sen­sa­ción de que se tra­ta de un re­ma­ke, un jue­go que se ha he­cho ma­yor pe­ro que a pe­sar de las car­tas es­pe­cia­les y las mi­sio­nes a ca­da ron­da, re­cuer­da de­ma­sia­do a la bris­ca tra­di­cio­nal. Así que les pro­pon­go un ejer­ci­cio de sá­ba­do por la tar­de: ha­gan una par­ti­da de la bris­ca (si no re­cuer­dan las ins­truc­cio­nes en­con­tra­rán una bue­na ex­pli­ca­ción en Aca­no­mas.com) y em­pie­cen a in­ven­tar re­glas es­pe­cia­les an­tes de ca­da par­ti­da. Por ejem­plo, ha­gan que sólo su­men pun­tos los oros o que ca­da fi­gu­ra dé un pun­to ne­ga­ti­vo. Se­gu­ro que des­pués de unas cuan­tas prue­bas ha­brán con­se­gui­do crear un rit­mo caó­ti­co y di­ver­ti­do y ha­brán crea­do el cli­ma ideal pa­ra dis­fru­tar con El rey de los enanos. s

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