EL CI­NE PA­RA JÓ­VE­NES DE LOS OCHEN­TA RE­FLE­JÓ SUS PRO­PIOS MIE­DOS

La Vanguardia - ES - - EN FAMILIA -

pri­me­ro ha­bía de­ja­do de ser un lu­gar se­gu­ro…

Po­cas co­sas dan más mie­do que los car­da­dos de los años ochen­ta, aun­que las pe­lí­cu­las de te­rror ado­les­cen­te de aque­lla épo­ca des­per­ta­ron can­ti­da­des in­gen­tes de gri­tos. Los jó­ve­nes, el pú­bli­co al que iban di­ri­gi­das, aba­rro­ta­ron los fi­nes de se­ma­na las sa­las de los re­cién es­tre­na­dos mi­ni­ci­nes: por pri­me­ra vez en la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad, ha­bía ado­les­cen­tes con tiem­po pa­ra ser­lo. Esos neo­ado­les­cen­tes tra­je­ron con­si­go un car­ga­men­to de pá­ni­cos par­ti­cu­la­res, más psi­co­ló­gi­cos que so­cia­les: el mie­do a cre­cer, a los cam­bios fí­si­cos, a la in­te­gra­ción en la so­cie­dad, al se­xo… Aque­lla mon­ta­ña de te­rro­res se con­vir­tió en el hi­lo ar­gu­men­tal de las pe­lí­cu­las de mie­do de la dé­ca­da: Vier­nes 13, Prom night, Un San Va­len­tín san­grien-

to, Cam­pa­men­to san­grien­to o El tren del te­rror son sólo al­gu­nos de los tí­tu­los más des­ta­ca­bles del gé­ne­ro

slas­her de la dé­ca­da, inau­gu­ra­do unos años an­tes por John Car­pen­ter con la ma­gis­tral Ha­llo­ween (1978). En to­das esas pe­lí­cu­las un ase­sino so­bre­hu­mano, que oculta su ros­tro des­fi­gu­ra­do tras una más­ca­ra, se de­di­ca a pegar pu­ña­la­das a un gru­po de ado­les­cen­tes que han des­obe­de­ci­do las nor­mas de sus pa­dres; si sa­les sin per­mi­so de ca­sa, si be­bes al­cohol, te dro­gas o tie­nes re­la­cio­nes se­xua­les, el ase­sino de turno aca­ba­rá con­ti­go. No es ba­la­dí pen­sar que aque­llos ase­si­nos sin ros­tro no fue­ron más que una for­ma de re­pre­sen­tar la cas­tra­ción pa­ter­na de la que los ado­les­cen­tes, val­ga la re­dun­dan­cia, ado­le­cen. Tam­bién fue un mo­do de en­car­nar ese mie­do eté­reo que trae con­si­go el pa­so de la in­fan­cia a la edad adul­ta, en el que los hi­jos se lle­nan de com­ple­jos y cul­pas frente a los pa­dres por lo que se es­pe­ra de ellos. El re­fle­jo de esas pe­sa­di­llas lo tras­la­dó a la pantalla Wes Cra­ven en Pe­sa­di­lla

en Elm Street. El mal, per­so­ni­fi­ca­do en un par­ti­cu­lar hombre del sa­co lla­ma­do Freddy Krueger, cla­va sus cu­chi­llas a to­dos los jo­ven­ci­tos que se duer­man en los lau­re­les. Freddy se ven­ga de lo que le hi­cie­ron sus pa­dres, co­mo en el mi­to de Sa­turno, y el hi­jo tie­ne la mi­sión de en­men­dar los erro­res de sus pro­ge­ni­to­res. A fin de cuen­tas, de­frau­dar a los pa­dres era el ma­yor de to­dos los te­mo­res ado­les­cen­tes. A par­tir de ahí, el mie­do se con­vier­te en al­go in­de­fi­ni­do, am­bi­guo; era al­go así co­mo el mie­do a te­ner mie­do. De esa ma­ne­ra se de­fi­ne la an­sie­dad, el ma­les­tar psi­co­ló­gi­co in­di­vi­dual que se con­vir­tió en

tren­ding to­pic por aquel en­ton­ces. Pe­ro el ata­que de pá­ni­co, el mie­do sin nom­bre ni ros­tro, tam­bién fue la ame­na­za in­de­fi­ni­da que en cual­quier mo­men­to po­día apa­re­cer y ha­cer tam­ba­lear los ci­mien­tos de la so­cie­dad del bie­nes­tar. Esa in­de­ter­mi­na­ción obli­gó a re­for­mu­lar el ci­ne de te­rror, a bur­lar­se de los mie­dos del pa­sa­do co­mo hi­zo Ke­vin Wi­lliam­son, guio­nis­ta de las pos­mo­der­nas Scream o The fa­culty. No fue ese el úni­co te­rror que se re­vi­si­tó, tam­bién las obras de H.P. Lo­ve­craft se re­edi­ta­ron en aque­llos años. Aun- que fue­ron dos pe­lí­cu­las las que pu­sie­ron en es­ce­na los mie­dos sin ros­tro, dos ata­ques de pá­ni­co ci­ne­ma­to­grá­fi­cos que de­ter­mi­na­ron el rum­bo del gé­ne­ro de en­ton­ces. Lo hi­zo en pri­mer lu­gar la cin­ta ca­na­dien­se Cu­be, pe­lí­cu­la que re­la­ta el an­gus­tio­so en­cie­rro de un gru­po he­te­ro­gé­neo de per­so­na­jes en un cú­bi­co la­be­rin­to lleno de tram­pas mor­ta­les. No sa­ben qué es ese lu­gar ni los mo­ti­vos por los que han des­per­ta­do allí. Tam­po­co el es­pec­ta­dor lle­ga a des­cu­brir las cla­ves que en­cie­rran esa ver­sión ma­ca­bra del ca­mino de bal­do­sas ama­ri­llas que lle­va de vuel­ta a ca­sa. La ex­pe­rien­cia que ofre­ce el cu­bo es tan in­de­fi­ni­da y sub­je­ti­va co­mo lo pue­de ser un ata­que de pá­ni­co. Aun­que fue otra pe­lí­cu­la la que ex­pre­só esa má­xi­ma uti­li­zan­do un nue­vo for­ma­to pa­ra con­tar his­to­rias de te­rror: el plano sub­je­ti­vo. El pro­yec­to de la bru­ja de

La pro­fe­cía (The omen)

1976, Ri­chard Don­ner

El exor­cis­ta (The exor­cist)

1973, Wi­lliam Fried­kin

El pro­yec­to de la bru­ja de Blair (The Blair witch pro­ject)

1999, Da­niel My­rick y Eduar­do Sán­chez

Pe­sa­di­lla en Elm Street (A night­ma­re on Elm Street)

1984, Wes Cra­ven

El hombre lo­bo (The wolf man)

1941, Geor­ge Wagg­ner

Scream 1981,

By­ron Qui­sen­berry

Psi­co­sis (Psy­cho)

1960, Al­fred Hitch­cock

The ring (Rin­gu)

1998, Hi­deo Na­ka­ta

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