Un via­je al pa­sa­do…

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Preo­cu­par­se por un agu­je­ro en las me­dias. Da com­ple­ta­men­te igual. An­tes era ha­bi­tual lle­var un re­cam­bio en el bol­so por­que era desas­tro­so pre­sen­tar­se con unas me­dias es­tro­pea­das. Des­de ha­ce tres o cua­tro años in­clu­so se ven­den ya con los agu­je­ros. Son más ca­ras que las nor­ma­les...

Los co­lla­res de per­las con vuel­ta. Las per­las si­guen te­nien­do su pú­bli­co pe­ro se lle­van en un nue­vo con­tex­to. El tí­pi­co co­llar de vuel­ta pa­ra las oca­sio­nes de ves­tir ha que­da­do, de mo­men­to, pa­ra el re­cuer­do. Tam­po­co es­tá de­ma­sia­do in el an­tes im­pres­cin­di­ble Tú y Yo (pen­dien­tes en el que una per­la iba acom­pa­ña­da de un pe­que­ño brillante) ni las tam­bién tí­pi­cas Dor­mi­lo­nas (brillante ro­dea­do por un pe­que­ño pa­vé).

El des­per­ta­dor. Ca­si ha pa­sa­do a la his­to­ria. An­tes eran un ob­je­to im­pres­cin­di­ble en la ma­yo­ría de las me­si­llas de no­che. Aho­ra se pro­gra­ma la alar­ma del mó­vil. En de­fen­sa de los des­per­ta­do­res hay que re­cor­dar que se re­co­mien­da no dor­mir con ob­je­tos elec­tró­ni­cos cer­ca de la ca­be­ce­ra…

Las hom­bre­ras con vel­cro. Sí, han vuel­to mu­chos ím­puts e ideas de los 80, pe­ro lo que por el mo­men­to no es ad­mi­si­ble es aquel in­ven­to de su­je­tar las hom­bre­ras con vel­cro o con la ti­ra del su­je­ta­dor. Si se op­ta por pren­das con hom­bre­ras es­tas lle­gan ca­mu­fla­das o a la vis­ta, di­rec­ta­men­te ti­po adorno.

El pa­ñue­lo de bol­si­llo con las ini­cia­les. Sí, los klee­nex han aca­ba­do –¿pa­ra siem­pre?– con el pa­ñue­lo de te­la co­mo alia­do an­te los res­fria­dos. Y con sus ini­cia­les. Aho­ra que­da de lo más ob­so­le­to y mu­cho me­nos hi­gié­ni­co que los de pa­pel de un so­lo uso.

Los DVD. ¿Quién con­ser­va un re­pro­duc­tor de DVD en ca­sa? Ca­da vez hay me­nos que dis­pon­gan de es­pa­cio pa­ra ese tras­to en una era en que to­do es mu­cho más fá­cil.

La per­ma­nen­te y los pe­los muy es­ca­la­dos. Pa­sa­ron a la his­to­ria esas per­ma­nen­tes mar­ca­das que de­ja­ban el pe­lo re­que­ma­do. Y más en los hom­bres (¿se acuer­dan de los años ochen­ta, cuan­do al­gu­nos hom­bres tam­bién

se ri­za­ron sus ca­be­llos?).

La ma­ri­co­ne­ra. Ni el nom­bre pa­re­ce hoy apro­pia­do. Los se­ño­res si quie­ren lle­var bol­so lo lle­van y me­jor ti­po ban­do­le­ra. Pe­ro el bol­si­to col­ga­do en la mu­ñe­ca de los ochen­ta es hoy una pro­vo­ca­ción.

El ae­ró­bic. ¿Quién ha­ce ae­ró­bic? El nom­bre con el que Ja­ne Fon­da pu­so en for­ma a me­dio mun­do ha pa­sa­do a la his­to­ria. Hoy triun­fan

SE LLE­VAN LOS CAR­DA­DOS Y TAM­BIÉN LAS TREN­ZAS, PE­RO ES­TRO­PEAR­SE EL PE­LO CON LA PER­MA­NEN­TE ES HIS­TO­RIA

LOS TRO­LLEY HAN DE­JA­DO ATRÁS EL REI­NA­DO DE LAS TÍ­PI­CAS MA­LE­TAS CON ASAS

mu­chas mo­da­li­da­des mu­cho más avan­za­das e igual de car­dio­sa­lu­da­bles.

Los ca­len­ta­do­res. Los ca­len­ta­do­res co­mo com­ple­men­to en el ves­tir cau­sa­ron fu­ror en la épo­ca de ¡Bai­la! Aho­ra los lle­van úni­ca­men­te quie­nes se de­di­can a la dan­za o los que van más allá de las ten­den­cias e imponen su es­té­ti­ca. Los pen­dien­tes ex­ce­si­vos. Los aros enor­mes y los pen­dien­tes pe­sa­dos que de­for­ma­ban el ori­fi­cio (mu­chas se­ño­ras ma­yo­res se ven obli­ga­das a ta­par esa de­for­ma­ción con pen­dien­tes de pin­za) son tam­bién his­to­ria. Si se lle­va al­go que de­for­ma es a cons­cien­cia (los pier­cings su­per­grue­sos, que tam­po­co vi­ven su me­jor mo­men­to en cuan­to a ten­den­cia se re­fie­re) pe­ro no por cul­pa del uso…

Los su­je­ta­do­res con el

ti­ran­te trans­pa­ren­te. Se aca­bó el in­ven­to del ti­ran­te trans­pa­ren­te. Ni era realmente trans­pa­ren­te ni si­quie­ra

QUE­DAN FA­TAL LOS PEI­NA­DOS RE­PEI­NA­DOS E IN­TEN­TAR DI­SI­MU­LAR LA CAL­VI­CIE

su­je­ta­ba co­mo de­bía. Por fin esa es­té­ti­ca ha pa­sa­do al ol­vi­do.

Los bo­dies. Co­mo la pa­ta de ele­fan­te o el in­ten­to de su­bir el ta­lle del pan­ta­lón más allá de la cin­tu­ra siem­pre pa­re­ce que están vol­vien­do pe­ro no aca­ban de co­ger el pe­so que tu­vie­ron en los ochen­ta. La co­mo­di­dad man­da. To­da la fa­mi­lia en chán­dal. Sí, es cier­to que ya no es­tá mal vis­to ir con la su­da­de­ra o un chán­dal (siem­pre le­jos del que lu­cie­ron los de­por­tis­tas es­pa­ño­les en los úl­ti­mos Jue­gos), pe­ro lo que es inad­mi­si­ble es con­jun­tar a to­da la fa­mi­lia con chán­dal. Es­tá com­ple­ta­men­te out.

El pa­sa­mon­ta­ñas y el ver

du­go. Con lo que ca­lien­tan… Pe­ro la op­ción del pa­sa­mon­ta­ñas con vi­se­ri­ta que de­ja­ban sólo los ojos a la vis­ta y ver­du­gos que de­ja­ban la ca­ra des­ta­pa­da que acom­pa­ñó la in­fan­cia de los papás de hoy pa­re­ce que no va a vi­vir su

se­gun­da opor­tu­ni­dad. Las ni­ñas de rosa y los ni­ños de azul. To­dos los co­lo­res va­len pa­ra to­dos, sean chi­cos o chi­cas. El rosa de­jó de ser te­rri­to­rio ex­clu­si­va­men­te fe­me­nino y el azul mas­cu­lino en to­das las eda­des, pe­ro tam­bién es una má­xi­ma que sir­ve pa­ra los be­bés.

La ra­ya in­te­rior en el ojo. ¡Se lle­va por fue­ra! La ra­ya aque­lla que ha­cía sal­tar las lá­gri­mas y era una es­pe­cie de tor­tu­ra obli­ga­da pa­ra aque­llas que no po­dían pres­cin­dir del maquillaje en los 80-90 ya no se lle­va.

Los mu­ñe­cos en el co­che. Aque­llos que mo­vían la ca­be­za en los se­má­fo­ros y que to­da­vía ve­mos en al­gún ta­xi vie­jo están com­ple­ta­men­te fue­ra de lu­gar. Tam­po­co se lle­van los pro­tec­to­res de sol… pa­ra eso están los cris­ta­les tin­ta­dos. Una ti­ra en la par­te tra­se­ra del co­che pa­ra evi­tar la electricidad es­tá­ti­ca. Que­da com­ple­ta­men­te out. Más te­nien­do en cuen­ta que se ha de­mos­tra­do que no sir­ve pa­ra na­da lle­var col­gan­do esa ti­ra. Quien se ma­rea en el co­che, lo ha­ce tan­to si va arras­tran­do ese ob­je­to inú­til co­mo si no.

Las pul­se­ras de co­bre. Y las

po­wer­ba­lan­ce. Tam­bién se de­mos­tró que no apor­ta­ban el pre­ten­di­do equi­li­brio y es­ta­bi­li­dad con las que se les pre­sen­tó. Hay otras fór­mu­las más efec­ti­vas pa­ra cui­dar la sa­lud.

El no­meol­vi­des. De ca­de­na tren­za­da grue­sa en oro o pla­ta con el nom­bre bien vi­si­ble de uno mis­mo o de al­guien im­por­tan­te. Lo lle­va­ron du­ran­te mu­chos años per­so­nas de to­das las eda­des, aho­ra es una ra­re­za. Tam­po­co es ha­bi­tual lle­var col­gan­do de una ca­de­na la cha­pa con el nom­bre y el gru­po san­guí­neo.

Los ra­dio­ca­se­te. ¿Pa­ra qué? ¡Con lo fá­cil que han pues­to

las co­sas los CD! No se en­ro­llan, no se rom­pen… Las ma­le­tas tí­pi­cas de to­da

la vi­da. Aho­ra se lle­van los tro­lley. ¿Pa­ra qué car­gar la es­pal­da? Tam­po­co pa­sa na­da si uno se ol­vi­da el mi­ni­cos­tu

re­ro en la ma­le­ta de via­je. Es­tar de­ma­sia­do mo­reno. Gus­tan los cu­tis uni­for­mes y

cui­da­dos. Es­tar ex­ce­si­va­men­te bron­cea­do da la sen­sa­ción de es­tar po­co sano. ¿Lo peor? La mar­ca de las ga­fas de es­quiar. Ex­pli­car que vas al psi­coa­na

lis­ta. Se pue­de ir, cla­ro, nun­ca van a de­jar de ser ne­ce­sa­rios sus ser­vi­cios, pe­ro pa­re­ce que aho­ra no se ex­pli­ca. Aho­ra es el turno de los coach. Pen­dien­tes y pier­cings

pa­ra chi­cos. Igual que en su mo­men­to el look heavy y los ta­tua­jes pro­vo­ca­ti­vos de­ja­ron de ser ten­den­cia pa­ra con­ver­tir­se en signo de una ge­ne­ra­ción que ya se ha­bía he­cho ma­yor, los pier­cings y los pen­dien­tes de los jó­ve­nes pa­re­cen ya más co­sa de adul­tos que en su día fue­ron re­bel­des…

Te­ner pá­ja­ros en­jau­la­dos. Las jau­las se han con­ver­ti­do en un pro­duc­to de de­co­ra­ción es­tre­lla y son mu­chas las mar­cas que ha­cen sus ver­sio­nes de mo­de­los ins­pi­ra­dos en jau­las del si­glo XIX. Pe­ro

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te­ner pá­ja­ros en ca­sa es otra his­to­ria. Ya no se lle­va te­ner pá­ja­ros do­més­ti­cos.

Las die­tas agre­si­vas. ¿Se acuer­dan de las de­pu­ra­cio­nes con la sa­via? ¿De aque­lla mo­da de per­der pe­so en un tiem­po ré­cord co­mo fue­ra? Se aca­bó. Lo pri­me­ro es la sa­lud. Las die­tas son con­tro­la­das y so­bre to­do per­so­na­li­za­das. De lo con­tra­rio, me­jor no ha­cer­las. Es­tá com­ple­ta­men­te out no cui­dar­se y dar mues­tras de ello.

Maquillaje ti­po más­ca­ra. Sí, ma­qui­llar­se es­tá bien. Pe­ro cuan­to me­nos se no­te, me­jor. Aque­llas bases ti­po más­ca­ra que ta­pa­ban to­das las im­pu­re­zas y de­ja­ban la piel sin res­pi­ro son co­sa del pa­sa­do. Aho­ra no sólo se lle­van más li­ge­ras sino que ade­más sue­len ser bases de maquillaje con pro­tec­ción pa­ra la ra­dia­ción so­lar y tam­bién hi­dra­tan­tes.

Di­si­mu­lar la cal­vi­cie. Si eres calvo lo acep­tas y ya es­tá. Los pe­lu­qui­nes, el pe­lo pei­na­do ha­cia de­lan­te y los in­ten­tos por di­si­mu­lar lo inevi­ta­ble están com­ple­ta­men­te fue­ra de lu­gar. Con­jun­tar los com­ple­men­tos. El cin­tu­rón no tie­ne que con­jun­tar con los zapatos y los zapatos no tie­nen que ca­sar con los co­lo­res del bol­so (ellas) o de la cor­ba­ta (ellos). El look fi­nal que­da me­jor cuan­to más na­tu­ral pa­re­ce.

Las ri­ño­ne­ras. Hay in­ten­tos.

Las len­ti­llas de co­lo­res. No que­da­ba na­tu­ral y lo no na­tu­ral no se lle­va. Pa­ra na­da.

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