Una re­la­ción de mi­les de años

La Vanguardia - ES - - ED -

Pa­ra quien no ha­ya con­vi­vi­do con uno de ellos o, en ge­ne­ral, con un ani­mal do­més­ti­co, le se­rá di­fí­cil de en­ten­der. In­clu­so pa­ra al­gu­nos de los que lo han he­cho es po­co com­pren­si­ble. Pe­ro, pa­ra mu­chas per­so­nas, su pe­rro es uno más de sus se­res que­ri­dos, es par­te de su fa­mi­lia, sin dis­tin­ción res­pec­to al res­to de los miem­bros hu­ma­nos, in­clu­so en al­gu­nos ca­sos por de­lan­te de ellos. Bas­ta pen­sar en los mi­les de per­so­nas pa­ra quie­nes esos com­pa­ñe­ros de cua­tro pa­tas no son sólo su com­pa­ñía, sino tam­bién su ma­yor apo­yo afec­ti­vo y has­ta en al­gu­nos ca­sos –aun­que sue­ne exa­ge­ra­do– su prin­ci­pal in­ter­lo­cu­tor. ¿Qué ha­ce que los pe­rros y no los ca­na­rios o los hámsters, por po­ner el ca­so, ten­gan esa ca­pa­ci­dad pa­ra sin­to­ni­zar con los hu­ma­nos? Pro­ba­ble­men­te, apar­te de las ca­rac­te­rís­ti­cas pro­pias de la es­pe­cie en su ori­gen, la ra­zón se en­cuen­tra en que el pe­rro fue el pri­mer ani­mal que se pue­de con­si­de­rar do­mes­ti­ca­do por el hombre, un pro­ce­so que se ini­ció ha­ce más de 30.000 años. Son, por tan­to, 300 si­glos de re­la­ción, de con­vi­ven­cia, de com­pa­ñía, de ca­ri­ño... 300 si­glos en que es­tos ani­ma­les han apren­di­do a de­pen­der de no­so­tros y a in­ter­pre­tar nues­tros es­ta­dos de áni­mo. Esos mi­les de años de vin­cu­la­ción ex­pli­can por qué son tan im­por­tan­tes pa­ra no­so­tros. Y vi­ce­ver­sa.

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