EL ES­TU­DIO DE GIU­LIA VA­LLE

La con­tra­ba­jis­ta ita­lo­ca­ta­la­na acos­tum­bra a en­sa­yar en una ha­bi­ta­ción de su pi­so del ba­rrio del Po­ble Sec de Bar­ce­lo­na. Es un es­pa­cio de seis me­tros cua­dra­dos en los que lle­gan a ca­ber has­ta cin­co mú­si­cos (o más) con sus ins­tru­men­tos. Pe­que­ño, pe­ro su­fi­ci

La Vanguardia - ES - - EN CASA - Tex­to Pier­gior­gio San­dri Fo­tos Da­vid Airob

Se sube al es­ce­na­rio del Jam­bo­ree, tem­plo del jazz bar­ce­lo­nés y, tras las pri­me­ras no­tas, cie­rra los ojos. Se va. Ca­ta­pul­ta­da en su mun­do. En otra di­men­sión mu­si­cal. Un via­je oní­ri­co del que re­gre­sa sólo cuan­do re­so­pla en­tre una com­po­si­ción y otra, pa­ra vol­ver a arras­trar al pú­bli­co otra vez con sus me­lo­días.

Giu­lia Va­lle, ita­lia­na na­ci­da en San­re­mo, pe­ro cria­da y afin­ca­da en Ca­ta­lun­ya, es la mu­jer del con­tra­ba­jo por ex­ce­len­cia y una de las ar­tis­tas de su gé­ne­ro más repu­tadas a es­ca­la in­ter­na­cio­nal. Re­si­de en un pri­mer pi­so en el ba­rrio del Po­ble Sec, que no lle­ga a los 45 me­tros cua­dra­dos. Allí, en­tre par­ti­tu­ras de Bach y de Ra­vel ha con­se­gui­do re­ser­var un rin­cón del sa­lón pa­ra un piano y apo­yar su con­tra­ba­jo. Ha sa­ca­do es­pa­cio pa­ra al­ber­gar más ins­tru­men­tos: dos ba­jos eléc­tri­cos, una gui­ta­rra, una ba­te­ría, unas per­cu­sio­nes. Cuan­do hay que en­sa­yar, lle­gan a re­unir­se en es­ta ha­bi­ta­ción cin­co o más mú­si­cos, apre­ta­dos en seis me­tros cua­dra­dos. Afor­tu­na­da­men­te, los ve­ci­nos de­mues­tran mu­cha pa­cien­cia y, so­bre to­do, buen oí­do.

En es­ta sa­li­ta tan di­mi­nu­ta to­do pa­re­ce pul­cro, per­fec­ta­men­te co­lo­ca­do, ca­si ma­nía­co en su apa­rien­cia. Hay unas par­ti­tu­ras que cuel­gan de un hi­lo, fi­ja­das con la pin­za de la ropa. Ape­nas se mue­ven, im­pa­si­bles al mo­vi­mien­to del ai­re. La im­pre­sión es que en es­te am­bien­te to­do ten­ga un sen­ti­do, una liturgia im­po­si­ble de des­ci­frar a los ojos de un sim­ple vi­si­tan­te. “Yo soy muy caó­ti­ca. Ne­ce­si­to po­ner or­den en los ob­je­tos. Cuan­do sal­go de ca­sa, me gus­ta de­jar

SU MÚ­SI­CA VA MÁS ALLÁ DEL JAZZ CLÁ­SI­CO Y ABAR­CA DIS­TIN­TOS ES­TI­LOS PA­RA UNA AR­TIS­TA Y LÍ­DER DE UN GRU­PO, LA DIS­CI­PLI­NA ES CLA­VE PA­RA CREAR

to­do a pun­to. An­tes de ac­tuar tie­nes que cum­plir con una pla­ni­fi­ca­ción: des­de las par­ti­tu­ras has­ta el am­pli­fi­ca­dor, los zapatos, el maquillaje, la ho­ja con el or­den de los te­mas en ca­da pa­se… Las per­so­nas hi­per­ac­ti­vas pre­ci­san un es­que­ma”, re­co­no­ce.

Giu­lia Va­lle es co­no­ci­da por su do­mi­nio del con­tra­ba­jo. Es­tu­dia­ba piano y se ini­ció en es­te ins­tru­men­to en la ado­les­cen­cia, pri­me­ro co­mo au­to­di­dac­ta y lue­go con pos­te­rio­res es­tu­dios en Pa­rís. El mo­de­lo que sue­le uti­li­zar tie­ne más de quin­ce años y pro­cu­ra des­pla­zar­lo lo me­nos po­si­ble. Pe­ro su ve­na crea­ti­va va más allá de las cuer­das. Giu­lia Va­lle com­po­ne sus pro­pios te­mas pa­ra to­car en gru­po. “Yo no ha­go jazz, sino una mú­si­ca ecléc­ti­ca, di­fí­cil de en­ca­si­llar. No se co­rres­pon­de a nin­gún pa­trón. Me di­ri­jo a un pú­bli­co amplio, no sólo a los aman­tes del gé­ne­ro”, pre­ci­sa. Tan amplio que en un país tan le­jano co­mo Co­rea, ob­tu­vo un gran éxi­to. Un pós­ter de la gi­ra asiá­ti­ca cuel­ga en una de las paredes. “Aquí en Es­pa­ña fal­ta to­da­vía cier­ta cul­tu­ra mu­si­cal. Lo que se lle­va es el gé­ne­ro de jazz cu­bano, pa­re­ce que el pú­bli­co aquí sólo quie­re es­to”, se­ña­la.

Su obs­ti­na­ción y el éxi­to de crí­ti­ca (su gru­po ha ga­na­do el pre­mio En­de­rrock 2013) le ha lle­va­do a pu­bli­car seis dis­cos en diez años. ¿El fu­tu­ro? “In­ten­to siem­pre es­cu­char lo que se ha­ce, tie­nes que es­tar al tan­to. Pe­ro si quieres de­di­car­te a la mú­si­ca, hay que preo­cu­par­se sólo de ella, des­pe­gar­se de to­do lo de­más. Y al fi­nal el me­jor so­ni­do es el de aque­lla mú­si­ca que con­si­gue ser tu re­fu­gio”. Cie­rren los ojos.

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