ES­CRI­TO EN PIE­DRA

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En el va­lle del Jer­te po­de­mos re­co­rrer on­ce pue­blos, agru­pa­dos en una man­co­mu­ni­dad, que en los años se­ten­ta de­ci­die­ron po­ner en mar­cha al­gún ti­po de fiesta que re­afir­ma­ra su par­ti­cu­lar iden­ti­dad. Los ce­re­zos y su flo­ra­ción fue­ron la ex­cu­sa per­fec­ta pa­ra re­cu­pe­rar cos­tum­bres y ca­ma­ra­de­ría, no fue­ra a pa­sar co­mo con los pue­blos de As­pe­ri­lla o Ta­ba­res, que aca­ba­ron des­ha­bi­ta­dos. La oro­gra­fía del va­lle tu­vo al­go que ver con es­te he­cho: só­lo ha­ce fal­ta ojear por en­ci­ma un ma­pa pa­ra dar­se cuen­ta de que el Jer­te es una

EL JER­TE ES UNA ES­PE­CIE DE CU­ÑA O DE­PRE­SIÓN DE LA SIE­RRA DE GRE­DOS

es­pe­cie de cu­ña o de­pre­sión del sis­te­ma mon­ta­ño­so de la sie­rra de Gre­dos. El agua no es­ca­sea en él, pe­ro mu­chos de los tri­bu­ta­rios del río Jer­te des­cien­den por im­po­nen­tes ca­ño­nes de gran be­lle­za es­té­ti­ca pe­ro es­ca­so ren­di­mien­to eco­nó­mi­co, más allá del pu­ra­men­te tu­rís­ti­co. El Jer­te es afluen­te del Ala­gón, que a su vez va a des­aguar en el río Ta­jo; na­ce cer­ca del pue­blo de Tornavacas, ca­si a mil me­tros de al­tu­ra, pe­ro cuan­do lle­ga a Plasencia, ya dis­cu­rre a unos plá­ci­dos tres­cien­tos me­tros, lo que da idea de su ac­ci­den­ta­do re­co­rri­do. La di­fe­ren­cia de al­tu­ra ha­ce que la flo­ra y la fau­na re­sul­ten muy di­ver­sas y atrac­ti­vas, en par­ti­cu­lar en pun­tos co­mo la Gar­gan­ta de los In­fier­nos, in­clui­da en la red de es­pa­cios na­tu­ra­les pro­te­gi­dos de Ex­tre­ma­du­ra y bien co­no­ci­da por los afi­cio­na­dos al des­cen­so de ca­ño­nes. Gran­des sal­tos y cas­ca­das han ido ero­sio­nan­do las ro­cas de gra­ni­to, que al­can­zan su máxima al­tu­ra en la Cuer­da de los In­fier­ni­llos (2.281 m) y el Ce­rro del Es­te­ci­llo (2.290 m). An­tes de que lo hi­cie­ra la fuer­za de las aguas to­rren­cia­les, las nie­ves del cua­ter­na­rio ya ha­bían per­fi­la­do lo que se­ría una se­rie de hon­do­na­das de ori­gen gla­ciar, pe­ro ha si­do el des­gas­te pro­vo­ca­do por el agua el que ha ido for­man­do po­zas gi­gan­tes, en es­pe­cial en el pa­ra­je co­no­ci­do co­mo Los Pi­lo­nes, muy ape­te­ci­ble en ve­rano.

La be­lle­za de la pie­dra na­tu­ral tie­ne su ré­pli­ca en la la­bor de can­te­ro que se apre­cia en la Plasencia mo­nu­men­tal, en par­ti­cu­lar en su pla­za Ma­yor, don­de se al­za la ca­sa del Con­sis­to­rio con la to­rre del re­loj, co­no­ci­da co­mo Abue­lo Ma­yor­ga por el au­tó­ma­ta que va mar­can­do las ho­ras. El ori­gi­nal, el pri­mi­ti­vo Abue­lo Ma­yor­ga, fue des­trui­do por los fran­ce­ses en el año 1811, de ma­ne­ra que el que ve­mos aho­ra es una re­cons­truc­ción. Si es mar­tes, el mer­ca­do que se ins­ta­la en la pla­za nos di­fi­cul­ta­rá el ac­ce­so a la ca­te­dral vie­ja, de es­ti­lo ro­má­ni­co, y a la ca­te­dral nue­va, con una fa­cha­da prin­ci­pal de es­ti­lo pla­te­res­co. Am­bas ca­te­dra­les es­tán uni­das, pe­ro es en la pri­me­ra don­de se en­cuen­tra el ac­ce­so al museo. Com­ple­tan la ima­gen del con­jun­to una se­rie de edi­fi­cios se­ño­ria­les, co­mo el palacio Epis­co­pal o la ca­sa del Doc­tor Tru­ji­llo, así co­mo el cin­to de murallas.

Al la­do, la fa­cha­da de es­ti­lo pla­te­res­co de la ca­te­dral nue­va de Plasencia, uni­da a la ca­te­dral vie­ja, ro­má­ni­ca

So­bre es­tas lí­neas, el acue­duc­to me­die­val de Plasencia del si­glo XVI, con los ar­cos de San An­tón

Arri­ba a la iz­quier­da, pre­cio­sas vis­tas de la ciu­dad de El Torno, lla­ma­da tam­bién

El mi­ra­dor del va­lle

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