DES­TE­LLOS EN LA MI­RA­DA: UN NUE­VO RI­VAL

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El lá­piz de ojos es y ha si­do pro­ba­ble­men­te el otro gran com­pa­ñe­ro de via­je de la mu­jer en la his­to­ria. Aus­te­ro pa­ra ocul­tar las pes­ta­ñas pos­ti­zas en los años cua­ren­ta, lar­go en los se­sen­ta, has­ta lle­gar prác­ti­ca­men­te al in­fi­ni­to en los ojos de la ma­lo­gra­da Amy Wi­nehou­se, el de­li­nea­dor, jun­to con la som­bra de ojos, se ha con­ver­ti­do en un com­ple­men­to ape­te­ci­ble y, por tan­to, en un pe­li­gro­so ri­val pa­ra los es­mal­tes de uñas. En to­das sus versiones: me­ta­li­za­da, flúor, de tex­tu­ra ma­te, sa­ti­na­da y so­bre to­do con pe­que­ños de­ta­lles de pe­dre­ría a su al­re­de­dor y re­si­guien­do la lí­nea del lá­piz de ojos, las som­bras de ojos se­rán pro­ta­go­nis­tas in­dis­cu­ti­bles la pró­xi­ma pri­ma­ve­ra. Ju­nior Ce­de­ño, ma­qui­lla­dor de Dior, apun­ta que el ob­je­ti­vo es crear una sim­bio­sis per­fec­ta de des­te­llos en­tre los ojos y las uñas: “Las ma­nos de una mu­jer y su mi­ra­da son una de las fuen­tes de sen­sua­li­dad y ele­gan­cia más atra­yen­te. Si las uñas se vis­ten con co­lo­res y bri­llos, los ojos no de­ben ser me­nos. Si ade­más de apro­ve­char su des­te­llo na­tu­ral, aña­di­mos som­bras flúor o pas­te­les e in­crus­ta­cio­nes de pie­dras se­mi­pre­cio­sas, el re­sul­ta­do es una mi­ra­da es­pec­ta­cu­lar ca­paz de des­per­tar la ad­mi­ra­ción de cual­quie­ra”.

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