LOS LI­BROS DE DA­VID MON­TEA­GU­DO

Su no­ve­la ‘Fin’ (2009) le cam­bió la vida. De­ci­dió en­ton­ces aban­do­nar la fá­bri­ca en la que trabajaba por la li­te­ra­tu­ra. Un re­gre­so a sus orí­ge­nes, ya que des­de pe­que­ño siem­pre cul­ti­vó una pa­sión por los li­bros. Ate­so­ra en su pe­que­ño pi­so más de mil vo­lú­men

La Vanguardia - ES - - EN CASA - Tex­to Pier­gior­gio M. San­dri Fo­tos Car­les Castro

Vi­ve de al­qui­ler en un pri­mer pi­so de 42 me­tros cua­dra­dos en el cas­co an­ti­guo de Vi­la­fran­ca del Pe­ne­dès. Dos ha­bi­ta­cio­nes y sa­lón, que sir­ve de co­ci­na y es­tu­dio. Es la mis­ma vi­vien­da don­de ha vi­vi­do siem­pre, des­de cuan­do trabajaba en una fá­bri­ca, mu­cho an­tes de con­ver­tir­se en un es­cri­tor de éxi­to con su no­ve­la Fin, cu­ya ver­sión pa­ra la gran pan­ta­lla se es­tre­nó el año pa­sa­do. Da­vid Mon­tea­gu­do ma­dru­ga pa­ra es­cri­bir. Se sue­le le­van­tar a las seis de la ma­ña­na, una cos­tum­bre que es he­ren­cia de aque­lla an­ti­gua vida de obre­ro que lle­vó du­ran­te años. Y lue­go se de­di­ca por la tar­de a su la­bor de pa­dre (tie­ne dos hi­jos pe­que­ños). Te­clea en un por­tá­til sin co­ne­xión a in­ter­net pa­ra no dis­traer­se, sen­ta­do en unas si­llas de Ikea, jun­to a una es­tan­te­ría en la que des­ta­can las por­ta­das chi­llo­nas de unas aven­tu­ras de Tin­tín. Es un apa­sio­na­do de la li­te­ra­tu­ra y, pe­se al es­pa­cio di­mi­nu­to, ate­so­ra en sus es­tan­te­rías una bi­blio­te­ca de más de 1.200 vo­lú­me­nes. Mon­tea­gu­do ha­bla de los autores que más le han in­flui­do. El pri­me­ro, Azo­rín. “Sus obras com­ple­tas tie­nen un gran va­lor sen­ti­men­tal por­que las leía mi pa­dre. Re­pre­sen­ta­ba el ideal del gentle­man mo­de­ra­do y dis­tin­gui­do, la bue­na vida”. Lue­go Bor­ges. “Es mi re­fe­ren­cia en cuan­to a es­ti­lo, con su cas­te­llano ele­gan­te. Apre­cio su so­brie­dad, su efi­ca­cia, su es­truc­tu­ra de len­gua­je. El Aleph abre una ven­ta­na ha­cia lo fan­tás­ti­co”. Des­pués otro ar­gen­tino, Cortázar. “Me en­can­ta

AN­TES DE VI­VIR DE LA ESCRITURA, TRABAJABA CO­MO OBRE­RO EN UNA FÁ­BRI­CA PE­SE AL ÉXI­TO, EL ES­CRI­TOR MAN­TIE­NE EL MIS­MO ES­TI­LO DE VIDA

por­que se me­te en la men­te de sus per­so­na­jes: la de un bo­xea­dor so­na­do, de un ni­ño. Y nos lle­va al abis­mo”. No hay que ol­vi­dar a Ché­jov. “Es la co­me­dia hu­ma­na en re­la­tos bre­ves y usa una me­di­da exac­ta pa­ra con­tar to­do lo que es ne­ce­sa­rio. Pe­se a ello, sus per­so­na­jes tie­nen una gran pro­fun­di­dad”. Tam­po­co fal­ta Proust. “No fue un maes­tro de la in­tri­ga o de la tra­ma, sino en ex­pli­car pe­que­ñas su­ti­le­zas. Su in­de­pen­den­cia era to­tal”. Y, pa­ra ce­rrar, Na­bo­kov (“es­ti­lís­ti­ca­men­te es per­fec­to, es co­mo via­jar en una li­mu­si­na”) y Dos­to­yevs­ki (“es po­ten­tí­si­mo. Lle­va al má­xi­mo la tensión psi­co­ló­gi­ca”). Gra­cias a es­tas in­fluen­cias, Mon­tea­gu­do ha for­ja­do su pro­pio es­ti­lo. “Me­ter­me con una no­ve­la to­da­vía me da cier­to res­pe­to, ya que pa­ra es­cri­bir se pre­ci­sa una cier­ta pue­ri­li­dad o in­ge­nui­dad. Tie­nes que ser muy osa­do, lan­zar­te. Por­que el au­tén­ti­co en­ten­di­do es el que lee, com­pa­ra y dis­fru­ta. Mien­tras que en el fon­do, to­do es­cri­tor es un lec­tor frus­tra­do”.

MÁS ALLÁ DEL ‘FIN’ Aca­ba de pu­bli­car un e-book ti­tu­la­do El ha­cha de pie­dra, una no­ve­la de ciencia fic­ción que se sale de su lí­nea ha­bi­tual. Mon­tea­gu­do de­fi­ne así sus li­bros: “No se ex­pli­ca por qué ocu­rren las co­sas, el fi­nal es abier­to y no hay hé­roes. Es­cri­bo his­to­rias no muy com­pla­cien­tes, en las que las co­sas no se re­suel­ven y los per­so­na­jes son am­bi­guos: no son ma­los o bue­nos. Co­mo en la vida mis­ma”.

Maes­tros Los re­fe­ren­tes de Mon­tea­gu­do: Jor­ge Luis Bor­ges ( El Aleph ; Azo­rín ( Obras com­ple­tas); Ju­lio Cortázar ( Cuen­tos); Fió­dor Dos­to­yevs­ki ( Crimen y cas­ti­go); Vla­di­mir Na­bo­kov ( Lo­li­ta) y Mar­cel Proust ( En bús­que­da del tiem­po per­di­do).

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