AMOR A PRI­ME­RA VIS­TA

La Vanguardia - ES - - EN CASA - TEX­TO MARINA PA­LLÁS

No hay nin­gu­na má­qui­na que nos te­le­trans­por­te al pa­sa­do, pe­ro sí que­dan tes­ti­gos pre­sen­cia­les en for­ma de mi­cros­co­pios, ca­lei­dos­co­pios o te­les­co­pios pa­ra sa­ber có­mo veían nues­tros an­te­pa­sa­dos. Se lle­va lo re­tro, y es­tos ob­je­tos son idea­les pa­ra co­lec­cio­nis­tas cien­tí­fi­cos y as­tró­no­mos. O pa­ra cu­rio­sos en ge­ne­ral. Pri­me­ra pie­za. Da­ta­da en 1870. Es­te mi­cros­co­pio con­fir­ma que ser cien­tí­fi­co tie­ne mu­cho gla­mur. De la­tón bri­llan­te y pu­li­do, se pre­sen­ta en un es­tu­che de ma­de­ra ma­ci­za con la ce­rra­du­ra y lla­ve ori­gi­na­les. En la ca­ja, de cao­ba ru­bia, se ha­llan ple­ti­nas de cris­tal con pre­pa­ra­dos de la épo­ca y unas pin­zas de la­tón do­ra­do, ade­más de la lu­pa mó­vil del mi­cros­co­pio. El con­jun­to es muy par­ti­cu­lar, ya que es de ti­po bi­no­cu­lar, con dos pie­zas in­de­pen­dien­tes que se gra­dúan pa­ra la adap­ta­ción a los ojos de quien mi­ra a tra­vés de él. Aun­que si pre­fie­ren los es­tu­dios a los la­bo­ra­to­rios, el te­les­co­pio a la de­re­cha de es­tas lí­neas con­ser­va en per­fec­to es­ta­do sus len­tes, tor­ni­llos y ajus­tes. Es de la­tón pu­li­do y hie­rro, y fue fa­bri­ca­do en 1907 por la fir­ma lon­di­nen­se de ins­tru­men­tos óp­ti­cos H. H. Strand. Fun­cio­na sin pro­ble­mas a pe­sar de te­ner más de un si­glo y per­mi­ti­rá al in­tré­pi­do as­tró­no­mo vi­sua­li­zar el fir­ma­men­to con ni­ti­dez y pre­ci­sión. Un ob­je­to pre­cio­so, de lu­jo clá­si­co, pa­ra pre­si­dir un ele­gan­te es­tu­dio. En el cuer­po del te­les­co­pio en­con­tra­mos una ins­crip­ción gra­ba­da. Al pa­re­cer, fue un bo­ni­to de­ta­lle pa­ra un pro­fe­sor de par­te de sus alum­nos. Y no he­mos aca­ba­do con los sco­pios. Es­te caleidoscopio es una re­pro­duc­ción de los tra­di­cio­na­les que du­ran­te los si­glos XIX y XX se uti­li­za­ban co­mo ju­gue­tes pa­ra crear imá­ge­nes úni­cas. Con só­lo ha­cer­lo gi­rar nos pro­por­cio­na in­fi­ni­tas com­bi­na­cio­nes. Hay va­rios mo­de­los con di­ver­sas te­má­ti­cas y los fa­bri­can­tes tam­bién los per­so­na­li­zan. Des­pués de ha­ber po­di­do contemplar muy cer­cano lo re­mo­to, in­men­so lo in­apre­cia­ble y be­llo lo amor­fo, me­jor que se pa­ren a ob­ser­var ya la reali­dad. O si real­men­te no pue­den por­que ne­ce­si­tan unas ga­fas y les gus­tan las que ven en la fo­to­gra­fía in­fe­rior de la de­re­cha, la ver­dad es que me­jor que se com­pren otras y co­jan número mien­tras es­pe­ran. Las mon­tu­ras del ja­po­nés Yos­hihi­sa Ya­buu­chi son to­da una jo­ya ar­te­sa­nal. Cues­tan 1.200 eu­ros y hay que es­tar dos años en una lis­ta de es­pe­ra, por­que Ya­buu­chi tar­da más de un mes en ha­cer ca­da mon­tu­ra. Las ga­fas han si­do mon­ta­das, me­nos los cris­ta­les, úni­ca­men­te con ma­de­ra. Ya­buu­chi tra­ba­ja en la óp­ti­ca fa­mi­liar de la ciu­dad de Fu­kus­hi­ma. Su fa­mi­lia se de­di­ca al ofi­cio des­de ha­ce más de un si­glo, y él ha de­ci­di­do apos­tar por las nue­vas ten­den­cias con ma­de­ra que se ven en los di­se­ños de las fir­mas de lu­jo. ¿Quién da más? O, me­jor, ¿quién ve más?

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