UN IGLÚ DE CIN­CO ES­TRE­LLAS

La Vanguardia - ES - - NOVAMÁS - TEX­TO PEDRO GARCÍA

No es exac­ta­men­te vol­ver a la na­tu­ra­le­za, pe­ro en pleno ve­rano pue­de ser es un re­fu­gio y no só­lo pa­ra es­qui­ma­les. Pa­sen y qué­den­se de pie­dra (o de hie­lo) con­tem­plan­do el Ice Ho­tel: re­ple­to de es­ta­tuas, lu­ces oní­ri­cas que atra­vie­san las pa­re­des tras­lú­ci­das de agua y apo­sen­tos tan ma­jes­tuo­sos co­mo el de la fo­to­gra­fía. El pro­ble­ma es que el hie­lo es un ma­te­rial de cons­truc­ción al­go es­pe­cial, no por­que sea bas­tan­te frío, que tam­bién, sino por­que al lle­gar la pri­ma­ve­ra se de­rri­te, con lo que ca­da año to­ca­ría cons­truir un palacio he­la­do nue­vo. Sin em­bar­go, es­te fac­tor no ame­dren­tó, sino que en­can­tó, a los crea­do­res del Ice Ho­tel. La his­to­ria vie­ne del 1989, cuan­do en una al­dea de la La­po­nia sue­ca se eri­gió un iglú pa­ra al­ber­gar una ex­po­si­ción de es­cul­tu­ras de hie­lo. El ca­so es que el acon­te­ci­mien­to tu­vo tal éxi­to de pú­bli­co que no hu­bo más re­me­dio que hos­pe­dar a los ha­bi­tan­tes en el iglú-museo. Y la idea tu­vo tan­to gancho que se de­ci­dió se­guir cons­tru­yen­do, ca­da año a la lle­ga­da del in­vierno. Eso sí, en 1989, hay que re­co­no­cer­lo, aque­llos pri­me­ros hués­pe­des fue­ron unos va­lien­tes, por­que en­tre otras co­sas, per­noc­ta­ron en sa­cos de dor­mir. Aho­ra, se en­tien­de, en se­me­jan­te dor­mi­to­rio se dor­mi­rá tan a gus­to co­mo lo hu­bie­ra he­cho un ha­bi­tan­te del po­lo de va­ca­cio­nes en Ha­wai.

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