CON­VI­VIR CON LA MUER­TE

La Vanguardia - ES - - SÍ PUEDES -

CON­SUL­TA

Ho­la Ra­mi­ro, a mi fa­mi­lia y a mí nos ha to­ca­do vi­vir un epi­so­dio muy amar­go y ne­ce­si­to alien­to en sus pa­la­bras. Me lla­mo Yolanda. Mi pa­dre ha es­ta­do hos­pi­ta­li­za­do un mes, de­bi­do a una dia­be­tes que le ha ido des­tru­yen­do. Su vida fue muy du­ra y cuan­do por fin pu­do ju­bi­lar­se, se fue a des­can­sar a una ca­sa en el cam­po. La dia­be­tes fue em­peo­ran­do, y al fi­nal tu­vi­mos que in­gre­sar­lo de gra­ve­dad en el hos­pi­tal. Fi­nal­men­te,ha muer­to de mo­do apa­ci­ble. Lo lle­va­mos co­mo po­de­mos, pe­ro es una si­tua­ción muy cruel. Ten­go que en­con­trar un po­co de fuer­za pa­ra apo­yar a mi madre y a mis her­ma­nas. ¿Po­dré ha­cer­lo? Mu­chas gra­cias por su aten­ción.

RES­PUES­TA

Que­ri­da ami­ga, la vida es un es­ce­na­rio de lu­ces y de som­bras, don­de hay inevi­ta­ble­men­te pla­cer y do­lor. Los sa­bios chi­nos de­cían: “Vie­nen los vien­tos del es­te, vie­nen los vien­tos del oes­te”. ¿Qué po­de­mos ha­cer? Mu­chas ve­ces hay que apli­car la ecua­ni­mi­dad y acep­tar lo inevi­ta­ble, tra­tan­do de no aña­dir más su­fri­mien­to al su­fri­mien­to, de man­te­ner el áni­mo se­reno a pe­sar de to­do. Aho­ra vie­ne una eta­pa di­fí­cil pa­ra ti, pe­ro en ta­les si­tua­cio­nes uno pue­de ac­tua­li­zar to­dos sus re­cur­sos in­ter­nos y ha­llar una ener­gía ex­tra en sí mis­mo; es­ta ahí, con­fía en ella. Co­mo se di­ce en el kar­ma yo­ga: haz lo me­jor que pue­das y tra­ta de te­ner una ac­ti­tud ecuá­ni­me y se­re­na. Sí, la vida es in­jus­ta y por eso Bu­da in­sis­tía en que uno tie­ne que ser su pro­pio re­fu­gio y se pre­gun­ta­ba: ¿Qué otro re­fu­gio pue­de ha­ber? Pe­ro el amor es de gran ayu­da en es­tas si­tua­cio­nes; el amor pleno e in­con­di­cio­nal. No des­fa­llez­cas. Te­ne­mos que po­ner to­dos los me­dios pa­ra tra­tar de ha­llar so­lu­cio­nes, pe­ro cuan­do ya no es po­si­ble, los bál­sa­mos son la acep­ta­ción cons­cien­tes de los he­chos inevi­ta­bles (que no es re­sig­na­ción fa­ta­lis­ta) y la ecua­ni­mi­dad o áni­mo equi­li­bra­do. To­do lo que na­ce, muere. La muer­te es el otro la­do de la vida. Es esen­cial man­te­ner, sal­vo que unos sea hi­po­con­dría­co o ta­na­to­fó­bi­co, el re­cor­da­to­rio de la muer­te. Es­to nos hu­ma­ni­za y nos ayu­da a coope­rar en el bie­nes­tar de los otros cria­tu­ras. Es­te re­cor­da­to­rio nos im­po­ne hu­mil­dad y nos ayu­da a su­pe­rar la au­to­im­por­tan­cia y no ex­tra­viar­nos en ape­gos bo­bos, fric­cio­nes inú­ti­les y con­flic­tos evi­ta­bles. Se­gu­ro que se­rás de gran ayu­da pa­ra tu fa­mi­lia.

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