CIU­DA­DES DE VIEN­TO Y ARE­NA

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Hay que re­co­no­cer que Nuak­chot no es una ciu­dad atrac­ti­va. La ca­pi­tal mau­ri­ta­na se com­po­ne de edi­fi­cios de hor­mi­gón gris, a la som­bra del cual se reúnen los hom­bres pa­ra to­mar el té y ver pa­sar el pol­vo. Más ani­ma­do es el mer­ca­do cen­tral, don­de la ofer­ta de char­la es más abun­dan­te que la de los pro­duc­tos. Si­guien­do una mo­da muy afri­ca­na, el Go­bierno ha cons­trui­do un edi­fi­cio pa­ra sa­near el mer­ca­do ca­lle­je­ro, me­di­da in­efi­caz por la fal­ta de man­te­ni­mien­to y de lim­pie­za. En­tre el gé­ne­ro a la ven­ta, mon­to­nes de cus­cús, ta­llos de aca­cia que se usan co­mo ce­pi­llo de dien­tes, y un que­so de le­che de dro­me­da­rio que de­no­mi­nan, no sin gua­sa, Ca­mel­bert.

Lo me­jor es­tá en la pla­ya, cuan­do lle­gan los ca­yu­cos al atar­de­cer, car­ga­dos de pes­ca­do. De­ce­nas de ma­nos aga­rran las ces­tas y or­ga­ni­zan las cap­tu­ras por ta­ma­ño, en la are­na. En­ton­ces hay ri­sas, por el re­torno de los pes­ca­do­res y por la pers­pec­ti­va de la ce­na. Y tam­bién hay pu­jas a voz en gri­to, re­ga­teo y re­zos mi­ran­do a La Me­ca. Lue­go, la ca­rre­te­ra es­pe­ra. Una de las po­cas as­fal­ta­das, que lle­va de Nuak­chot a Atar, tra­zan­do una dia­go­nal en di­rec­ción no­res­te, ha­cia el co­ra­zón del Adrar, don­de las du­nas y los pe­dre­ga­les ce­den el pa­so a al­ti­pla­ni­cies de ro­ca tra­ba­ja­das por si­glos de vien­to y sol. El des­tino fi­nal, la mí­ti­ca ciu­dad de Chin­ge­ti, con su mez­qui­ta (del si­glo XIII o XIV) don­de una fun­da­ción es­pa­ño­la de Car­ta­ge­na cons­tru­yó un hos­pi­tal.

Por el ca­mino, se im­po­ne una pa­ra­da en Ak­yut, po­bla­do que vi­ve de la ex­plo­ta­ción del co­bre y de la ven­ta de ga­so­li­na, un bien es­ca­so en la re­gión. De­jan­do el as­fal­to de Au­ber­ge et Gen­tor, es­pe­ra la cue­va de Lee­ra­gib, don­de se reunían las tri­bus a so­lu­cio­nar sus con­flic­tos.

La are­na, don­de se di­bu­ja­ba fi­gu­ras so­bre la ca­rre­te­ra en las in­me­dia­cio­nes de Atar, aca­ba por im­po­ner­se en la al­dea de Azu­gui, con sus ca­ba­ñas re­don­das de pa­ja. Los ves­ti­dos de las mu­je­res dan una no­ta de color al pai­sa­je, que re­ver­de­ce en el oa­sis de Te­ya­ret. El agua se fil­tra y cae de las pa­re­des, for­man­do un char­co a sus pies y pos­te­rior­men­te, un arro­yo. Por en­ci­ma de las pal­me­ras, las ro­cas di­bu­jan lí­neas mi­ne­ra­les. Y aún que­da por afron­tar el desafío del pa­so de Amog­yar, un ca­ñón que pre­mia a quien lo cru­za con la vi­sión de Chin­gue­ti, sép­ti­ma ciu­dad sa­gra­da del is­lam.

Los edi­fi­cios ac­tua­les co­rres­pon­den a la ter­ce­ra re­fun­da­ción. Lo mis­mo su­ce­de con los ma­nus­cri­tos del si­glo XI que se des­ha­cen, po­co a po­co, con­su­mi­dos por la se­que­dad si­glo tras si­glo.

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