LA MIEL EN LOS LA­BIOS

El ve­rano es el mo­men­to de la fru­ta va­ria­da, ben­de­ci­da de sol con­cen­tra­do en el azú­car de la pul­pa. Po­cas fru­tas co­mo el me­lón sa­ben tan dul­ce. Uno de los más apre­cia­dos es el de la lo­ca­li­dad ma­dri­le­ña de Vi­lla­co­ne­jos EL TO­RO Y EL ME­LÓN, CO­MO SALEN SON

La Vanguardia - ES - - ED - Tex­to Jo­sep M. Pa­lau Ri­be­ray­gua

El efec­to de atrac­ción que ejer­ce Ma­drid so­bre to­do lo que la ro­dea tie­ne su con­tra­pun­to en al­gu­nas po­bla­cio­nes, que le­jos de bai­lar al son de la ca­pi­tal, pa­re­cen ha­llar­se a años luz de la al­ta ve­lo­ci­dad de la es­ta­ción de Ato­cha o el bu­lli­cio de la Cas­te­lla­na, cuan­do en reali­dad es­tán a po­cos ki­ló­me­tros. Un ejem­plo cla­ro se­ría el de Vi­lla­co­ne­jos, un pue­blo a mi­tad de ca­mino de Aran­juez y Chin­chón, en el que na­die re­pa­ra­ría si no fue­se por sus afa­ma­dos me­lo­nes. El me­lón ya se cul­ti­va­ba en el An­ti­guo Egip­to, tres mi­le­nios atrás, pe­ro fue con la lle­ga­da del mis­mo a Es­pa­ña que al­can­zó co­tas de pro­duc­ción ex­tra­or­di­na­rias en lu­ga­res co­mo Vi­lla­co­ne­jos. Lo di­ver­ti­do del ca­so es que en es­te lu­gar lle­van co­se­chan­do fa­ma y me­lo­nes más de 300 años, pe­ro no en las fin­cas del mu­ni­ci­pio, sino en las de sus ve­ci­nos: el tér­mino mu­ni­ci­pal an­da es­ca­so de tie­rras, por lo que los agri­cul­to­res acos­tum­bran a al­qui­lar­las en los pue­blos co­lin­dan­tes. In­clu­so par­te de la pro­duc­ción se rea­li­za con se­mi­llas lo­ca­les en lu­ga­res tan re­mo­tos co­mo Se­ne­gal o Bra­sil.

La aso­cia­ción de Vi­lla­co­ne­jos con el fru­to ve­ra­nie­go es tan gran­de que a sus po­bla­do­res se los lla­ma me­lo­ne­ros. Por otro la­do, la po­bla­ción con­fir­ma su pe­di­grí en el Museo del Me­lón, úni­co en su gé­ne­ro. Co­bi­ja­do en un edi­fi­cio de di­se­ño y lí­neas pu­ras, que des­ta­ca del con­jun­to de ca­sas de ai­re tra­di­cio­nal que lo ro­dea, mues­tra a tra­vés de fo­to­gra­fías y ob­je­tos do­na­dos por los ve­ci­nos los queha­ce­res del cul­ti­va­dor de me­lo­nes. Sus pa­si­llos no se ven in­va­di­dos por hor­das de de­vo­tos de la fru­ta: en ge­ne­ral, el museo se abre a pe­ti­ción de los vi­si­tan­tes que se acer­can a Vi­lla­co­ne­jos, mien­tras en el día a día, la plan­ta ba­ja se em­plea co­mo lo­cal de en­sa­yo de la ban­da mu­ni­ci­pal.

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