¡Vá­mo­nos al pue­blo!

Xa­vi, por amor. Cla­ra, por ga­nas de vi­vir en la na­tu­ra­le­za; Itziar, por­que por fin las pie­zas del puz­le en­ca­ja­ban; Ángel y Ma­ri Mar ne­ce­si­ta­ban un cam­bio de vida; Eva, por­que siem­pre fue de pue­blo, la ciu­dad no va con ella. Son al­gu­nas de las ra­zo­nes que

La Vanguardia - ES - - EN FAMILIA - Tex­to Cris­ti­na Sáez

“Siem­pre nos ha­bía gus­ta­do es­tar en con­tac­to con la na­tu­ra­le­za y nos atraía la idea de sa­lir de Bar­ce­lo­na. Al fi­nal nos fui­mos a vi­vir a una ma­sía en Ollers, un ve­cin­da­rio prác­ti­ca­men­te ais­la­do en el que só­lo hay un par de fin­cas más y una igle­sia, a cin­co mi­nu­tos en co­che del pri­mer pue­ble­ci­to, Es­po­ne­llà, en Gi­ro­na. So­mos muy fe­li­ces. Te­ne­mos una ca­li­dad de vida tre­men­da. La gen­te sue­le pen­sar que es­ta­mos ais­la­dos del mun­do, pe­ro lo cier­to es que lle­va­mos dos años aquí y mis hi­jos ha­cen aho­ra más ac­ti­vi­da­des ex­tra­es­co­la­res que nun­ca. Des­de aquí he di­ri­gi­do va­rios re­por­ta­jes de divulgación cien­tí­fi­ca pa­ra un pro­yec­to de la Co­mi­sión Eu­ro­pea y he via­ja­do a Pa­rís y a Lon­dres. Con ir un par de días en Bar­ce­lo­na, y con­cen­tran­do to­do lo que ten­go que ha­cer, bas­ta”. Es el tes­ti­mo­nio de Mar­ta, pe­rio­dis­ta que, co­mo un cre­cien­te número de per­so­nas, de­ci­dió mu­dar­se a un en­torno ru­ral con la idea de me­jo­rar. Al­gu­nos se mar­chan (o vuel­ven) pa­ra po­ner­se a arar la tie­rra de sus abue­los, pe­ro otros, la ma­yo­ría, pa­ra se­guir con su pro­fe­sión o con­ver­tir su afi­ción en ofi­cio. Los hay que con­ser­van las raí­ces en esos pue­blos. Tam­bién los que se ju­bi­lan y de­ci­den vol­ver adon­de cre­cie­ron o quie­nes ne­ce­si­tan huir de las pri­sas y el fre­ne­sí. Se­gún el úl­ti­mo cen­so, la po­bla­ción de mu­ni­ci­pios de me­nos de 100 ha­bi­tan­tes ha au­men­ta­do ca­si un 13% en la úl­ti­ma dé­ca­da. Y des­de 1998, año en que se em­pie­za a ela­bo­rar es­ta es­ta­dís­ti­ca, ca­da vez hay un número ma­yor de ciu­da­da­nos que se tras­la­dan de po­bla­cio­nes de más de 100.000 ha­bi­tan­tes a mu­ni­ci­pios de me­nos de 10.000. Tam­bién es cier­to que, con la cri­sis, ese go­teo de per­so­nas se ha fre­na­do. Ha­ce dos años, 23.398 per­so­nas cam­bia­ron la ciu­dad por el cam­po y 21.203 op­ta­ron por el ca­mino in­ver­so. No só­lo de la tie­rra Has­ta ha­ce po­co, la agri­cul­tu­ra, la ga­na­de­ría, la ar­te­sa­nía o una vida hippy pa­re­cían las úni­cas op­cio­nes que ofre­cía el pue­blo. Sin em­bar­go, hoy en día, gra­cias a las nue­vas tec­no­lo­gías, el me­dio ru­ral tam­bién se ha con­ver­ti­do en una op­ción pa­ra ar­qui­tec­tos, abo­ga­dos, di­se­ña­do­res, pe­rio­dis­tas, es­cri­to­res... que pue­den ejer­cer su la­bor en cual­quier lu­gar. Só­lo ne­ce­si­tan una bue­na co­ne­xión a in­ter­net. “Es­tán sur­gien­do ne­go­cios prós­pe­ros, mo­der­nos, que desa­rro­llan nue­vos ta­len­tos y que per­mi­ten que se cree pro­gre­so en la zo­na. Por­que hay que re­vi­ta­li­zar el te­ji­do so­cial, que es­tá muy en­ve­je­ci­do, pe­ro tam­bién el em­pre­sa­rial y emprendedor”, ase­gu­ra Eva Ma­ría Gon­zá­lez, coor­di­na­do­ra de Abra­za la Tie­rra, una en­ti­dad sin áni­mo de lu­cro que na­ció en el 2004 con el ob­je­ti­vo de con­tri­buir a fre­nar la des­po­bla­ción que su­fría el me­dio ru­ral y que ac­túa en seis

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