EL BICHERO DE CAR­LES SAN­TOS

Pia­nis­ta, com­po­si­tor, fo­tó­gra­fo, di­rec­tor mu­si­cal, dramaturgo, rea­li­za­dor de fil­mes. Pe­ro so­bre to­do ecléc­ti­co, pro­vo­ca­dor, úni­co. Es, se­gu­ra­men­te, uno de los crea­do­res más in­quie­tos y sor­pren­den­tes de la cul­tu­ra actual. Ade­más de la música, su otra for­ma

La Vanguardia - ES - - ED - Tex­to Cris­ti­na Sáez Fo­tos Llibert Teixidó

El po­li­fa­cé­ti­co y pro­vo­ca­dor ar­tis­ta de Vi­na­ròs des­ve­la su pa­sión por su­sus idas y ve­ni­das­das alal mar­mar

La de pia­nos que es­te ar­tis­ta ha lle­ga­do a des­tro­zar… A al­gu­nos los ha tor­tu­ra­do has­ta el fin agu­je­reán­do­los con un ber­bi­quí, hin­cán­do­les cla­vos, uno a uno, en sus te­clas; a otros, sin pie­dad, los ha lan­za­do en caí­da li­bre al mar. In­clu­so los ha que­ma­do. Es co­mo si Car­les San­tos (Vi­na­ròs, 1940) es­ta­ble­cie­ra una es­pe­cie de com­ba­te con ellos. Que son su ins­tru­men­to esen­cial y el ele­men­to, tal vez, más em­ble­má­ti­co de su mun­do ima­gi­na­rio. Pe­ro tam­bién los ama y los mi­ma y los cui­da y los lle­va to­can­do más de 60 años. Una vez, ha­ce ya tres dé­ca­das, se lle­vó uno de co­la en me­dio del Me­di­te­rrá­neo y en­ton­ces to­có y to­có. “La acús­ti­ca es muy es­pe­cial. Una co­sa así tie­ne sen­ti­do ha­cer­la una vez en la vida, no más”, ase­gu­ra. El piano y el mar. Sus dos for­mas de vi­vir. “Yo ten­go una op­ción ma­ri­ne­ra y otra mu­si­cal. No me que­da otra –afir­ma–. Vi­vo en el mar, en mi pue­blo, en Vi­na­ròs. En­ci­ma mis­mo del mar, en el puer­to. Y eso es así des­de que era ni­ño. Y me pa­sa que cuan­do ha­ce días que no lo veo, lo no­to, me lo no­to. Ten­go una sen­sa­ción ex­tra­ña en el cuer­po”, con­fie­sa. Lle­va to­da la vida echán­do­se al mar. Por­que su pue­blo, que aho­ra ya no lo es tan­to, an­tes era muy ma­ri­ne­ro y el sa­ber na­dar y na­ve­gar eran dos co­sas fun­da­men­ta­les. “Ten­go una bar­ca pe­que­ña, que a ve­ces no es tan pe­que­ña y que veo muy gran­de. Y sal­go a la mar, aun­que muy po­co, por­que no en­cuen­tro el tiem­po pa­ra ha­cer­lo”, ase­gu­ra es­te ar­tis­ta, que ca­da día pa­sa dos ho­ras al me­nos to­can­do a Bach.

“La na­ve­ga­ción, co­mo la música, re­quie­re de un es-

LA ACÚS­TI­CA DEL PIANO EN ME­DIO DEL MAR ES MUY ES­PE­CIAL SIN BICHERO EN EL BAR­CO SE PUE­DEN TE­NER AL­GU­NOS PRO­BLE­MAS

ta­do de áni­mo. Tie­nes que te­ner ga­nas de sa­lir. Ha­ce años tu­ve un pro­fe­sor de piano muy bueno que siem­pre nos de­cía que si no te­nía­mos ga­nas de to­car, que no lo hi­cié­ra­mos. Con el mar ocu­rre lo mis­mo, si no tie­nes ga­nas de na­ve­gar, no na­ve­gues. Por­que am­bas co­sas re­quie­ren de mu­cha im­pli­ca­ción. Aho­ra, por ejem­plo –afir­ma se­rio aun­que en­tre ri­sas– si ves que me voy de aquí (la te­rra­za de la se­de de la Fun­da­ció Pa­lau, en Cal­des d’Es­trac, don­de par­ti­ci­pó en la 8.ª edi­ción del Fes­ti­val de Poe­sia i +) es por­que no me ape­te­ce to­car ¡y me vuel­vo a Vi­na­rós!”. Un bichero sim­bo­li­za pa­ra San­tos esa im­pli­ca­ción con el mar. Lo mues­tra y lo co­ge con am­bas ma­nos y lo al­za, bien al­to, co­mo si se lo ofre­cie­ra a los dio­ses. “Es un ar­ti­lu­gio que se usa en los bar­cos pa­ra coger co­sas que se han caí­do al mar, o bo­yas que no al­can­zas o pa­ra apro­xi­mar­te a otros bar­cos. Es un uten­si­lio sen­ci­llo pe­ro muy ne­ce­sa­rio, co­mo pue­da ser una lla­ve de afi­nar o una te­cla; si no lo lle­vas, en el mar, pue­des in­clu­so te­ner pro­ble­mas”.

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