Sí pue­des

La Vanguardia - ES - - NEWS - RA­MI­RO CA­LLE es@lavan­guar­dia.es

Hay un mo­men­to en que los hi­jos eli­gen su ca­mino... que igual no es del agra­do de los pa­dres. Re­fle­xio­nes de Ra­mi­ro Ca­lle

PRE­GUN­TA | Se­ñor Ca­lle, me lla­mo Ana. Ha­ce años que leo su sec­ción. Siem­pre he pen­sa­do que era una per­so­na con suer­te, ale­gre y op­ti­mis­ta. Al ca­sar­me con mi ma­ri­do, de­jé de tra­ba­jar al traer al mun­do a mis dos hi­jos, pe­ro me lo he pa­sa­do ge­nial con ellos, los he edu­ca­do co­mo yo creo que de­bía y me es­tán muy agra­de­ci­dos. Tie­nen 23 y 25 años, ya son ma­yo­res y sus ca­rre­ras uni­ver­si­ta­rias son un ejem­plo de bue­nas no­tas y pre­pa­ra­ción. Les es­pe­ra un fu­tu­ro muy pro­me­te­dor. Sin em­bar­go, ha­ce unos me­ses nues­tro hi­jo nos con­fe­só que era gay. Ha si­do un ma­za­zo te­rri­ble pa­ra mí, aun­que no soy una per­so­na de de­re­chas y siem­pre he si­do muy res­pe­tuo­sa con las in­cli­na­cio­nes se­xua­les de los de­más. Aun­que aho­ra me doy cuen­ta de que no me ha gus­ta­do na­da que es­to ocu­rrie­ra en mi casa. Le he­mos di­cho que le apo­ya­mos y que tie­ne que bus­car su ca­mino pa­ra la fe­li­ci­dad, pe­ro yo no pa­so ni un día sin pen­sar en la de­cep­ción que me ha su­pues­to. Siem­pre he pen­sa­do que la fa­mi­lia es lo pri­me­ro y cuan­do pien­so que no va a for­mar una fa­mi­lia es­ta­ble y con hi­jos es al­go que me en­tris­te­ce. Es el hi­jo que más se pa­re­ce a mí y sien­to una pro­fun­da de­cep­ción. Por úl­ti­mo le di­ré que des­de ha­ce años me­di­to y ha­go pi­la­tes. ¿Po­dría ayu­dar­me a que lo que la ca­be­za res­pe­ta pa­se al co­ra­zón y de­je de es­tar tris­te?

RES­PUES­TA | Es­ti­ma­da ami­ga, tú sa­bes bien que el de­seo de una ma­dre es la fe­li­ci­dad de su hi­jo. Pue­de que tu hi­jo sea muy di­cho­so en su con­di­ción de ho­mo­se­xual y no lo hu­bie­ra si­do en la con­di­ción de he­te­ro­se­xual. Na­die pue­de sa­ber­lo. Prac­ti­ca el amor in­con­di­cio­nal, lla­ma­do así, pre­ci­sa­men­te, por­que no se ba­sa en con­di­cio­nes ta­les co­mo es­que­mas, ex­pec­ta­ti­vas, exi­gen­cias o im­po­si­cio­nes, vie­jos pa­tro­nes o mo­de­los. El amor cons­cien­te o de­sin­te­re­sa­do es el que po­ne los me­dios pa­ra que la otra per­so­na sea fe­liz aún a ries­go de per­der­la. Lo pri­me­ro que te di­ría es que acep­tes es­ta reali­dad con­tun­den­te y no te ator­men­tes por ello, ni em­pie­ces a elu­cu­brar có­mo hu­bie­ra si­do de otra for­ma. Es co­mo es, res­pé­ta­lo y acép­ta­lo. Lo que su­ce­de, y eso su­pon­go que es muy du­ro pa­ra ti, es que de re­pen­te has com­pro­ba­do que se ha sa­li­do de tus có­di­gos y pau­tas so­cia­les, pe­ro son los tu­yos y no lo su­yos. Una per­so­na no se de­fi­ne por su con­di­ción se­xual y los gays sue­len ser es­pe­cial­men­te sen­si­bles y afec­ti­vos con la fi­gu­ra ma­ter­na, y si en al­go te sir­ve de con­sue­lo, des­dra­ma­ti­zan­do, nun­ca vas a te­ner que com­pe­tir ni ri­va­li­zar con una nue­ra (no in­fre­cuen­te­men­te eter­nas enemi­gas). Hay que dar­nos cuen­ta de que no so­mos due­ños de la vi­da de nues­tro hi­jos. El clá­si­co con­cep­to de fa­mi­lia he­te­ro­se­xual de an­tes no coin­ci­de ni si­quie­ra con el he­te­ro­se­xual de aho­ra. ¡Cuán­tas fa­mi­lias gays hay aho­ra que son más fa­mi­lia que las que son he­te­ro­se­xua­les! Qué de fa­mi­lias he­te­ro­se­xua­les son una ca­la­mi­dad, pa­ra des­di­cha de los hi­jos. Creo que de­bes des­po­jar­se de tus ex­pec­ta­ti­vas y cli­chés y dis­fru­tar de la fe­li­ci­dad de tu hi­jo. To­dos so­mos muy egoís­tas en cuan­to que desea­mos que los de­más vi­van de acuer­do a nues­tros mo­de­los y ne­ce­si­da­des. Re­fle­xio­na en todo ello y alé­gra­te de que tus hi­jos es­tén tan bien for­ma­dos, sa­nos y sean tan ca­ri­ño­sos con­ti­go. La me­jor di­cha es la di­cha com­par­ti­da.

Ilus­tra­ción Pablo Amargo

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