BE­SOS DES­DE MOS­CÚ

El ru­so cuan­do be­sa... es que be­sa de ver­dad. Has­ta seis ve­ces, in­clu­so en los la­bios, no im­por­ta si es hom­bre o mu­jer

La Vanguardia - ES - - EN FAMILIA - Tex­to Jo­sep M. Pa­lau Ri­be­ray­gua

En Mos­cú to­do tien­de al con­tras­te ex­tre­mo: o se tie­ne mu­cho di­ne­ro, o no se tie­ne na­da en ab­so­lu­to; o ha­ce un frío mor­tal, o el ca­lor no de­ja res­pi­rar; o sus mu­je­res vis­ten con tra­jes que en­se­ñan más que ocul­tan, o bien pa­re­ce que se han pues­to en­ci­ma las cor­ti­nas de ca­sa… Lo mis­mo su­ce­de con las re­la­cio­nes so­cia­les: o bien te ig­no­ran has­ta que em­pie­zas a creer que eres trans­pa­ren­te, o bien te be­san has­ta seis ve­ces en am­bas me­ji­llas, si no es que no po­san di­rec­ta­men­te sus la­bios en los tu­yos, sin dis­tin­ción de se­xo. Pa­ra be­sar­se, las pa­re­ji­tas buscan el ca­lor de los ves­tí­bu­los del fa­mo­so me­tro, el lo­cal más ase­qui­ble pa­ra los cha­va­les del nue­vo Mos­cú. En es­te sen­ti­do, el me­tro si­gue sien­do el pa­la­cio del pue­blo. Si el cli­ma acom­pa­ña, son los jar­di­nes pú­bli­cos los que to­man el pro­ta­go­nis­mo, in­clu­so en un gé­li­do pe­ro so­lea­do día de in­vierno. Mos­cú tie­ne plan­ta cir­cu­lar, con un centro bien de­fi­ni­do por el Krem­lin y una se­rie de mu­ra­llas con­cén­tri­cas, pa­re­ci­das a las on­das en la su­per­fi­cie de un es­tan­que, que fue­ron des­apa­re­cien­do sus­ti­tui­das por el Anillo de los Bu­le­va­res, el Anillo de los Jar­di­nes y el cin­tu­rón de ron­da. Más que jar­di­nes, son bos­ques en­te­ros, en los que se pa­ti­na o se pa­sea en bi­ci­cle­ta, se­gún la es­ta­ción. Mu­chos dis­po­nen de al­ta­vo­ces de los que bro­tan sua­ves me­lo­días. An­tes pro­cla­ma­ban con­sig­nas. En­tre los es­pa­cios pú­bli­cos más fa­mo­sos es­tán las 120 hec­tá­reas del par­que Gor­ki y el bos­que de Iz­mai­lo­vo, don­de se ce­le­bra un mer­ca­do do­mi­ni­cal. Pe­ro uno de los más be­llos es Ko­ló­mens­ko­ye, an­ti­gua fin­ca de re­creo de los za­res. Al­go más allá de la igle­sia de la As­cen­sión, cons­trui­da por Ba­si­lio III tras el na­ci­mien­to de Iván el Te­rri­ble, el te­rra­plén del par­que des­cien­de y mues­tra la vis­ta so­bre un con­jun­to de edi­fi­cios con­ce­bi­dos en un plan quin­que­nal y un em­bar­ca­de­ro de ma­de­ra so­bre un te­rreno pan­ta­no­so. Se­gún la le­yen­da, el nie­to de Noé se ins­ta­ló en es­te pun­to tras el di­lu­vio universal. Su nom­bre era Mo­soc, y el de su mu­jer, Kva. La po­bla­ción que fun­da­ron se lla­ma­ría Mosk­va. Pa­ra no­so­tros Mos­cú. Con los años, el epi­cen­tro de la ciu­dad pa­sa­ría de los hu­me­da­les al trián­gu­lo irre­gu­lar del Krem­lin, que en­cie­rra en un so­lo es­pa­cio el centro de de­ci­sión po­lí­ti­ca del país y lo me­jor del ar­te re­li­gio­so ru­so. Des­de buen prin­ci­pio, se or­de­nó que allí só­lo se pu­die­ran le­van­tar edi­fi­cios de pie­dra, cir­cuns­tan­cia que sal­vó de los mu­chos in­cen­dios de la ciu­dad las di­ver­sas jo­yas que hay en la pla­za So­bor­na­ya o en las ca­te­dra­les, co­mo los ico­nos y fres­cos que de­co­ran los tem­plos de la Anun­cia­ción y del Ar­cán­gel. En la mis­ma pla­za in­te­rior hay dos so­ber­bios ejem­plos del gus­to del pue­blo ru­so por las uto­pías: el cañón-zar y la cam­pa­na-za­ri­na, am­bos del si­glo XVIII. Nin­gu-

no de los dos lle­gó a usar­se, uno por in­ma­ne­ja­ble y la otra por­que se rom­pió al re­ci­bir un mal gol­pe an­tes de co­lo­car­la. El tem­plo más fo­to­gra­fia­do de Mos­cú no es­tá den­tro del Krem­lin, sino fren­te a él, en la mis­mí­si­ma pla­za Ro­ja. Se tra­ta de la mul­ti­co­lor ca­te­dral de San Ba­si­lio, más pe­que­ña de lo que uno se ima­gi­na. La hi­zo cons­truir el ci­ta­do Iván el Te­rri­ble pa­ra con­me­mo­rar la con­quis­ta de Ka­zán. La vic­to­ria tam­bién le ins­pi­ró pa­ra ha­cer­se co­ro­nar con un tí­tu­lo de su in­ven­ción, zar, adap­ta­ción de Cé­sar al ru­so. Las ocho cú­pu­las que ro­dean a la que se al­za en me­dio re­cuer­dan las ocho ba­ta­llas li­bra­das en la to­ma de Ka­zán. Otras cua­tro, más al­tas, mar­can los pun­tos car­di­na­les, o sea, el do­mi­nio ru­so so­bre el mun­do co­no­ci­do, un con­cep­to que des­pier­ta mu­cha nos­tal­gia.

En la pá­gi­na an­te­rior, la ca­te­dral de San Ba­si­lio, emblema de Mos­cú, el tem­plo más fo­to­gra­fia­do So­bre es­tas lí­neas, edi­fi­cio en la pla­za Lub­yan­ka , co­no­ci­da por al­ber­gar la se­de del KGB

Arri­ba, la pla­za Ro­ja es el co­ra­zón, y el eje con­cén­tri­co, des­de el que la­te la vi­da de Mos­cú

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