Trans­for­mar­se pa­ra man­te­ner la esen­cia

La Vanguardia - ES - - BOULEVARD -

Se cuen­ta que un río, des­pués de ha­ber re­co­rri­do un lar­go tra­yec­to en­tre mon­tes y cam­pos, lle­gó a las are­nas de un de­sier­to e, igual que ha­bía cru­za­do otros obs­tácu­los en el ca­mino, em­pe­zó a atra­ve­sar­lo. Pe­ro se dio cuen­ta de que sus aguas des­apa­re­ce­rían en la are­na tan pron­to en­tra­ra en ella. Aún así, es­ta­ba con­ven­ci­do de que su des­tino era cru­zar el de­sier­to pe­ro no ha­lla­ba la for­ma de ha­cer­lo. En­ton­ces oyó una voz que le de­cía: -Si si­gues así, des­apa­re­ce­rás o te con­ver­ti­rás en pan­tano. De­bes de­jar que tu her­mano, el vien­to, te lle­ve a tu des­tino. -Pe­ro ¿có­mo? -De­bes atre­ver­te a ce­der an­te el vien­to, a con­fiar en él y en­tre­gar­te pa­ra que te trans­por­te. Era una idea di­fí­cil de acep­tar pa­ra el río. -¿Có­mo re­cu­pe­ra­ré la for­ma? -El vien­to cum­ple su fun­ción. Ele­va el agua, la trans­por­ta a su des­tino y la de­ja caer en for­ma de llu­via. El agua vuel­ve así al río. En un ac­to de con­fian­za, el río ele­vó sus va­po­res en los aco­ge­do­res bra­zos del vien­to, quien gen­til­men­te lo ele­vó y lo de­jó caer en la la­de­ra de una mon­ta­ña. El río, sor­pren­di­do, al fin lo com­pren­dió. -Mi esen­cia es el agua, sea en el es­ta­do que sea. Gra­cias, her­mano vien­to.

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