BA­ÑA­DOR TO­DO EL AÑO

La Vanguardia - ES - - EN CASA - Tex­to Jo­sep M. Pa­lau Ri­be­ray­gua

es co­mo po­ner­le puer­tas al mon­te: uno pue­de via­jar don­de quie­ra y cuan­do quie­ra, sim­ple­men­te adap­tan­do el rit­mo y las vi­si­tas a sus cir­cuns­tan­cias. No obs­tan­te, y tal co­mo re­co­ge en su tí­tu­lo un in­for­me de Aon Con­sul­ting so­bre los pla­nes de los ju­bi­la­dos, “Los tra­ba­ja­do­res eu­ro­peos quie­ren re­ti­rar­se en el ex­tran­je­ro... e ideal­men­te, al sol”. Tra­du­ci­do, es­to quie­re de­cir a las tie­rras cá­li­das del sur de Es­pa­ña o a las to­rre­fac­tas de las Ca­na­rias. Por­que ya se sa­be que aque­llas is­las de ai­re afri­cano, si­tua­das co­mo Lan­za­ro­te a só­lo cua­tro gra­dos del tró­pi­co de Cán­cer, go­zan de una eter­na pri­ma­ve­ra. Y es que, ade­más, ba­jo su ári­da piel to­da­vía ar­de un co­ra­zón de la­va. Una piel jo­ven, por otra par­te, ya que a di­fe­ren­cia de las is­las que que­dan más al oes­te, el per­fil de Lan­za­ro­te sur­gió en épo­ca tan re­cien­te en tér­mi­nos geo­ló­gi­cos que la ero­sión no ha po­di­do al­te­rar­la, por lo que es una de las me­jor pre­ser­va­das del ar­chi­pié­la­go ca­na­rio. Es­to tam­bién va­le pa­ra sus com­ple­jos re­si­den­cia­les, que aun­que abun­dan­tes, se han cons­trui­do con un apre­cia­ble res­pe­to por el en­torno. La pri­me­ra po­bla­ción que uno se tro­pie­za ca­si al ba­jar del avión es Arre­ci­fe, la ca­pi­tal, con una vi­ta­li­dad ma­ri­ne­ra que con­tra­rres­ta su ca­rác­ter tu­rís­ti­co. Ca­si al la­do de los di­ques de Los Már­mo­les atra­ca la flo­ta que fae­na en el ban­co saha­riano (cuan­do so­plan vien­tos pro­pi­cios), y par­te de la car­ga se ven­de en el ani­ma­do al­bo­ro­to del mue­lle de la Pes­ca­de­ría al atar­de­cer. Más allá, el Char­co de San Gi­nés fue la fuen­te de agua que per­mi­tió el desa­rro­llo de la ciu­dad. Su ba­rrio pes­que­ro es aho­ra un cen­tro de ocio, mien­tras que las tie­rras an­tes in­sa­lu­bres que que­dan al nor­te de Arre­ci­fe son co­no­ci­das co­mo la Cos­ta Te­gui­se, ex­ten­so bal­nea­rio de are­na vol­cá­ni­ca fes­to­nea­do de ca­sas blan­cas y ven­ta­nas ver­des, una de las cua­les per­te­ne­ce al ab­di­ca­do rey Juan Car­los. En el nor­te se pro­yec­ta siem­pre la som­bra del ar­tis­ta Cé­sar Man­ri­que, al que se le atri­bu­ye el mé­ri­to de que la is­la sea mo­de­lo de desa­rro­llo sos­te­ni­ble por la OMT (Or­ga­ni­za­ción Mun­dial del Turismo) des­de 1987 y Re­ser­va de la Bios­fe­ra por la Unes­co des­de 1994. La fun­da­ción de ar­te mo­derno que lle­va su nom­bre es­tá en Ta­ro de Tahi­che, mien­tras que una de sus obras más co­no­ci­das son los Ja­meos del Agua, siem­pre en la mis­ma zo­na. Las cue­vas de los Ja­meos se for­ma­ron tras la erup­ción del mon­te Co­ro­na y Man­ri­que apro­ve­chó el es­pa­cio li­be­ra­do por la la­va pa­ra crear un in­só­li­to au­di­to­rio con te­rra­zas y un lago su­mer­gi­do. En él ha­bi­tan unos can­gre­jos cie­gos fos­fo­res­cen­tes y en­dé­mi­cos de Lan­za­ro­te. Los Ja­meos tie­nen su ré­pli­ca en la Cue­va de los Ver­des,

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