La man­do­li­na de Pe­dro Gue­rra

Con la púa y seis cuer­das (ocho si lo que ras­ga es la man­do­li­na), es­te ca­na­rio ha re­no­va­do la can­ción de au­tor con his­to­rias inol­vi­da­bles

La Vanguardia - ES - - ES FUTURO - Tex­to Cristina Sáez Fotos Mané Es­pi­no­sa

Las his­to­rias inol­vi­da­bles de es­te aplau­di­do can­tau­tor ca­na­rio no se­rían lo mis­mo sin su ins­tru­men­to de cuer­da, con el que te­je su poe­sía mu­si­cal

Su ca­sa es­tá en el mar, con sie­te puer­tas. Ha­ce mu­cho que él ya no vi­ve allí, pe­ro le es­pe­ran. El vie­jo que no en­tien­de sus can­cio­nes, la pla­za, los fan­tas­mas, los rin­co­nes. Es­pe­ran a es­te ca­na­rio, con mi­ra­da de ni­ño y pa­la­bra de poe­ta, que con vein­ti­tan­tos años lle­nó la ma­le­ta con le­tras, par­ti­tu­ras y una gui­ta­rra, y se mar­chó a Ma­drid. Con sus pies des­cal­zos y su pe­lo afro. Mu­chos fue­ron, en­ton­ces, los que se enamo­ra­ron por pri­me­ra vez mien­tras es­cu­cha­ban al­gu­na de sus his­to­rias: El ma­ri­do de la pe­lu­que­ra, De­seo, De­ba­jo del puen­te, 2000 re­cuer­dos, Da­nie­la, Pe­ter Pan. Una ban­da so­no­ra del pri­mer be­so, del pri­mer abra­zo. Es­te ca­na­rio ya ni se acuer­da de cuán­do em­pe­zó a ser mú­si­co. Tal vez na­ció así. Re­cuer­da que de muy chi­co, en su ca­sa de Güimar, en San­ta Cruz de Te­ne­ri­fe, ha­bía una man­do­li­na y a él ya le her­vía la san­gre con cor­cheas, blan­cas y fu­sas. “Me apun­té a una agru­pa­ción mu­si­cal de pul­so y púa, co­mo las lla­ma­mos en las Ca­na­rias. Son una es­pe­cie de orquestas con gui­ta­rras, laú­des, ban­du­rrias. Y yo iba allí con mi man­do­li­na un par de ve­ces en se­ma­na y nos en­se­ña­ban a to­car al­gu­nas pie­zas”. Y así fue co­mo em­pe­zó. Y tras la man­do­li­na, lle­gó la gui­ta­rra, que mi­ma y cui­da y aca­ri­cia con de­li­ca­de­za en sus

te­mas. Y la flau­ta dul­ce. Y to­do lo que le echa­ran por de­lan­te. “En aque­lla épo­ca, me apun­ta­ba a to­do lo que so­na­ba a mú­si­ca. Hu­bo tam­bién un pro­fe­sor que se ofre­ció de ma­ne­ra vo­lun­ta­ria a dar­nos cla­ses de flau­ta dul­ce al me­dio­día, an­tes de que em­pe­za­ran las cla­ses de la tar­de y allí iba yo tam­bién”. A sus 14 años, el ni­ño poe­ta con alma de mú­si­co ya com­pu­so su pri­me­ra can­ción, Cat­hay­sa. Y aún sin sa­ber, sin ha­ber be­sa­do nun­ca a una chi­ca, Gue­rra (1966) le can­ta­ba al amor: “Se­gu­ra­men­te era una iden­ti­fi­ca­ción con los ar­tis­tas que a mí me gus­ta­ban. Y si ellos ha­bla­ban de amor, yo tam­bién. De la mis­ma for­ma, tam­bién les ro­ba­ba los acor­des y las for­mas de ha­cer. En aque­lla épo­ca, re­cuer­do, yo era una es­pe­cie de clon de Sil­vio Ro­drí­guez. Fue­ron co­mo los pri­me­ros pa­sos de apren­di­za­je de un ofi­cio, ¿no?”. Y de aque­llos pri­me­ros pa­sos, ya han pa­sa­do tres dé­ca­das y 13 ál­bums. Y Con­ta­mí­na­me. Y Gen­te so­la. Y Al­fon­si­na y el mar. Y Se

enamo­ró de un río. Y… Ha­ce unos me­ses, re­en­con­tró aque­lla man­do­li­na que co­men­zó a to­car de ni­ño. Y la res­ca­tó de la pa­red en la que lle­va­ba mu­cho tiem­po ol­vi­da­da. “Es­ta­ba des­trui­da, pe­ro la hi­ce res­tau­rar por com­ple­to. Pa­ra mí tie­ne un do­ble va­lor sen­ti­men­tal: por una par­te, es el pri­mer ins­tru­men­to que to­qué y por otra, era de mi pa­dre”. En los úl­ti­mos me­ses ha ce­le­bra­do sus 30 años so­bre los es­ce­na­rios, y la man­do­li­na ha des­ta­ca­do en sus con­cier­tos co­mo un ele­men­to dis­tin­gui­do. “La uso en al­gu­nos mo­men­tos con­cre­tos, en los que apro­ve­cho pa­ra ex­pli­car un po­co lo que sig­ni­fi­ca den­tro de mi his­to­ria mu­si­cal”. Y tra­ta así de con­ta­mi­nar al pú­bli­co, de mez­clar­se con él, y de con­tar­les el cuen­to del mú­si­co poe­ta con mi­ra­da de ni­ño.

Un to­que de hu­mor

So­bre el es­ce­na­rio, a Pe­dro le gus­ta en­tre can­ción y can­ción ex­pli­car co­sas. A ve­ces cuen­ta de dón­de le vino la ins­pi­ra­ción pa­ra com­po­ner un te­ma; otras, ha­bla so­bre al­gu­na cues­tión de ac­tua­li­dad. O re­la­ta al­gún epi­so­dio que le ha ocu­rri­do. Y mu­chas, apro­ve­cha pa­ra po­ner un to­que de hu­mor. “A ve­ces en­tien­do que el ti­po de can­ción que yo ha­go pue­de lle­gar a te­ner una ex­ce­si­va in­ten­si­dad, y tam­po­co per­si­go eso, por lo que apro­ve­cho el mo­men­to en que ha­blo en los re­ci­ta­les pa­ra re­la­jar un po­co la co­sa y ex­pli­car da­tos a la gen­te que ayu­den a com­pren­der me­jor lo que quie­ro con­tar. Y si es con hu­mor, me­jor que me­jor”.

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