ed Pro­te­ger­se de la pro­tec­ción

La Vanguardia - ES - - ES FUTURO -

Es un fe­nó­meno muy co­mún. Tan­to, que cual­quier pro­fe­sor pue­de ex­pli­car que hay pa­dres que se to­man cual­quier re­co­men­da­ción o crí­ti­ca del do­cen­te ha­cia el alumno co­mo un ata­que fron­tal. En es­tos ca­sos, su hi­jo es el me­jor, los pa­dres son los ex­per­tos y el pro­fe­sor es, en el me­jor de los ca­sos, un sim­ple fun­cio­na­rio (y en el peor, un inep­to). Lo que sub­ya­ce en esas reacciones ai­ra­das es la so­bre­pro­tec­ción, una cons­tan­te en las so­cie­da­des desa­rro­lla­das, que ex­pli­ca que, por ejem­plo, mu­chos pa­dres se com­por­ten co­mo ener­gú­me­nos en par­ti­dos de fút­bol in­fan­til. Si esa ac­ti­tud fue­ra be­ne­fi­cio­sa pa­ra los ni­ños, ten­dría una jus­ti­fi­ca­ción, pe­ro no es así. Scott Stos­sel ha pu­bli­ca­do An­sie­dad: mie­do, es­pe­ran­za y la bús­que­da de la paz in­te­rior (Seix Ba­rral), un en­sa­yo que se ha con­ver­ti­do en un éxi­to de ven­tas y que pro­fun­di­za, mu­chas ve­ces en pri­me­ra per­so­na, en la an­gus­tia. Allí, Stos­sel ex­pli­ca una fór­mu­la desas­tro­sa: “La so­bre­pro­tec­ción y el afec­to re­pri­mi­do pue­den cons­ti­tuir una com­bi­na­ción per­ni­cio­sa que te ha­ga sen­tir no só­lo re­cha­za­do (pues­to que no re­ci­bes afec­to), sino tam­bién inep­to e im­po­ten­te (pues al­guien te lo deja to­do he­cho, dan­do por su­pues­to que tú no pue­des por ti mis­mo)”. Más de uno de­be­ría re­fle­xio­nar.

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