LINDY HOP: UN BAI­LE QUE VUE­LA AL­TO

La Vanguardia - ES - - BOULEVARD -

El char­les­ton, el balboa, el blues y el cla­qué son otros bai­les de la mú­si­ca swing aun­que no han vo­la­do tan al­to co­mo el lindy hop. Tal vez es­to se de­ba a que el nom­bre de es­te úl­ti­mo es un homenaje al pi­lo­to Char­les Lind­bergh, co­no­ci­do co­mo Lindy, que en 1927 cru­zó por pri­me­ra vez el océano Atlán­ti­co en un tra­yec­to aé­reo sin es­ca­las. Ese

tras un pe­rio­do de trein­ta años en los que prác­ti­ca­men­te ca­yó en el ol­vi­do, vién­do­se re­le­ga­do en las pis­tas por el rock’n’roll, que al­gu­nos con­si­de­ran una evo­lu­ción más sim­ple del swing. En Eu­ro­pa, el lindy hop vol­vió a dar los pri­me­ros pa­sos en Sue­cia y Ale­ma­nia y a fi­na­les de los no­ven­ta lle­gó a Bar­ce­lo­na en la ma­le­ta de Lluís Vi­la, hoy pre­si­den­te de la aso­cia­ción Ba­llas­wing. Tras des­cu­brir es­te rit­mo en Ca­li­for­nia, Vi­la tu­vo cla­ro que de­bía cru­zar fron­te­ras: “Apren­dí a bai­lar swing cuan­do em­pe­zó a re­na­cer en Es­ta­dos Uni­dos y en­se­gui­da su­pe que que­ría en­se­ñar­lo en Bar­ce­lo­na”. Di­cho y he­cho, Vi­la com­par­tió sus co­no­ci­mien­tos mo­vi­do por “el am­bien­te sano y ale­gre” de un bai­le que no tar­dó en se­du­cir en Bar­ce­lo­na co­mo des­pués ha­ría en otros lu­ga­res. Bar­ce­lo­na, ca­pi­tal del swing Se­gu­ra­men­te, el pri­mer día que Lluís im­par­tió cla­se no ima­gi­nó que, ca­si vein­te años des­pués, la ciu­dad vi­vi­ría una au­tén­ti­ca ex­plo­sión a cu­yo com­pás han pro­li­fe­ra­do es­cue­las y sa­las. La ca­pi­tal ca­ta­la­na se ha con­ver­ti­do en la ca­pi­tal del swing y ca­da no­che hay op­cio­nes pa­ra que el rit­mo no pa­re y, por su­pues­to, sea en bue­na com­pa­ñía. Des­de pla­zas y otros es­pa­cios pú­bli­cos a sa­las pri­va­das de dis­co­te­cas y gim­na­sios, es­te bai­le ha en­tra­do en la par­ti­tu­ra del ocio de la ca­pi­tal ca­ta­la­na. El es­tre­cho víncu­lo de la ciu­dad con el jazz y el cli­ma agra­da­ble del que se go­za bue­na par­te del año pue­den ser mo­ti­vos del éxi­to en la ca­pi­tal ca­ta­la­na, en opi­nión de Ai­tor Le­niz, di­rec­tor de la es­cue­la Lind­yHop, quien re­me­mo­ra los re­fe­ren­tes del swing en la ciu­dad: “Ya en los años cua­ren­ta se ha­cían con­cur­sos de lindy hop en la sa­la Ama­ya, en el Pa­ral·lel, que so­lían ga­nar bai­la­ri­nes de ori­gen gi­tano”. En la ac­tua­li­dad y des­de ha­ce die­ci­sie­te años Bar­ce­lo­na aco­ge el Ba­rS­win­gO­na, un fes­ti­val con es­pec­tácu­los, cla­ses y mú­si­ca en vi­vo que con­gre­ga a pro­fe­sio­na­les y en­tu­sias­tas de to­do el mun­do. A él acu­den afi­cio­na­dos de Va­len­cia y Ma­drid, dos ciu­da­des que han vi­vi­do un au­ge de es­te bai­le en los úl­ti­mos seis años. En la ca­pi­tal, la aso­cia­ción Mad for Swing agru­pa to­das las ac­ti­vi­da­des, mien­tras que en la ciu­dad del Tú­ria el cen­tro Spi­rits of St Louis y la or­ques­ta que lle­va su mis­mo nom­bre ani­man a to­dos los en­tu­sias­tas va­len­cia­nos. Se­vi­lla y Vi­go tie­nen sus pro­pios fes­ti­va­les y en el País Vas­co el swing se mez­cla con la gas­tro­no­mía en el Gas­tros­wing. Ac­ti­vi­da­des y cen­tros que no pa­ran de cre­cer en la se­gun­da eta­pa do­ra­da de es­te bai­le. El le­ga­do de los pri­me­ros bai­la­ri­nes es­ta­dou­ni­den­ses es­tá a buen re­cau­do en las ma­nos y, so­bre to­do, en los pies de mi­les de afi­cio­na­dos que, emu­lan­do al pro­ta­go­nis­ta de la pe­lí­cu­la Billy Elliot, tie­nen cla­ro que... ¡quie­ren bai­lar! sal­to, que en in­glés se tra­du­ce co­mo hop, es el que no pa­ró de im­pul­sar es­ta dan­za has­ta los años cin­cuen­ta, con su má­xi­ma dis­tin­ción po­pu­lar en 1943 cuan­do la re­vis­ta Li­fe lo de­cla­ró bai­le na­cio­nal. Fran­kie Man­ning fue una de las estrellas de aque­llos años do­ra­dos, aun­que en los cin­cuen­ta su es­te­la se apa­gó al mis­mo rit­mo que otros es­ti­los co­mo el rock’n’roll y, más tar­de el pop, im­pu­sie­ron nue­vos mo­vi­mien­tos en la pis­ta. Tras dé­ca­das ale­ja­do de ella, un gru­po de bai­la­ri­nes dio con el pa­ra­de­ro de Man­ning, que en­ton­ces era un anó­ni­mo em­plea­do de co­rreos. A pe­sar de las re­ti­cen­cias ini­cia­les, el hombre ce­dió al in­te­rés de aque­lla nue­va ge­ne­ra­ción, ávi­da por co­no­cer y re­cu­pe­rar aquel bai­le otro­ra tan po­pu­lar. Co­mo si de un pro­fe­ta mo­derno se tra­ta­ra, Man­ning trans­mi­tió to­do su co­no­ci­mien­to, or­ga­ni­zan­do cla­ses y co­reo­gra­fías que hoy lle­nan las pis­tas de bai­le y dan­do nom­bre a pa­sos con los que más de uno tras­ta­bi­lla al prin­ci­pio.

Muy po­pu­lar du­ran­te va­rias dé­ca­das, el swing sa­lió de su de­cli­ve en los no­ven­ta; en­ton­ces lle­gó a Es­pa­ña

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